Perón le ofreció a Federico Cantoni la vicepresidencia de la Nación a fines de 1945, cuando el general era ya un serio aspirante a cambiar el país. Nadie supo nada de eso hasta que lo contó en Paren las Rotativas (Telesol, viernes a las 23) nada menos que Ivelise Falcioni, la mujer de don Leopoldo Bravo, protagonista involuntaria de buena parte de la historia del país y la provincia con sólo parar la oreja.
Hay motivos para creerle a la esposa del último caudillo bloquista. Por ese entonces, ella ni conocía San Juan –llegó el mismo día del terremoto del 77-, pero su padre militar integraba el GOU (Grupo de Oficiales Unidos) que fue la semilla castrense del peronismo y en su mesa familiar se armaba la rosca.
Cuenta Ivelise que en uno de esos almuerzos –con ravioles en el menú, para más datos- se reunieron en su casa el general y don Federico, quien ya había visto pasar mucha agua abajo del puente, y allí Perón le dijo al sanjuanino que era un gran admirador de su obra como gobernador de San Juan y que él estaba dispuesto a repetirlo a nivel nacional. “Mire que eso no es fácil”, le dijo Cantoni.
Poco tiempo después sonó el teléfono en la casona de los Cantoni, el chalet de calle Libertador que ahora ha quedado desperdiciado como esqueleto de la movida nocturna en lugar de un mejor destino como museo de una familia de las más transformadoras de San Juan. Era Perón preguntando por don Federico y adelantando su intención de postularlo como vice suyo, pero el que atendió fue Aldo Cantoni, el hermano más radicalizado aún y que no le dijo nada a Federico.
El hecho es revelador sobre como una llamada mal dirigida puede cambiar una historia. Y dar inicio a otra: porque Perón no insistió y le ofreció la vice a otro caudillo provincial relacionado con el radicalismo, el correntino Hortensio Quijano, quien le ayudó a atraer el voto de la UCR como lo hubiera hecho don Federico, proveniente de la UCR antipersonalista, enemigo de Yrigoyen pero de buenas migas en el partido.
Cantoni no fue el primer vice de Perón porque nunca se enteró de aquel llamado. Pero ambos iniciaron por aquellos días lo que fue el primer contacto histórico entre dos partidos que dejaron huella. Uno, el peronismo, incipiente movimiento revolucionario de mitad del siglo pasado que cumplió lo que su líder había anticipado en la el living de la casa de doña Ivelise: nacionalizó buena parte de las leyes revolucionarias que Cantoni había instaurado en San Juan 20 años antes. No sólo el voto femenino, sino las leyes laborales e impositivas por las que Cantoni se había baleado con los conservadores en las plazas sanjuaninas y luego Perón terminó siendo raleado por los mismos medios de la Rosada.
Cantoni devino en el primer embajador argentino en Rusia, enviado por Perón y en lo que muchos en el bloquismo interpretaron como una entrega del partido a manos del PJ. Aquella vez, el Bloquismo no presentó candidatos en San Juan y su líder marchó a Moscú en alianza con Perón, iniciando una asombrosa lista cuasi hereditaria que integraron su hijo Leopoldo Bravo, el hermano de este -Federico- y Polo Bravo, a la postre nieto de don Federico. A Cantoni no lo perdonaron aquella vez ni aunque fuera el fundador del partido: le recriminaron porque creían que había priorizado su interés personal antes que el del partido. Igual que hoy a Graciela Caselles, la actual presidenta bloquista que no marchó a Moscú sino a una banca del Congreso y a quien le disparan con la misma munición: el acuerdo con el PJ, reeditado esta semana.
Los que la sacuden son los del ala más conservadora del partido, que con el tiempo fue cambiando desde su perfil inicial de revolucionario a otro más acomodado al sistema que supo torpedear. Ese cambio fue de estilo y nombres: cuando se evaporó el recuerdo de los Cantoni, el partido quedó bajo el tutelaje de don Leopoldo, que ubicó al Bloquismo entre los partidos de centro derecha pese a acordar con Alfonsín (en 1983).
En esa etapa, las relaciones del PJ y el Bloquismo, que habían nacido bajo una atmósfera de admiración mutua y hasta como fuente de inspiración de los sanjuaninos al general, terminó convirtiéndose en una enconada rivalidad en los tiempos en que Bravo era sinónimo del poder y el PJ no era otra cosa que su enemigo.
De esos tiempos son producto buena parte de los dirigentes que hoy citan viejas historias para oponerse al encuentro entre ambos en buena parte de este siglo, que acaba de abrir ahora un nuevo capítulo en una escena inédito y asombrosa: Gioja hablando de un abrazo soñado entre Néstor Kirchner y Federico Cantoni en un salón partidario donde hace pocos años habrán atronado los desplantes hacia el bloquismo y que el sábado pasado tuvo una bandera verde y rosa del partido de la estrella y un puñado numeroso de militantes cantando por el bloquismo en casa peronista. Qué tal.
Tiene raíces históricas y raíces de oportunidad la renovación del pacto. Esa historia es la de Cantoni y la de su nieto, Polo Bravo, quien no se cansaba de recordar que “el bloquismo es de centroizquierda” porque así había nacido, y que estaba bien entonces que acordara con Néstor Kirchner en el 2003.
Cuando el santacruceño fue presidente, allí Polo volvió a la Rusia que había conocido de niño, esta vez como representante comercial y luego como embajador. Hubo enviones de amigos para que se pudiera concretar, pero nada de ese evitó que el recordado Polo quedara atrapado bajo los mismos fuegos que su abuelo: la acusación de entregar el partido a cambio de sus propios intereses.
La cuestión es que cuando el encuentro Polo-Néstor ocurrió, el bloquismo ya estaba entregado por sus propios méritos y sin ayuda de nadie. En esos años, el partido que había marcado una época en San Juan se había caído de todos los pedestales posibles y se había estrellado contra su mínimo histórico: por primera vez sin representación en el Congreso Nacional en tiempos democráticos, sin intendentes, apenas con unos concejales propios en toda la provincia y hasta sin lugar en la Legislatura provincial.
Fueron tiempos en que el partido estuvo en manos de Enrique Conti, hoy virtualmente alejado de la conducción y uno de los principales objetores del acuerdo con el PJ, además de candidato opositor. Y luego por Edgardo Sancassani, bajo el paraguas oficialista y defendiendo los trapos mientras Polo era embajador, luego diputado por el FpV y hoy devenido en filo opositor.
Sin embargo, aquella expedición del Polo significó el primer coqueteo del regreso bloquista a alguna clase de poder, apotegma histórico del partido un tanto olvidado después. De la mano de ese microclima con el PJ, el partido volvió al Congreso con Graciela Caselles, nueva apuntada por el supuesto vicio de pensar en ella antes que en el partido. Y se hizo fuerte en un municipio clave como Iglesia, en un claro intercambio de favores: un dirigente fuerte como el bloquista Marinero donde el PJ no tiene nada.
Hasta llegar a la escena del sábado pasado: después de pasar por varias etapas intermedias como una convención ganada con holgura, una parte del Bloquismo copando la pasada en casa de sus socios. Un partido quebrado por sus referencias, más que provinciales, a nivel nacional: kirchneristas y anti k. Y un muchacho, Andrés Chanampa, poniendo el pecho por Néstor y sacado en andas por sus correligionarios, a su vez visitantes en estadio ajeno, y ante el sueño de entregar otra banca al partido que hace bien poco estuvo más cerca del arpa que de la guitarra.
Puede darse, incluso, un terreno curioso. Si Conti gana la interna opositora, puede ocurrir que la tercera banca se dispute entre él y Chanampa. Nueva interna bloquista, al fin.
martes 28 de abril 2026




