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Caso Loan

Las impactantes historias de los dos niños sanjuaninos que desaparecieron sin dejar rastro y hoy tendrían más de 30 años

La desaparición de un nene de 5 años en Corrientes trajo a la memoria los dos casos más resonantes que conmocionaron a los sanjuaninos y todavía, a más de 20 años, son un misterio.

Por Redacción Tiempo de San Juan

La provincia de Corrientes está en vilo por la desaparición de Loan Danilo Peña, un niño de 5 años que salió al campo a buscar naranjas, en la localidad de 9 de Julio, y nadie más lo vio. Ya son cinco días en los que no se sabe nada del pequeño y crece la desesperación. Si bien hay esperanzas de encontrarlo con vida -alrededor de 600 efectivos de todas las Fuerzas están afectados al inmenso operativo-, este caso recuerda lo ocurrido hace más de 20 años en San Juan con la desaparición de Matías "Yiyo" Villafañe y Sergio Guerrero, cuyo paraderos son todo un misterio al día de hoy.

"Yiyo", el niño que desapareció hace más de dos décadas

Tenía 7 años cuando desapareció en octubre de 1997 en Villa Hipódromo, departamento Rawson. Su caso es todo un misterio: nadie nunca supo si lo vendieron o lo mataron, preguntas que rodean al enigmático caso que lleva ya 26 años sin respuestas. Hubo tres condenados a prisión, pero jamás se supo sobre su paradero.

Una típica novela policial, pero real y con todos los condimentos como la marginalidad, una familia disgregada, amigos delincuentes y una que otra curandera. En esa compleja maraña de relaciones se dio el misterioso caso, cuya única víctima fue ese chico llamado Matías Ricardo Villafañe.

La última vez que lo vieron con vida fue en la casa de Mercedes Amalia González, conocida por todos como “La Piri”, un oscuro personaje dedicado al curanderismo, a las cartas del Tarot y afecta a las malas juntas. La mujer era amiga de Liliana Gamboa, madre del niño, y aquel día de la desaparición esta última le pidió que cuidara a su hijo mientras ella concurría al penal de Chimbas a visitar a su novio, “El Topo” Gutiérrez.

El jueves 23 de octubre de 1997 comenzaría escribirse la misteriosa, y porque no fátidica, historia del pequeño “Yiyo”. Como en otros casos, al principio se minimizó el hecho y se inclinaron más a pensar que estaban frente a un simple extravío. “La Piri” González se mostraba angustiada y afirmaba que no sabía en qué momento se le fue el niño, que andaba en su bicicleta con las ruedas desinfladas y con su perrito “Milu”. Lo extraño es que ni el perro ni el rodado aparecieron por ningún lado.

Los días pasaban y todo se enrarecía, más al descubrir el entorno de la mamá de Yiyo en Villa Hipódromo y los sospechosos personajes que concurrían a la casa de González. Las miserias de cada uno, y sus antecedentes penales, salían a la luz y las miradas indudablemente apuntan a “La Piri” y sus amigos. Existían testimonios que indicaban que anteriormente González había participado o intercedido en la entrega de otros niños. La causa entonces dio un giro inesperado y en noviembre de ese año apresaron a Mercedes Amalia “La Piri” González y a su pareja, “El Pato Lucas” Díaz, como sospechosos del posible robo y la venta de la criatura.

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El caso “Yiyo” tomaba estado público con los pedidos de Justicia por parte de sus padres y la defensa en vano de “La Piri”, hasta que en marzo de 1998 detuvieron a Fabián “El Púa” Reyes. Presionado o no, el delincuente de 18 años acabó por quebrarse y delató a todos. O al menos esa fue su versión, en la cual reveló que el robo del niño fue planificado días antes en una reunión en el domicilio de “La Piri” en la que participaron “El Pato Lucas” Díaz, Alberto “El Tolengo” Gutiérrez, Carlos “El Porteño” Quiroga y la dueña de casa. En su relato detalló que él mismo sacó a “Yiyo” junto a su bicicleta y a su perro por los fondos del rancho, que lo trasladó hasta la esquina del frigorífico abandonado de las calles República del Líbano y Zapiola. Que en ese lugar lo entregó a “La Piri” y a “El Porteño” Quiroga, que lo cargaron en una moto y que éstos se lo llevaron para entregarlo a dos mujeres mendocinas que andaban en un vehículo.

La declaración fue una bomba y de inmediato ordenaron la captura de todos los nombrados, algunos por su participación directa y a otros por encubrimiento. Pero pese al procesamiento y encarcelamiento de todos los imputados, el misterio entorno a “Yiyo” continuó. Su papá logró que funcionarios nacionales se interesaran por el caso y la Policía Federal colaborara en la búsqueda, pero la intriga prosiguió en una senda sin explicación.

En julio del año 2.000 se llevó a cabo el juicio, juicio que sembró más el enigma. Ninguno de los acusados habló, se encerraron en negar cualquier participación en el hecho. Por azar o a propósito intentando dar un simbólico mensaje, los jueces Diego Román Molina, Arturo Velert Frau y Raúl Iglesias dieron su veredicto en la Sala I de la Cámara Penal el 23 de octubre. Sí, el mismo día que se cumplían 3 años de la desaparición de “Yiyo”.

Pasadas 22 se escuchó la sentencia: Mercedes Amalia “La Piri” González fue condenada a 12 años de prisión por autora intelectual y material de la sustracción del chico. Carlos “El Porteño” Quiroga fue penado a 10 años de cárcel por coautor de la maniobra. Néstor Fabián “El Púa” Reyes también fue condenado, pero su pena quedó en suspenso dado que era menor. Su mala vida, posteriormente, le valió que lo sentenciaran a 10 años de prisión por el caso.

“Yiyo” sigue siendo un gran misterio hasta la fecha. Hoy tendría 33 años y las dudas siempre estarán sobre si se encuentra vivo o muerto.

Sergio Guerrero y el Día del Niño más triste

El chico, de 13 años, salió a cazar pajaritos en las afueras de la villa cabecera de Ullum. Nunca más volvieron a verlo. Es un misterio, jamás se supo si se fue por su propia voluntad, lo raptaron o lo asesinaron.

Aquel 11 de agosto de 2002 prometía ser una jornada de fiesta. Era Día del Niño y en la casa de los Guerrero todos los chicos pensaban solamente en el chocolate que iban hacer en la plaza central de Ullum. Sergio estaba contento al igual que sus hermanos, pero como faltaban unas horas no quiso desaprovechar el tiempo y salió con su gomera a cazar pajaritos. Dicen que lo vieron cruzar un alambrado para internarse en una finca. Era una de sus escapadas, cuestión de un rato nomás, pero aquel fue un paseo que se tornó dramáticamente interminable. Hace 22 años que todavía esperan a ese chico de 13 años del cual aún no se sabe si está vivo o muerto.

Como en la historia de “Yiyo”, también supusieron que se había extraviado o que se había ido por propia voluntad, quizás molesto por un reto. Primero fueron sus familiares, después los vecinos. Los comentarios por el chico perdido comenzaron a propagarse y al otro día los policías de la Seccional 15ma ya lo andaban buscando o pidiendo colaboración a las otras dependencias policiales.

Pedían información o cualquier dato de quien haya visto a ese chico morocho y bajo, que vestía un jeans azul, un pullover azul con amarillo con la inscripción de “Mickey” en el pecho y unas zapatillas de cuero color marrón. Su desaparición conmocionaba y día a día se sumaba gente a la búsqueda. Los baqueanos de la zona, las brigadas de rescate de la Policía y de Gendarmería, el club de amigos de camionetas 4x4, grupos de motociclistas y muchos particulares que con sus caballos rastrillaban las afueras de la villa cabecera de Ullum, los ríos y los diques. Hasta un helicóptero sobrevoló Ullum y Zonda. Otros revisaban los campos, las fincas y los pozos de agua o de las viejas bodegas, pero todo era inútil.

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Una huella de zapatillas, similar al calzado que usaba Sergio, fue encontrada en una margen del río y generó esperanzas. Supusieron que quizás andaba deambulando y no quería regresar a su casa. Sin embargo, no hallaron otros rastros ni indicios de su posible paradero y entonces volvió la angustia.

Al final descartaron que estuviese escapando. Ya eran muchos días y era imposible que un niño de esa edad y con su discapacidad sobreviviera en medio del campo y burlara a tremendo operativo. También desecharon la hipótesis del extravío, de ser así tendrían que haberlo localizado con los kilómetros que rastrillaron en los alrededores. Entonces se centraron en la sospecha de un accidente o una caída casual en algún pozo, pero hurgaron todas las excavaciones o recovecos y no hubo suerte.

Viendo que no había nada por ese lado, los investigadores policiales despuntaron los entretelones de la familia. El único dato era que el padre de Sergio había abandonado a la familia hacía tiempo y que era un alcohólico que divagaba por las calles de Ullum. Existían rumores del posible maltrato de los chicos por parte de la madre, pero no era algo acreditado por testigos. Incluso llegó el comentario de que habrían asesinado al chico y que el autor era un miembro de la familia. La versión resultaba descabellada. El juez que estaba al frente del caso lo pensó y sin muchas alternativas prefirió sacarse las dudas. En un inesperado operativo en horas de la mañana, un grupo de policías de civil y bomberos allanaron la vivienda de los Guerrero, requisaron todo y revisaron hasta el fondo de la letrina del baño. Y nada. Ni la hipótesis más terrible parecía tener un mínimo indicio. Porque si bien especularon sobre un homicidio o un secuestro, no hubo ninguna línea investigativa que tuviese sustento en ese sentido.

A la par de las noticias, el caso de Sergio Guerrero empezó a perder vigencia y espacio en los medios. La familia, muy pobre, no pudo sostener la búsqueda y menos interesar a las autoridades de Gobierno que dejaron de mostrar interés en el caso, lo mismo que la Justicia. El nombre de Sergio quedó relegado en un expediente para la estadística.

*Con información de Historias del Crimen (artículo escrito por el periodista Walter Vilca)

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