H.I.J.O.S.

La memoria en la sangre

Tres inéditos testimonios de hijos de desaparecidos sanjuaninos. Victoria Benítez, Sergio Correa y Fernando Martínez llevan con dolor la historia de sus padres que les quitó la dictadura, pero no olvidan la lucha.
sábado, 24 de marzo de 2012 · 10:59

Por Miriam Walter
mwalter@tiempodesanjuan
 

-Hija de la estudiante

A sus 36 años, Victoria Benítez anda a las corridas con sus hijos. La menor se llama Orfila, como su madre, Elvira Orfila Benítez, desaparecida el 7 de abril de 1977. “Mi mamá empezó a militar en la JP con mi abuelo, Segundo Benítez, que fue diputado en la época de don Eloy. Después ella milita en Montoneros. Ella desapareció con 23 años, estudiaba profesorado diferencial en la FACSO y trabajaba con chicos sordos. Cuando entró en la clandestinidad se fue a Mendoza con mi papá, Carlos Pardini, que estuvo preso allá cuando mi mamá estaba embarazada de mí, ella cuando lo fueron a buscar se hizo pasar por la empleada y se escapó por los techos. Yo no llevo el apellido de él porque cuando nací él estaba en cana y todo mal. Yo nací en Mendoza el 27 de noviembre de 1975”, empieza el relato.
Algo le contaron sus abuelos y recién hace 3 meses, en el marco de los juicios de Mendoza, se reencontró con compañeros de su madre que le dieron detalles. “Es fortísimo, es como juntar retacitos de la historia para armar la infancia. A mí no criaron con vergüenza, pero mi abuela cada vez que intentaba hablar de mi mamá se largaba a llorar”, dice.
Cuando Victoria tenía unos dos años y medio, la Aeronáutica entró a su casa de Las Heras a media mañana y se llevó a su madre y a un compañero que vivía con ella llamado Julio Pacheco. “A mí me dejaron en un vecino. Mi vieja ya usaba nombre falso, era Carmen, y a mí me decían Bachi, creo que por una canción de María Elena Walsh. Me acuerdo de llorar como una bestia, y me acuerdo de mi mamá como gritaba y puteaba, me acuerdo del pasillo que estaba oscuro y sucio y del arenero que había en la casa, una especie de conventillo. Son como flashes. Hasta recuerdo el perfume de mi vieja”, rememora.
“Después me entero de que Nora, la esposa de Julio, estaba viva. Fue hace 6 meses. Le llamé y se largó a llorar y me dijo que toda la vida había soñado con ese momento. Me contó que había vivido conmigo y mi vieja 6 meses, pero que una señora Rosita había vivido más. Cuando fui al juicio hace poco, Rosita se acercó llorando y me dijo que había estado 35 años esperando el momento de verme”. Victoria conserva muchos recuerdos y se cuestiona si son reales, pero un fiscal en Mendoza le dijo que debía ser cierto y todo quedó incorporado al juicio. A pesar de su corta edad, cuando fue devuelta a sus abuelos en San Juan, les contó con detalles cómo habían secuestrado gritando a Elvira. Por esos días, a  su abuelo se lo habían llevado a la ex Legislatura y lo tuvieron todo un día torturándolo para que dé datos de su hija.
“Mis abuelos sostenían que mi vieja no sabía lo que hacía y yo le pregunté a sus compañeros ahora y me dijeron que no, que no se la había llevado mi padre de las narices, que ella era la que clasificaba documentos. Después fuimos al cementerio de Las Heras y ahí empezaron los replanteos. Todos buscamos un cuerpo, pero cuando se encuentra es un shock, espero encontrarla”. Desde que secuestraron a su madre, Victoria no supo más nada de ella.
Los abuelos intentaron darle a su nieta una vida normal, pero en la escuela religiosa a la que iba Victoria la discriminaban, sus compañeros le decían que no los dejaban juntarse con ella porque era “hija de una zurda”. “Mi abuelo era un pilar gigante, siempre hablábamos, no me contaba mucho de mi vieja pero me ayudaba a ser fuerte”, cuenta Victoria, quien vive en la casa de sus abuelos con sus hijos y una tía que la adoptó.
Hoy piensa: “la desaparición te obliga a matar vos misma a la persona. He imaginado a mi vieja muerta 500 veces para poder cerrar la historia y poder seguir adelante. Ya no espero como antes que ella toque el timbre, mi esperanza es encontrar un resto de ella y decirle a mis hijas, acá está la abuela”.


-Hijo del gremialista

Sergio Correa tiene 37 años y su padre Carlos Esteban Correa desapareció en San Juan a los 29 años, cuando era secretario adjunto del gremio AOMA. “Mi viejo trabajaba en Loma Negra y debido a las presiones sindicalistas lo obligaron a renunciar de su puesto, porque era un gremio fuerte y metían bulla”, cuenta. Los Correa eran una familia numerosa, con 6 hijos y uno en camino y Carlos los llevó a Buenos Aires para protegerlos, porque ya se sentía perseguido, ya habían recibido amenazas en la casa donde vivían en Santa Lucía.
“El 16 de julio fallece mi abuela paterna y ante la negativa de mi abuelo, mi viejo volvió a San Juan. Mi abuelo le decía ‘Negro no te vengas porque acá hay movimientos raros’ pero mi viejo vino igual”, cuenta. Carlos, además de gremialista, había militado en la Juventud Guevarista y escondía compañeros en la casa de la familia, como Aldo Morán. “Morán contaba que él pudo sobrevivir gracias a mi viejo, que le prestó plata, su traje de casamiento y le tiñó el pelo”, dice Sergio, quien sigue en contacto con este compañero que le debe la vida a su padre y reside hoy en Buenos Aires.
Carlos fue detenido en pleno centro, había ido a hacer unos trámites después del sepelio de su mamá, sobre avenida Rioja frente al Banco Nación. Se bajó del micro de la línea 12 y ahí lo secuestraron unos hombres de civil. Venía con su compadre y él vio cómo se lo llevaban.
Sergio tenía 2 años cuando desapareció su padre. Su hermana mayor tenía 7. La familia quedó a la deriva, con 7 hijos. “Fue muy difícil. Cuando nosotros volvimos de Buenos Aires a San Juan, nos recibe una familia amiga en La Legua, hasta que mi abuelo, por su lucha, porque mi padre había comprado terreno en el Barrio Camus, consigue una casa ahí.  El único que se hizo cargo fue mi abuelo paterno. Vivíamos de lo que él nos daba y mi vieja laburaba de empleada doméstica. Fue una vida dura, más viviendo en un barrio complicado. Hubo unos allanamientos en casa. Y el barrio estaba rodeado de militares. Mi vecino era un tal Alaníz que está buscado por la justicia por represor. La discriminación fue algo muy difícil de llevar, porque éramos los hijos de los Montoneros, y había hasta cruces con los vecinos, llegando casi hasta las manos. Uno tolera muchas cosas. Yo veía a mi madre llorando cuando le gritaban cosas como que a todos los hijos de subversivos había que matarlos. Lloró mucho tiempo mi  madre”, se lamenta. 
Sergio dice que apenas desapareció su padre  presentaron hábeas corpus, recorrieron el Penal de Chimbas y la ex Legislatura y la única respuesta que tuvieron fue que se lo habían llevado a La Plata. No tienen más rastro de Carlos. Sergio tiene una sola foto de su padre, porque su madre destruyó toda la documentación en los años difíciles y en la casa poco se habla del tema, que se convirtió en una suerte de tabú. Esperan que el caso se investigue en el próximo juicio local.
Sergio es el único de los hijos de Carlos que salió militante. Empezó en HIJOS y ahora está en Kolina, la agrupación kirchnerista que tiene en su casa de calle Coll, un flamante punto de encuentro. 
Hoy asegura: “Me gustaría saber qué pasó con mi viejo, porque la incertidumbre siempre queda y vos escuchás tantas atrocidades, que te ponés mal. Esto es un proceso, o lo terminás entendiendo o lo terminás odiando. Yo no tengo ningún recuerdo de mi viejo porque era muy chico. Nos arrancaron la vida, nos arrancaron la historia”. 
 

-Hijo del jefe montonero

Fernando Martínez tiene 40 años y a sus dos padres sanjuaninos desaparecidos. Su padre se llamaba Jorge Elio Martínez, y su madre, Irma Edith Parra más conocida como Perla.  “Ella era maestra y él estudiante de Abogacía, muy metidos en la política, eran militantes de Montoneros. Pero mi padre además era de la conducción nacional de Montoneros, fue comisionado de San Juan, Córdoba y La Plata y después de la organización nacional.  Todos lo conocían a mi viejo, era el jefe”, dice Fernando. A Jorge le decían “Julio” y “El obispo” en la clandestinidad.
Perla cayó presa en Mendoza  alrededor de 1971, Fernando ya había nacido en San Juan y fue cuidado por unas tías. Cuando su madre fue puesta en libertad porque estaba “blanqueada” (detenida registrada), antes del golpe de Estado, se reencontró con su hijo, a quien podía ver con visitas de vez en cuando.  Años después, cuando la cosa se puso difícil, los tres se fueron a Mendoza y  luego a Córdoba.  A fines de 1976 a Fernando lo mandan con su madrina a San Juan para protegerlo. “Sabían lo que pasaba y que a los niños los tomaban como trofeo de guerra”, dice. Pocos meses después, en 1977, secuestran a Perla en Rosario. En  mayo del mismo año, Elio muere en un enfrentamiento en La Plata.
“En ese lapso mi papá quería venir a verme pero mi madrina decía que era peligroso y nunca vino. Yo me entero cómo murió él hace 3 años, salió en un libro que se llama ‘Los del 73, historia de Montoneros’, en ese libro un chico cuenta que tenía 8 años y vivía en la casa donde estaban mi viejo y la compañera. Ese chico estuvo casi 20 años sin abrir la boca, quedó traumado. Contó que cuando fue la redada en mayo, mi viejo le estaba dando la leche y lo escondió debajo de la cama cuando escuchó la llegada de los militares. Empezó el enfrentamiento y como mi viejo era de la conducción nacional no podía quedar con vida, para no delatar a los compañeros bajo tortura, muchos andaban con la pastilla de cianuro en el bolsillo. Mi viejo prefirió no irse tan fácil y salió a enfrentarlos”.
La compañera, Eva Gruszka, murió acribillada a balazos también. El chico que estaba debajo de la cama, Pablo, vive ahora en Estados Unidos. Fernando intentó contactarlo pero no es un tema que quiera recordar, porque vio a la madre tirada en la vereda y le quedó grabada esa imagen para siempre.
Fernando recuerda bien a sus papás porque tenía 5 años cuando los perdió, tiene patente la imagen de algún cumpleaños, de la casa de Córdoba donde jugaba. Luego, cuando quedó solo, en San Juan se crió con sus primos y la hermana de su madre y su marido, a quien llama hermanos y padres hoy, en una casa donde había mucha contención pero poco hablaban del tema.
Nunca supo nada de su madre, tras la detención. “No sé cuál es su nombre de guerra así que es difícil establecer qué le pasó”, dice el hijo, quien rastreó el caso de sus padres en La Plata donde hay varias causas, pero no aparece nada judicializado. Ni siquiera el asesinato de su padre, que salió en los diarios, incluso en San Juan, con títulos como “Murió El Obispo en enfrentamiento armado”, según recuerda Fernando, a quien le gustaría tener el cuerpo de sus padres para poder llevarles una flor.
El joven, hoy padre de 4 chicos y empresario, reflexiona: “mis viejos podrían haberse ido cuando quisieran del país, la familia les decía que lo hagan, pero ellos prefirieron quedarse a luchar, sabiendo que se iban a morir”.

 

HIJOS: pocos pero unidos

Victoria Benítez es una de las primeras en integrar el grupo HIJOS en San Juan, que actúan como organización en red nacional desde el año 2000 aproximadamente y ni entonces, ni hoy, cuentan más de 8 integrantes, pero suponen que hay medio centenar de sanjuaninos con padres desaparecidos que no se acercan.  “Primero fue como una cuestión de catarsis, cuando hicieron el bosquecito de la Memoria en la UNSJ ahí nos empezamos a juntar más pero después no la hemos tenido muy clara y cada uno ha crecido como ha podido”, dice Victoria. En los 2000 era difícil hablar del tema. “Ahora es hasta medio fashion ser hijo de desaparecido, por toda la movida de derechos humanos que hay con el kirchnerismo, pero antes había que ponerle la cara. En el secundario yo un día agarré a todos en la Católica y les dije, ‘miren mi vieja era montonera’ y ahí recién empecé el proceso de aceptar las cosas. En mi casa siempre se habló del tema pero otros compañeros se criaron en hogares con vergüenza”, dice.  
Fernando Martínez también es uno de los primeros en integrar el grupo. Cuenta que la iniciativa surgió en el año 2000 de Pablo Castillo, un sanjuanino que vivía en Córdoba, hijo de desaparecido. “Él nos llamaba para organizarnos y empezamos a juntarnos en la casa de algunos de los chicos, compartíamos las experiencias, nos dábamos cuenta de que otros habían vivido historias parecidas a las nuestras”, dice. Se reunieron durante 2 o 3 años, en lo que funcionaba como una terapia grupal, pero luego por las actividades de cada uno, las charlas se hicieron más espaciadas. Están en la red nacional de la agrupación desde siempre y armaron algunos foros, charlas (en la foto, esta semana en la UNSJ) y marchas, sobre todo para la semana de la Memoria. Desde que el kirchnerismo reactivó la causa por los derechos humanos, el grupo se afianzó un poco pero nunca fueron más de 10 los participantes. Los miembros activos, además de Fernando y Victoria, son Patricia y Domingo Britos, Gabriel Farías, Eva y José Rodríguez, Viviana Arias y solía estar Sergio Correa quien ahora milita más en Kolina. En el megajuicio por los delitos de la dictadura en San Juan que se inició el año pasado, HIJOS San Juan tiene un papel relevante, siguiendo el proceso y en la coordinación de un grupo de contención psicológica para las víctimas.