La historia empezó a media mañana del viernes 7 de diciembre de 1990. Un vecino de Concepción llamó alarmado a la Comisaría 2da para avisar que había dos personas muertas en una casa de calle Alem, al norte de Juan Jufré. Cuando los policías llegaron a la vivienda encontraron los cadáveres del jubilado ferroviario Héctor Blas Cevallos y de su vecina de 22 años, de nombre Isabel.
Los cuerpos permanecían desnudos, tendidos sobre una cama y presentaban sendos disparos de bala en la zona del tórax. Al lado de la mano derecha de hombre de 59 años hallaron un revólver calibre 38, el arma empleada en el doble crimen. Pero había más. En el patio de tierra de la casa había dos perros muertos, también atacados a tiros, y otros canes ahogados en un fuentón.
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Los policías inspeccionan el colchón de la cama donde hallaron muertos al jubilado y a la chica. Foto de Diario de Cuyo.
La sospecha inicial fue que el jubilado mató a la chica de un tiro, se acostó a la par y se quitó la vida con la misma arma de fuego. Incluso se habló de un pacto suicida entre supuestos amantes. La presunción era que la joven, que vivía a la vuelta y trabajaba de empleada doméstica hacía cinco meses en esa casa, mantenía un romance con el hombre mayor. Este último poseía un taller de reparación de bicicletas en esa propiedad y vivía con la tía que lo había criado.
Las dudas se acrecentaron cuando los policías entrevistaron a Miguel, el marido de la joven asesinada, que estaba en el lugar junto a otras personas y quien afirmó que él había encontrado los dos cadáveres. El muchacho les relató que arribó a la casa porque Carmen Algañaraz fue a buscarlo con el cuento de que su sobrino e Isabel estaban durmiendo juntos en su casa. La anciana de 73 años era tía de Cevallos y dueña de la propiedad de calle Alem, pero padecía alteraciones mentales, según los datos periodísticos.
Miguel contó que por esa razón fue a esa vivienda, entró hasta la habitación y ahí se encontró con la tremenda escena. Agregó que fue él quien pidió ayuda a un vecino para que llamara o buscara a la Policía y juró que no tocó nada y que el arma ya estaba allí.
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El titular del diario local.
La presencia del changarín en el lugar y su versión despertaron sospechas entre los investigadores, que trabajaban bajo las órdenes comisario inspector Gaspar Salinas y un joven oficial Jorge Buchert. Ese mismo mediodía del viernes 7 de diciembre de 1990, los policías arrestaron al muchacho de 28 años y lo trasladaron a la seccional de Concepción para hacerle preguntas.
Los policías dialogaron también con la anciana dueña de casa, pero de nada sirvió. La mujer no aportó mucho por las incoherencias que decía y porque aparentemente no estuvo en la vivienda, según describió un medio periodístico. Tampoco pudo aclarar si el revólver hallado en la cama pertenecía a Cevallos.
Todo fue confuso. Hasta el día de hoy, pues no se encontró documentación judicial referida al caso, sólo testimonios de un policía que trabajó en la investigación, de los vecinos y de la hermana de Cevallos. Esta señora –que prefirió reservar su nombre- es una anciana que actualmente vive en la casa de calle Alem y que sostuvo que Miguel mató a su hermano y a la chica.
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Dos policías llevan en calidad de detenido al marido de la joven asesinada. Foto de Diario de Cuyo.
Esa hipótesis tomó fuerza en los días siguientes al macabro hallazgo. Además, el informe forense confirmó que los cadáveres tenían los impactos de bala en zonas vitales y que posiblemente la chica recibió el disparo mientras estaba sentada en la cama y el jubilado en posición cubito dorsal.
Las versiones señalaban que los cuerpos no presentaban otras heridas o lesiones que llevaran a suponer que existió una pelea o que las víctimas se resistieron al ataque. Además, las fuentes policiales dejaron trascender en ese momento que detectaron rastros que indicaron que los disparos fueron efectuados a corta distancia.
La investigación abrió nuevos interrogantes y los policías pusieron sus miradas sobre Miguel. Dos días después del hallazgo de los cadáveres, los policías del caso dieron por sentado que estaban frente a un doble asesinato y que el autor era el concubino de la víctima.
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Dos jefes policiales entrevistan a la dueña de casa, Carmen Algañaraz. Foto de Diario de Cuyo.
El lunes 10 de diciembre de 1990, la Policía divulgó la versión que el muchacho había confesado el asesinato de su mujer y del jubilado ferroviario. Los voceros revelaron que Miguel admitió que obtuvo el arma a través de otra persona y que sospechaba que mujer lo engañaba.
Esa mañana Isabel fue a trabajar a la casa de Cevallos más temprano que lo habitual y él se quedó en el domicilio familiar con la idea de buscarla más tarde, habría dicho. Ese plan se adelantó a media mañana, cuando apareció la anciana Algañaraz y le llevó el chisme de que su mujer estaba durmiendo con su sobrino en la casa de calle Alem, señalaron los policías a un periodista.
Según esa versión policial, Miguel confesó que sacó el arma y fue dispuesto a sorprender a los supuestos amantes. Al entrar a la vivienda, confirmó la infidelidad y asesinó a balazos a la pareja, que todavía se encontraba en la cama, consignaron. De acuerdo a ese relato, él se encargó de matar a los perros debido a que intentaron atacarlo o defender a su dueño y luego regresó a su hogar para asearse y cambiarse de ropa.
Al parecer, esa confesión de Miguel no fue tal o después el muchacho se retractó y reiteró la versión inicial, que decía que cuando él entró a la vivienda ya estaban muertos.
La supuesta confesión encajaba con la teoría del doble crimen cometido por un hombre despechado, pero no era tan sencillo y eso solo no alcanzaba para probarle la autoría. Había que respaldarla con pruebas. Por otro lado, existían puntos sin esclarecer. A Miguel no le hallaron rastros de pólvoras en sus manos, recordó un policía de esos años. Y si acaso mató a los perros, ¿por qué no sufrió mordeduras o rasguños de los animales?
Otro punto fue que afirmaron que un conocido suyo le había proporcionado el arma. Sin embargo, la persona apuntada como cómplice declaró y negó haber entregado el revólver calibre 38 a Miguel.
Después de esa primera semana y con la versión oficial de que Miguel había asesinado a balazos a su pareja y al jubilado, no se habló más del caso. Al menos no hubo más publicaciones en el diario local. Todo hace pensar que al tiempo el caso dio un giro inesperado y la acusación contra el marido de Isabel se cayó.
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Los cadáveres con sendos balazos fueron encontrados en un domicilio de calle Alem, cerca de Juan Jufré, en Concepción.
El juez Juan Carlos Peluc Noguera, que dirigió las investigaciones, expresó que no recordaba en qué terminó el caso. Un viejo policía que también trabajó en la causa hizo memoria y cree recordar que no se pudo probar que Miguel fuera el autor del doble asesinato y finalmente el juez lo pusieron en libertad.
Los testimonios de los vecinos son coincidentes con esta versión. Recordaron claramente el hecho, pero saben que Miguel estuvo preso y luego lo soltaron. Al tiempo volvió a su casa de Concepción, sacó todo y junto a su familia se mudaron a otro lugar, comentaron. Lo mismo contó la hermana de Héctor Blas Cevallos. La anciana dijo que el changarín tenía un hermano policía y que lo favorecieron para no condenarlo por el doble asesinato.
Los interrogantes siempre van a estar en torno a esas dos muertes en la casa de la calle Alem. Quizás fue un asesinato seguido de suicidio, como se pensó al principio. O tal como se sospechó, el autor del doble asesinato fue el marido de la chica. Hasta se podría especular que la tía del jubilado tuvo algo que ver con el hecho de sangre. Todas son dudas y conjeturas que aún persisten a casi 34 años de aquel aterrador episodio que sacudió a Concepción y todo San juan.
FUENTE: Artículos periodísticos de Diario de Cuyo, hemeroteca de la Biblioteca Franklin y testimonios de vecinos.