El joven que traicionó al amigo con un robo y el incendio que culminó en asesinato en Chimbas
El hecho sucedió una madrugada de 1997 en un domicilio del barrio Los Tamarindos. El dueño de casa sufrió graves quemaduras y murió al día siguiente. Los autores del robo e incendio fueron dos jóvenes, uno de ellos adolescente que frecuentaba a la víctima.
“Nunca pensamos que podía pasar lo que pasó”, confesó uno. El otro aseguró: “no pensamos que el incendio podía alcanzar la proporción que tuvo”. ¿Qué más iban a decir? Si habían entrado a robar a la casa del amigo y vecino de uno de ellos. Y de ingenuos o de pura maldad prendieron fuego a un par de cortinas para intentar borrar vestigios del hecho y la vivienda se vio envuelta en llamas, con su víctima en el interior de la propiedad.
Es la historia de un robo y una fallida maniobra por borrar rastros que culminó en asesinato. Los vecinos del barrio Los Tamarindos de Chimbas quizás recuerden ahora aquel caso que tuvo una muerte atroz, la de Ángel Nicanor Domínguez. Sus familiares y amigos apodaban "El Gordo Cataldo" a ese solterón de 50 años que trabajaba en el Instituto de Investigaciones Económicas y Estadísticas y que vivía en una casa de la calle Patagonia de ese barrio.
El 21 de diciembre de 1997, era un día especial para Domínguez. Jugaba el equipo de sus amores. Ese domingo River Plate iba por su tricampeonato en el fútbol argentino. Saboreando el festejo por anticipado, al mediodía compartió un asado con su amigo Nicolás Sarmiento y vieron el partido juntos. Esa tarde el Millonario empató 1 a 1 con Argentinos Juniors y se consagró campeón por tercera vez consecutiva.
Noche de alcohol y festejo
El mismo amigo contó luego que "El Gordo Cataldo" ya estaba ebrio cuando él se despidió y lo dejó a las 21.30. Pero este último la quiso seguir y como otras veces recibió en su casa a otro amigo, el por entonces adolescente Angel Hipólito Miranda. El chico tenía 17 años y su domicilio estaba situado a poca distancia. Solían reunirse de vez en cuando a tomar y esa noche encontraron más que motivos para brindar. Los dos eran fanáticos de River, así que bebieron cerveza, cantaron y hasta arrojaron petardos en la calle.
La víctima. Este era Ángel Nicanor Domínguez, apodado "El Gordo Cataldo".
El festejo duró hasta las 2 de la mañana del lunes 22 de diciembre de 1997. Domínguez estaba exhausto y muy mareado. La jornada había sido larga, de modo que le dijo a “Angelito” que se retiraba a dormir. Se despidió del chico y cerró todo. El adolescente se marchó, pero mientras caminaba sin saber qué hacer, empezó a maquinar y pergeñar un plan para traicionar a su propio amigo y vecino. A Ángel Nicanor Domínguez.
Qué habrá pensado. ¿Acaso supuso que se trataba de un juego? ¿O una picardía sin consecuencias? Poco le importó ese vecino que lo consideraba su amigo; al contrario, la idea del chico fue aprovecharse de él calculando que estaba borracho y posiblemente desparramado en su cama. Fue entonces que enfiló hacia Villa San Patricio y buscó a su amigo Ramón Oscar Elizondo, que en aquel tiempo contaba con 19 años. Se lo dijo sin vueltas. Le propuso ir a robar a la casa de Ángel Domínguez. Le explicó que no sería nada difícil, el hombre estaba “curado” y no se iba a despertar.
El plan del robo
Esperaron hasta las 4 de la madrugada de ese lunes. A esa hora nadie los vería, especularon. Eso sí, sabían que Domínguez era desconfiado y en ocasiones conectaba algunos cables electrificados a las puertas de ingreso. Para no sufrir ningún percance, Elizondo trepó por unas de las paredes y accedió al techo de la casa del empleado público. Miranda hizo de campana en la entrada. El primero de ellos después corrió la tapa de cemento de la claraboya del baño y se descolgó por ese hueco hacia el interior de la casa. Domínguez roncaba, ni escuchó cuando el ladrón entró al baño, caminó por la casa y abrió la puerta del frente para que “Angelito” entrara.
Ya estaban adentro, lo demás resultó sencillo. Los jóvenes revisaron toda la casa y decidieron llevarse un televisor Telefunken y dos radiograbadores. Sacaron como sea los aparatos y los llevaron al fondo de la casa de Miranda, que quedaba a pocos metros. Hasta ahí, todo era un simple robo. Pero no querían que los descubrieran, fue así que se ingeniaron otro plan para borrar las huellas del delito y hacer pasar inadvertido el robo. Y entonces se les ocurrió volver a la casa de Domínguez y provocar un incendio.
Arrasador. Así quedó la casa de Domínguez tras el siniestro. Foto de Diario de Cuyo.
Supuestamente, la idea era generar un pequeño foco de incendio para que se consumieran algunos artefactos o muebles de la casa y después todos creyeran que el televisor y los radiograbadores se habían quemado. En teoría, daban por descontado que Domínguez despertaría, apagaría el incendio o escaparía de la casa.
El incendio
En sus previsiones parece que no cabía la posibilidad que algo fallara. O poco les interesó. Con un encendedor prendieron fuego una de las cortinas de un dormitorio –donde no había nadie- colindante a la habitación de Domínguez y en otra del comedor. Cuando las primeras llamas empezaron a expandirse, los jovencitos escaparon corriendo.
El caos empezaba. Domínguez dormía. En esos minutos el fuego se propagó por dos sectores distintos de la vivienda. En algún momento la víctima despertó producto de los ruidos, el calor o porque el humo comenzó a ahogarlo. Alcanzó a levantarse de su cama y tanteando en medio de la oscuridad caminó por el pasillo hasta llegar el comedor.
El fuego, la densa humareda y los efectos mismos de la intoxicación lo dejaron sin rumbo dentro de ese laberinto y esa trampa mortal en que se había convertido su casa. A lo mejor ya estaba inconsciente. Uno de los efectos del monóxido de carbono es la pérdida de conocimiento. Lo cierto es que Domínguez no llegó a la puerta y finalmente terminó sentado en el piso y apoyado contra de las paredes, totalmente desorientado.
Qué ironía de la vida. Por esas casualidades, una hermana del propio “Angelito” Miranda vio el fuego en la casa de Domínguez y avisó lo que pasaba a su hermano Jorge. Éste despertó a sus padres y salieron a socorrer al vecino. La familia pidió a otra señora que llamara por teléfono a los bomberos y a su vez en compañía de otras personas irrumpieron en la vivienda para rescatar al empleado público.
Heridas mortales
Ahí encontraron a Domínguez entres las llamas y lo sacaron a la vereda a la rastra. Al lugar también arribó “Angelito”, que minutos antes observó el incendio y supuestamente se acercó preocupado por la suerte de su amigo. Ya era tarde. El hombre se encontraba gravemente herido. Tenía el 70 por ciento de cuerpo quemado y casi no podía respirar.
Esa madrugada, un equipo médico trasladó a Domínguez al servicio de quemados del Hospital Marcial Quiroga. El pronóstico no era alentador, las heridas en gran parte del cuerpo ponían su vida en serio riesgo. La única alternativa fue derivarlo al Hospital Luis Lagomaggiore de Mendoza para que otros especialistas lo trataran. No hubo milagro. A las 5 de la mañana del 23 de diciembre de 1997, Ángel Nicanor Domínguez dejó de existir en la terapia intensiva de ese nosocomio.
Daños. Una persona muestra dónde encontraron a la víctima. Foto publicada por Diario de Cuyo.
Al robo, se le sumó otro delito: el del homicidio. Porque para entonces los investigadores policiales tenían en claro dos cosas: que el incendio fue a adrede y que previo al siniestro hubo un robo. Los bomberos que realizaron las pericias no detectaron fallas eléctricas y, en cambio, encontraron rastros de que el fuego se originó en dos lugares distintos, eso confirmaba la intencionalidad del siniestro. Por otro lado, los familiares del fallecido confirmaron que faltaban, al menos, un televisor y dos radiograbadores de la vivienda.
La caída de los jóvenes
Los policías no tardaron en obtener pistas de un posible sospechoso. El testimonio de un almacenero puso en la mira a “Angelito”. El comerciante contó que la noche del domingo 21 de diciembre el adolescente y Domínguez fueron a comprarle cerveza y andaban ebrios. Otras personas también declararon que los vieron juntos esa noche. O sea, el jovencito había sido una de las últimas personas que estuvo con la víctima.
La fama del chico no lo favorecía. Una hermana de Domínguez declaró en la Policía que tiempo atrás había desaparecido un par de zapatillas de la casa del empleado público y que después una hermana de “Angelito” se las devolvió. Los investigadores policiales de la Brigada de Investigaciones de la Central de Policía entrevistaron al adolescente y finalmente lo llevaron preso. Largó todo. También delató a su amigo Ramón Oscar Elizondo, en cuyo domicilio secuestraron los aparatos sustraídos de la propiedad del empleado público muerto.
En principio la imputación fue de hurto calificado y homicidio criminis causa, o sea matar para ocultar otro delito. Como en ese entonces “Angelito” contaba con 17 años, correspondía poner bajo tratamiento tutelar dentro del Régimen de Minoridad. Era inimputable para la Ley. Elizondo, por el contrario, fue trasladado al penal de Chimbas.
El juicio
En noviembre de 1999, Ramón Oscar Elizondo y Ángel Hipólito Miranda comparecieron en el juicio por el asesinato de Domínguez, convocado en la Sala III de la Cámara en lo Penal y Correccional. El juez que instruyó la causa y el tribunal juzgador coincidieron que “Angelito” ya tenía la mayoría de edad y debía responder penalmente por los delitos que se le atribuían.
El fiscal Ricardo Otiñano desistió de la acusación del delito de homicidio criminis causa y ajustó la figura en la de hurto agravado por escalamiento en concurso con homicidio simple o subsidiariamente el homicidio en ocasión de robo. La defensa ejercida por los abogados Jorge Crifo y Rosana Calderón sostuvieron que no hubo dolo, es decir no tenían intenciones de matar, y que debían calificar el homicidio como algo producto de la inexperiencia y la inmadurez de dos jovencitos.
El condenado. Este es Ramón Oscar Elizondo, el que en definitiva fue el único que purgó su castigo en la cárcel. Foto de Diario de Cuyo.
Encuadraron el hecho dentro de la figura contemplada en el artículo 189 del Código Penal Argentino, que castiga con hasta 5 años de cárcel a aquel que por impericia, negligencia o imprudencia produjere un incendio u otro estrago y ocasionare a la vez la muerte de una persona. También dejaron planteado que Miranda tenía 17 años al momento de cometer el delito y por tanto la condena se debía ajustar de acuerdo a lo establecido por la Ley de Minoridad, la cual reduce la pena de un tercio a la mitad.
Condena y revisión del fallo
Los jueces de la Sala III leyeron su sentencia el 30 de noviembre de 1999 y condenaron a Elizondo y Miranda a 13 años de prisión por hurto con escalamiento y homicidio simple en concurso ideal. Los abogados Crifó y Calderón apelaron el fallo y recurrieron a la Corte de Justicia de San Juan, explicaron. Meses después dieron vuelta el fallo y lograron que anularan el sentencia de primera instancia contra Ángel Hipólito Miranda, que recobró la libertad, aseguraron fuentes judiciales
Se supo que a Ramón Oscar Elizondo le reajustaron la pena y le dieron 12 años de cárcel por los delitos de hurto agravado por escalamiento e incendio agravado por el resultado de una muerte en concurso real. Purgó su castigo en el Servicio Penitenciario Provincial y el 15 de marzo de 2006 el Juzgado de Ejecución Penal le concedió la libertad condicional. Desde entonces no regresó más.
El padre fue condenado a 14 años de prisión por ese asesinato, el 25 de junio de 2009. Jorge Andrés Miranda, quien en principio había zafado, quedó preso y acusado del crimen durante ese debate a raíz de las declaraciones de los testigos. Fue juzgado en abril de 2011 y recibió un castigo de 8 años y 4 meses de cárcel por homicidio y lesiones.
Ángel Hipólito Miranda, el “Angelito”, desde del momento del asesinato está prófugo. Según versiones judiciales, nunca se presentó a la Justicia. Se supone que le atribuían la misma participación que su hermano. Nadie sabe de él y todos dan por descontado que desapareció de la provincia de San Juan.