La polémica en el juicio se centró en el estado de ebriedad de “Cascote” Guzmán y su grado de conciencia. Porque él admitió que asesinó a su amigo “Champita” Toledo, pero juró que no sabía lo que hacía. Ahora, además de no explicar por qué tantos garrotazos y la puntada final, tampoco aclaró cómo fue que tuvo la suficiente lucidez para sacar el cadáver por una ventana, limpiar la escena del crimen y arrojarlo a una cuneta lejos de su casa.
La tarde del domingo 17 de diciembre de 1978, “El Champita” andaba con ganas de tomar unos vinos y aceptó la invitación de su otro amigo Roberto Quiroga, quien le propuso ir a ver al “Cascote” Guzmán. Así fue que ambos se trasladaron hasta la calle Río Negro del barrio Levenson para caerle de visita al otro changarín.
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El asesinato ocurrió en un domicilio de calle Río Negro en el barrio Levenson, Chimbas.
Era media tarde y, como que los estuvieran esperando, en la casa estaban también Rodolfo Guzmán y Fermín Figueroa. Los cinco armaron una ronda y comenzó a correr el vino, entre música y bromas. Aquella fue una reunión de amigos, pero no faltaron las chanzas hirientes con doble sentido y alguno que otro que se puso pesado.
La noche los sorprendió ya borrachos. Las versiones judiciales señalaron que algunos de los jóvenes se marcharon, mientras “El Champita” continuó tomando con “Cascote” en su habitación. Más tarde, la conversación entre ellos aparentemente entró ponerse tensa y ninguno aflojó. Toledo conocía la calle y estaba acostumbrado a no callarse, pese a que era más joven. Él tenía 24 años. Guzmán era igual o peor. A sus 33 años, sus antecedentes penales lo convertían en un hombre de no fiar.
Y lo que podía pasar, sucedió. Los dos discutieron y se desafiaron hasta que se tomaron a trompadas dentro de la pieza. Como “Cascote” no tenía escrúpulos y no le gustaba perder, agarró un palo y atacó a garrotazos a su amigo “El Champita”. Éste resistió a puro golpes. Cuando la vio venir mal, el mayor de los hombres tomó un cuchillo y le clavó a su contrincante un puntazo en el estómago.
Champita
Este era Julio Alejandro Toledo, "El Champita".
El cuchillazo puso fin a la furiosa pelea y también a la vida de “El Champita”. El cuchillazo a la altura del abdomen le produjo graves heridas al changarín, que agonizó durante algunos minutos y murió tendido sobre una cama.
Ahí se le pasó la curda a “Cascote” Guzmán. Transpirando de los nervios y por el propio calor de las noches de diciembre, ni siquiera intentó buscar ayuda para su amigo. Él estaba preocupado en qué hacer, no quería volver a caer preso. Pero el cadáver estaba dentro de su habitación y cómo hacía para sacarlo. Lo primero que hizo fue cerrar la puerta para impedir que alguien entrara. Después se tomó el tiempo para pensar y esperar que se hiciera de madrugada. Si lo veía uno de sus familiares o algún vecino estaba en serios problemas.
Cuando confirmó que los otros habitantes de la propiedad dormían y no había ningún vecino a la vista, cerró la puerta con llave y salió a ejecutar su plan siniestro para ocultar el asesinato. Caminó hasta la casa de Quiroga y le pidió prestada su motocarga con la excusa de que debía trasladar de urgencia unas cosas pesadas a la casa de un pariente.
Motocarga
El asesino utilizó una motocarga como esta para retirar el cadáver.
A los minutos regresó con la pequeña movilidad a la propiedad de calle Río Negro. Para asegurar que nadie lo viera, estacionó la motocarga en la parte trasera del lote. Utilizando una tenaza cortó el alambrado del fondo, abrió un hueco y metió el rodado para estacionar justo al lado de la ventana de su habitación.
Muy sigiloso él, entró de nuevo a la pieza y preparó la segunda parte del plan. Le quitó los zapatos y la camisa al muerto, y los colocó dentro de una bolsa. Bajó el cuerpo de la cama y lo envolvió con una frazada. Le costó, pero con mucho esfuerzo lo sacó oculto bajo la manta a través de la ventana y lo depositó arriba de la caja de la moto.
“Cascote” Guzmán se aseguró de trabar la puerta y salió arriba de la motocarga rumbo al este, con el cadáver en la parte trasera. Tras recorrer varios kilómetros y mirar el lugar más conveniente, arrojó el cuerpo en una acequia ubicada en la intersección de las calles 25 y Balcarce, en Santa Lucía. Su idea era que creyeran que lo habían asaltado.
Una vez que se deshizo del cuerpo de su amigo, arrojó la bolsa con los zapatos y la camisa ensangrentada durante el camino de regreso a su casa. Una vez que llegó a su habitación, echó agua y limpió la sangre. También sacó hasta el cubrecolchón para no dejar rastros del asesinato.
Titular
La primera noticia del diario Tribuna señalaba que Toledo había muerto a machetazos. Después se aclaró que el changarín sufrió golpes y un cuchillazo.
Esa noche durmió de a ratos. A Guzmán no se le iba la imagen de su amigo todo ensangrentado y muerto. Sólo le quedaba esperar la noticia del hallazgo del cadáver. En teoría, él iba a encerrarse en la versión de que “El Champita” se fue de su habitación y no supo más nada.
A las 13 del lunes 18 de diciembre de 1978, un vecino de Santa Lucía concurrió a la Comisaría 5ta de Santa Lucia a avisar sobre la presencia de un cuerpo en un canal de regadío. Los uniformados que fueron al lugar confirmaron al instante que se trataba de un crimen: la víctima tenía golpes en la cabeza y una herida punzocortante en el abdomen.
Más tarde identificaron al fallecido como Julio Alejandro Toledo, un conocido changarín del Mercado de Abasto y con domicilio en Villa Dorrego, al que apodaban “El Champita”. Los investigadores no tardaron demasiado en reconstruir sus últimas horas de vida. Sus familiares contaron que “El Champita” había salido de su casa la tarde del domingo con su amigo Roberto Quiroga.
Los policías buscaron a este muchacho y lo detuvieron. El jornalero juró que no sabía lo del asesinato, pero reconoció que “El Champita” había estado bebiendo con él, pero también con Fermín Figueroa y los hermanos Víctor Hugo y Rodolfo Guzmán, en la casa de estos últimos. Recordó que “Cascote” se quedó con Toledo y en la madrugada lo fue buscar para que le prestara la motocarga.
El mismo lunes, los investigadores policiales detuvieron a Figueroa y a los hermanos Guzmán, aunque desde un principio apuntaron contra “Cascote”. Es que todos los otros sospechosos afirmaron que él fue el último que estuvo con “El Champita”.
El caso se cerró en esa primera instancia con Víctor Hugo Guzmán como el principal y único acusado de matar a golpes y cuchillazos a “El Champita” Toledo. A los otros tres le atribuyeron el delito de encubrimiento.
Titulo 2
Otro titular, pero de Diario de Cuyo.
Los cuatro fueron sometidos a un juicio escrito en 198. Fermín Figueroa, Roberto Quiroga y Rodolfo Guzmán fueron coincidentes en sus declaraciones y demostraron que no estaban en la habitación de “Cascote” cuando se produjo el asesinato, ni prestaron colaboración alguna en el ocultamiento del cadáver.
Víctor “Cascote” Guzmán, por su parte, confesó que él mató a su amigo, pero sostuvo que estaba muy borracho y no recordaba qué pasó. Su defensor se apoyó en esa versión para sostener la teoría de que su estado de embriaguez le produjo un grave estado de perturbación en su conciencia y eso lo llevó a cometer un crimen no buscado.
El 7 de julio de 1981, el juez interviniente dictó su fallo y condenó a “Cascote” Guzmán a la pena de 10 años de prisión por el delito de homicidio simple. Como se esperaba, los otros tres implicados salieron absueltos de culpa y cargo.
La defensa de Víctor Hugo Guzmán apeló la condena y pidió que la revisaran con el argumento de que existían suficientes pruebas para decir que estaban frente a un homicidio culposo y no ante un hecho doloso. E insistió en que, al momento del crimen, “Cascote” se encontraba un estado de ebriedad total y eso lo eximía de cierta de responsabilidad.
El 28 de abril de 1982, el tribunal de la Cámara Primera en lo Penal le dio otro revés. Los jueces Arturo Velert Frau, Carlos Graffigna Latino y Alejandro Hidalgo concluyeron que, efectivamente, Guzmán estaba alcoholizado, pero era dominador de sus actos. Había buscado la motocarga para retirar el cadáver. Había cortado el alambrado para ingresar el vehículo por parte trasera de la casa. Había envuelto el cuerpo con una colcha para sacarlo por la ventana. Incluso, había limpiado la escena del crimen, entre las otras cosas que hizo para ocultar el horrendo asesinato.
En esos argumentos, el tribunal ratificó la condena de primera instancia y confirmó que Víctor Hugo Guzmán debía continuar preso en el penal de Chimbas.