entrevista exclusiva a jose luis gioja

"Las cicatrices se cierran con verdad y justicia"

José Luis Gioja tenía 26 años cuando ocurrió el golpe militar el 24 de marzo de 1976. Fue preso político. Lo torturaron. Esta es su historia, contada en primera persona, por primera vez. Hoy la entrevista completa.
sábado, 05 de noviembre de 2011 · 10:13

 

Por Daniel Tejada
Canal 13 San Juan

A José Luis Gioja le cuesta hablar de aquellos días. Dice que aprendió a no sentir resentimiento ni rencor. Y se nota que pone esmero en mirar hacia adelante. Pero las circunstancias lo ponen por primera vez ante el desafío de hacer memoria: este lunes 7 de noviembre comenzará el primer mega-juicio por delitos de lesa humanidad cometidos en la última dictadura militar en San Juan. El gobernador mandará una declaración por escrito para que se adjunte al proceso. No es fácil recordar. Esta es su historia, en primera persona.
Comienza él, sin pregunta previa. Casi a modo de advertencia:

-Te acordás y no vale la pena contar los detalles, pero…

-Bueno, entonces en términos generales, ¿qué recuerda de aquello?

-En términos generales había un terrorismo de Estado en su máxima expresión. Usaban el Estado para beneficio de grupos y beneficios personales. La vida y la hacienda de los ciudadanos dependían del humor incluso de un teniente, alguna vez. Vos mirabas mal algún tipo de estos y enseguida te metían para adentro.

-¿Usted cuántos años tenía?

-Yo tenía… 26 años.

-¿Estudiaba Ingeniería?

-Ya me había recibido en 1975. Ese año me entregaron el diploma. En 1976 fue el golpe.

 -¿Estaba casado?

-Estaba casado, tenía a Gastón y estando en cana quedó embarazada mi mujer (de Franco), porque teníamos visitas en el penal en el último tiempo. Fue una cosa… no vale la pena entrar en detalles, pero fue una cosa antihumana

 -Cuénteme cómo fue que usted cayó detenido…

-Yo estaba en Buenos Aires con Don Eloy (Camus) cuando fue el golpe…

 -El 24 de marzo…

-El 24 de marzo. Incluso yo vi… el 24 de marzo en la tarde –yo estaba en el IPV en esa época- venía la banda de música del Ejército y todos creían que venía el golpe. Porque ya había un rumor fuerte. Y bueno, vino el golpe esa noche. Yo me acuerdo que nos juntamos con Don Eloy. Él decía que esto iba a pasar. Siempre daba ánimo. Él se vino en el avión de la provincia. Yo no tenía lugar, por eso me vine en tren de Buenos Aires. Llegué dos o tres días después a San Juan. Y cuando llegué acá había estado en cana mi viejo, lo habían soltado y lo agarraron a César ahí. Y mi viejo, cuando lo veo, me cuenta que cuando estuvo detenido le preguntaban por mí. Esto era un jueves o un viernes. Le preguntaban mucho por mí. Me decía: “Mirá me han preguntado por vos, te andan buscando a vos”. Estaba preocupado el viejo. Muy preocupado. Entonces yo ese sábado y domingo me escondí prácticamente para no… Me escondí…

 -¿Dónde vivía en ese momento?

-Yo vivía en la calle Salta, en la casa de mi suegra. En la calle Salta, en el Sur, cuando nace Salta, cerca de Belgrano. Ahí vivía mi suegra. Entonces yo me escondí en la casa de mi concuñado (NdR: marido de una hermana de Rosa Palacio, esposa de Gioja), que vivía en la Villa América. Y el lunes fui a Vivienda. El jueves o el viernes anterior le llevé la renuncia a Gutiérrez, que era el Secretario de Obras Públicas, que se quedó un tiempo con los militares. Yo se la llevé cerca de la una de la tarde. Yo ya había estado con mi viejo y ya me había contado, o sea que yo había tenido toda la prevención. Pero yo pensaba que estos me iban a meter, me iban a tener un par de días, me iban a averiguar que no había nada, y me iban a largar.

 -¿Dónde estaba el IPV en ese momento?

-Donde está la AFIP ahora, donde estaba Salud Pública, frente a la Catedral. Abajo no sé qué había…

 -¿Y cómo se llamaba Gutiérrez?

-Roberto Gutiérrez, agrimensor. Era el secretario de Obras Públicas de Don Eloy. Se quedó un tiempo. Le pidieron que se quedara un tiempo…

 -Y usted fue y le llevó la renuncia…

-Yo le llevé la renuncia, se la dejé, después me enteré que le preguntaron a él dónde estaba yo. Porque él avisó de la renuncia que yo había llevado. Entonces estaba saludando yo, eran las 9 de la mañana del lunes, y cuando estaba saludando llegaron dos policías de civiles, que yo conocía, para colmo. Era Villalba uno de ellos. No me acuerdo del otro.

 -Ahí en la oficina del IPV…

-Yo ya estaba saludando para venirme a mi casa porque ya había renunciado. Había sacado las cosas de los cajones. Entonces me dicen: “Mirá estás detenido, tenemos una orden de detención”. Entonces yo –cosa de pendejo agrandado- le dije: “Pará que voy a saludar”. Y me acuerdo que saludé a todos. Me fui por todas las oficinas. Y estos me iban siguiendo de atrás porque no querían hacer aspaviento. Entonces me subieron a un auto.

 -¿Un Falcon?

-No me acuerdo qué auto era… Me subieron a un auto. Cuando llegué a la Central me acuerdo que me hicieron pasar a una pieza. Me dieron un patadón. Un pechón. Me sacaron los cordones de los zapatos. Me ataron las manos atrás. Me pusieron una venda y una capucha. Chau.

 -¿La Central de Policía estaba donde está hoy?

-Sí. Y después me llevaron a un lugar que después me enteré que era el Estadium, la vieja Legislatura. Nos hacían subir las escaleras vendados y bajarlas escaleras vendados. Vos no sabés lo que era. Y ahí cuando llego había un montón de tipos detenidos. Y cuando llego me toca uno al lado…

 -¿Usted seguía encapuchado?

-Encapuchado, vendado y atado atrás. Vos no sabés lo que es estar atado atrás tres o cuatro días. No se siente esta parte (NdR: Se señala los hombros). Entonces ahí cometo el error. Toco al de al lado y le pregunto: “¿Vos quién sos?”. Neira se llamaba, me acuerdo, un muchacho que era del PC. Buen pibe era. Y empezamos a hablar, a cuchichear. Y cuando vos hablabas con otro venía un tipo y ponía la oreja, a ver qué hablabas. Entonces yo decía: “¡Qué gorilas estos hijos de p…!  ¡Qué gorilas! ¡Nos van a hacer cagar!”. A los diez minutos me levantan, me llevan para arriba y empezó el terror. “¡¿Así que somos gorilas?! ¡¿Qué quiere decir gorila?!”. Y ahí fue una cosa inenarrable…

 -¿Le pegaron?

-Te pegaban, te picaneaban. Te hacían de todo. Una cosa muy hija de p…

 -¿Les vio la cara?

-¡No hermano! ¡Vos estabas atado y vendado!

 -¿No le sacaban nunca la capucha?

-¡No! Vos estabas con una venda y una capucha y con las manos atrás. Entonces te desprendían la camisa y te ponían agua y te picaneaban. Te agarraban los genitales y te picaneaban. Eran muy sádicos. Muy hijos de p… Y el error que yo cometí era que no hablaba. Me preguntaban y no quería hablar. Un craso error. Había que gritar. Eso lo aprendí después.

 -¿Era como que usted “se la aguantaba”?

-No era que me la aguantaba. Decía: “¿Para qué voy a hablar con estos tipos?”. En determinado momento me sueltan las manos y un tipo me da… habrá sido un revólver descargado, qué se yo… me da un revólver. Yo seguía vendado. Y me dice: “Tomá, pegáte un tiro”. Y yo lo tiré a la mierda… Cómo habré estado, que me daban whisky para reanimarme, para seguirme dando…

Bueno, pero eso hay que olvidarlo… Bah, hay que tener memoria para que la verdad y la justicia existan, porque las cicatrices se cierran con esto. Si no, no se cierran.

Fueron tres, cuatro días. Perdés la noción del tiempo ahí.

 -¿Le daban de comer?

-No. Te daban un poco de agua. Pero te daban ellos, no te soltaban nunca las manos. Ibas a orinar y te bajaban la bragueta ellos. No te soltaban nunca las manos.

 -¿Y cuánto tiempo estuvo?

-No sé. Alrededor de tres días… la verdad que no sé.

 -¿Y después lo soltaron?

-No, de ahí nos llevaron al Penal de Chimbas. Y en el penal fue una gloria. Porque yo me acuerdo que cuando a mí me picaneaban en el Estadium -el efecto de la picana hace que vos tirés los brazos para adelante- y yo cortaba las vendas que me ataban las manos, por la fuerza que hacía. Yo todavía tengo las marcas. Y en algún momento me ataron con un cinto de cuero, porque yo cortaba las vendas. Entonces me pusieron el cinto y me marcaron las muñecas. Además después de eso no hablabas con nadie. Y cuando llegamos a Chimbas me encuentro con gendarmes. Y me encuentro con un gendarme que yo conocía de Jáchal, que era un amigo. ¡A todo esto mi mujer no sabía nada de nada de nosotros!

 -Usted fue a renunciar al IPV y no volvió más…

-¡No volví más! ¡Mi mujer me andaba buscando por todos lados y los militares no le decían nada! Era una situación de terror. No le decían si estaba detenido o no estaba detenido. No le decían nada. “No está, no sabemos, no está”, le decían. Entonces el gendarme, el “gordo” Aballay –no sé a qué hora habrá sido, no sé a qué hora nos habrán llevado al penal, habrá sido a las 11 de la noche- vino a mi casa y avisó, le avisó a mi mujer. Entonces ya mi mujer con mi cuñada iban al penal a decir: “Vengo a ver a mi marido que está acá”. Entonces ya no podían decir que no estaba ahí. Por supuesto que no las veíamos. Estuvimos cuatro o cinco meses sin ver a las familias. Una cosa muy hitleriana.

Y la primera vez que yo la vi a mi mujer y a mi hijo fue gracias a los gendarmes que nos cuidaban. Los gendarmes la metieron una tarde medio de contrabando para yo poder verla. Porque los gendarmes nos cuidaban y los de inteligencia del Ejército nos torturaban para preguntarnos.

 -¿Ellos creían que usted tenía que ver con Montoneros?

-Ellos creían… Sobre todo a mí me pasó una cosa muy curiosa. Yo estaba en el IPV. Y hacíamos barrios por ayuda mutua en la época de Don Eloy. La ayuda mutua es acumular horas de trabajo y tener la casa. Entonces había un montón de oficiales y suboficiales del Ejército en un barrio que estaba frente del Ejército, era por ayuda mutua. Entonces estos dejaron de trabajar y yo les quité las casas. Los reemplacé por otros. Ellos aducían que era porque los habían llevado a otro lado, a Tucumán, no sé a dónde. Pero yo los saqué. Cuando me interrogaban me decían: “¿Te acordás cuando te íbamos a ver por las casas y te hacías el pelotudo? ¿Cuándo estudiabas vos si andabas todo el día en la calle? ¿Cuántos actos le habías hecho al viejo Camus, si andabas todo el día con el viejo de mierda ese?”. Muy resentido el tipo. Con un desprecio por la civilidad…

 (NdR: Recuerda otra cosa y cambia de tema) A todo esto apareció un personaje maravilloso, que es el cura Pablo Ares. Que no sé si era de Gendarmería. Y él entraba al penal. Entonces le dábamos cartitas y traía cartas de las casas. “Ya voy a salir”, “Estamos todos bien”, ¿qué íbamos a decir?  Llevaba cartas y traía cartas. Hasta que lo agarraron al cura una vuelta y no volvió más. Y después el cura Mazzón, que era el cura del Penal. Lo controlaban, lo seguían. También, menos, pero también traía mensajes.

 -¿Cuánto tiempo estuvo en el penal?

-A mí me largaron el primer día hábil del ’77 que fue un lunes. Lunes 3 de enero del ’77.

 -¿Usted sabía que lo iban a liberar?

-¡No hermano! Va mi viejo al Ministerio de Gobierno a preguntar. Porque siempre iba a preguntar. Pobre viejo, ¿te imaginás?, una situación tan... Entonces le dijeron que iban a liberar a uno de sus hijos. Por la información que le habían dado él creía que era César, que no era yo. Entonces se va al penal a buscarlo a César. Y cuando aparezco yo no lo podía creer. No había avisado nada a nadie. No había avisado nada en mi casa, había avisado en la casa de César. Y yo aparezco en mi casa como a las dos de la tarde. Mi mujer creía que me había escapado. Me decía: “¡Te van a matar! ¡Te has escapado! ¡¿Cómo te has escapado?!”. Hasta que vio a mi viejo y le contamos todo.

 -¿Y a usted adentro cómo le dijeron que lo iban a liberar?

-¡No, no me dijeron! “Gioja, con todo”, me dijeron. Con Paco Camacho nos largaron a los dos juntos ese día. Cuando te decían “con todo” significaba que te largaban. Era una cosa cuando se iba alguien y no te ibas vos… Antes que nosotros se fueron un montón…

 -Al que “largaban” también lo podían desaparecer…

-Como pasó con el  pibe García. Que no estábamos juntos porque ellos estaban en el pabellón de abajo y nosotros estábamos arriba. Al pibe García lo largan y después nos enteramos que había desaparecido. ¿Sabés qué? No quería salir nadie… Esos fueron los primeros meses.

 -Era más duro…

-Era más duro, estabas incomunicado, no nos sacaban a caminar. Porque después nos sacaban a caminar por la cancha. Y después de cuatro o cinco meses ya teníamos visita.

 -¿Vio alguna ejecución?

-No. Hacían simulacros de ejecución. Al “Carozo” Fábregas, pobre, que en paz descanse, dice que lo pusieron contra una pared, le gritaron: “¡Apunten! ¡Fuego!”. Al “Gringo” Camacho también le pasó. A todos nos torturaban. Era terrorismo de Estado. Tu vida dependía de estos hijos de p…

 -¿Identifica a alguno de ellos?

-No.

 -¿No o no quiere?

-No ni quiero. Reconozco los nombres. Sé quiénes eran. Al único que identifico es a un tal Olivera que era muy hijo de p… que se hacía el amigo de las familias y las mujeres nuestras nada más que para sacar información. El que se fue a Italia…

 -Jorge Olivera.

-Ese. Iba al penal y se hacía el amigo para sacarte cosas. Yo me acuerdo de haber hablado con él. Pero te imaginás que no hablabas nada. Orinabas adentro de una botella porque no te dejaban salir ni al baño.

 -¿Estaban en una celda común, un pabellón común?

-No, no, al principio estábamos cada uno en su celda. Nos moríamos de frío en la noche porque no nos daban una colcha ni nada. Y la celda tenía una puerta de fierro con una mirilla. Y venía el militar y te decía: “¡Contra la pared!”. Y venía otro y te ponía una capucha. Al interrogatorio. Que Dios te ayude. Me acuerdo que jugábamos a la batalla naval a través de la ventana, entre las celdas… ¡Para pasar el tiempo!

 -¿Compartió con su hermano César?

-No, porque él estaba en otra celda. Y después sí empezaron a traer de a dos o tres por celda porque no había lugar. Esos primeros tiempos fueron los peores. Porque después había visitas, era un régimen distinto. Esperabas el domingo, la vieja me llevaba fideos y compartíamos entre todos todo, porque había tipos a los que no les llevaban nada. Todos esperábamos el viernes, porque era el día que largaban.

La” patota” que lo buscó en el Edilco

 En primera persona, el relato del Gobernador el día que lo fueron a buscar a su casa.

“El miedo es inherente al ser humano. No puede haber tipos que no tengan miedo. Porque a mí me pasó una cosa muy complicada. El 24 de marzo del ’77 –yo ya estaba afuera- caen a mi casa de vuelta, a las 3 de la mañana. Como diez tipos con esas medias de mujer en la cara. Yo vivía en el Barrio Edilco, que no tenía rejas, no tenía nada. Tenía un Dodge 1500, me acuerdo. Entonces llegan a mi casa, golpean la puerta, golpean la ventana. Yo me asomo y veo un montón de tipos. Me dicen: “Somos de la Policía, buscamos a Gioja”. Entonces les digo: “Bueno, ya voy”. Me visto. Le digo a mi mujer que se vista y lo agarra a Gastón. Cuando yo voy a abrir la puerta del comedor había como cuatro tipos con las caras tapadas, irreconocibles, y armados hasta los dientes.

Entonces me tiran en el comedor y me atan las manos atrás con un pulóver. Me dicen: “No te levantés”. Yo estaba esperando que me dijeran: “Vamos”. Iba a hacer escándalo, porque yo sabía que el tipo que se llevaban no aparecía más. Lo que me acuerdo es que me encomendé a Dios. A todos los llevaban. Estaba esperando que me dijeran “vamos”, para empezar a hacer escándalo y me escucharan los vecinos. A mi mujer embarazada de Franco la metieron a una pieza con Gastón, que tenía un año y monedas, había nacido en septiembre del ’75. Entonces yo sentía ruidos. Que pasaban. Yo estaba rezando, pidiéndole a Dios que me ayudara.

Cerraron la puerta, echaron llave. Y sentía el auto mío, que no le entraba la marcha atrás. Entonces estos tipos que entraron a mi casa se llevaron todo lo que pudieron llevarse. Yo me había casado hacía un año y pico y todavía tenía algunos regalos de casamiento. Se llevaron todo. Y mi mujer se asoma por una ventana para ver si me llevaban a mí, porque creía que me llevaban a mí. Entonces un tipo se baja, le pone un revólver en la cabeza y le dice: “Metéte para adentro, no salgás”.  Y yo sentía el auto. Lo sacaron pechándolo, no sé cómo. Se lo llevaron, me robaron.

Entonces yo me alcanzo a soltar y me encuentro en el pasillo de los dormitorios con mi mujer. Me dice: “¡Te van a matar! ¡¿A dónde vas?!”. Yo la miré que estaba bien ella y me quería ir por el fondo para salir a la otra calle, porque pensaba que estaban en la puerta. Y cuando sentimos el timbre, era el vecino de enfrente, que había visto todo. Buen tipo, Bernard. Entonces lo agarramos a Gastón y él (Bernard) nos llevó hasta la Iglesia de Fátima, con tan mala suerte que no estaba el cura. Y nos fuimos a la Iglesia de Villa Krause. Y allí el cura Paco nos recibió. Eran como las 7 de la mañana. Después llamé a un amigo, la dejé a mi mujer en la casa de mi viejo, con mi hijo, y yo me fui a Mendoza.

Y de Mendoza me fui a Buenos Aires. Porque no sabías qué pasaba. Ahí estuve en la casa de un concuñado que trabajaba en la Policía Federal. Entonces pensé que ahí iba a estar seguro. No podía salir. Era en Villa Devoto.

Mi otro cuñado era amigo de un colombiano que había estado en el bautismo de Gastón. Era un médico. Entonces le digo a este cuñado, que me lleve a lo del colombiano, que vivía en Laferrere. Quería irme afuera del país, porque el terrorismo era una cosa muy jodida. Cuando llegué a Laferrere me contaron que se lo habían llevado la noche anterior. Habían hecho un operativo. Le habían robado todo en la clínica. Parece que él había atendido a alguien… no sé qué cosa. No me pudieron sacar porque era tarde. Pensaba que ya venían. Sentía el ruido de un auto y tenía miedo. Después volví a Capital Federal y ahí estuve hasta que nació Franco, en junio del ’77, que tuvo problemas de salud. Entonces decidí venirme a San Juan y que pasara lo que pasara.”



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