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HISTORIAS DEL CRIMEN

Tranquilino, su fuga en sulky y el asesinato de otro gaucho en una cuadrera en 25 de Mayo

Fue durante una carrera de caballos que se realizaba en un paraje de Las Casuarinas, una tarde de 1961. Hubo persecución por el campo y un crimen inesperado.

Por Walter Vilca 16 de enero de 2022 - 09:00

Se contaron asesinatos en asaltos, en grescas callejeras, crímenes de alternadoras, femicidas, cafishios, de las desgracias de un inocente y de algún que otro malogrado delincuente, pero pocas veces se habló de una reyerta entre gauchos cuyanos. Como la de Tranquilino y Eudoro, uno de esos relatos de campo que parecen salidos de la historieta de Lindor Cobas o de los poemas del gaucho Martín Fierro, sólo que fue real y sucedió allá por 1961 en una cuadrera que celebraban en un paraje en las afueras de Las Casuarinas.

Es una de esas historias de riñas olvidadas de la cuyania sanjuanina que, en este caso, se resolvió a cuchillazos y a sangre y muerte. Pero ese fue el final, esto empezó con un encuentro de familias gauchas en una tradicional cuadrera –carrera de caballos- que se realizaba en el paraje El Retamal, en las afueras de la localidad de Las Casuarinas, 25 de Mayo, según los datos de la causa judicial y un recorte periodístico.

Una fiesta campera

Como es costumbre, hay quienes fueron a demostrar su destreza criolla y otros a hacer gala de sus caballos. Esa tarde del 10 de diciembre de 1961, todo era fiesta, apuestas y tragos en esa cancha convertida en una pista improvisada de cuadrera. La expectativa se centró en una carrera de caballos que se corrió pasadas las 19, en la que los dos gauchos no se sacaron ventaja y llegaron a la meta cabeza a cabeza entre la polvareda. Algunos daban como ganador al caballo zaino y otros al alazán. Y ahí nomás se armó el enredo y la polémica.

Imagen ilustrativa

Nadie quería perder, entonces comenzó la fuerte discusión. “Acá metieron la mula”, largó molesto un peón, asegurando que estaban haciendo trampa. Y como reza el dicho: “Entre gauchos no se iban a pisar el poncho”, de modo que ninguno arrugó y saltaron aquellos más guapos que otros. Los empujones y gritos iban y venían. Darío Castelón se retobó y no se dejó callar, pero estaba en desventaja y un grupo contrario lo agarró a trompadas.

La pelea

Por detrás se metió Tranquilino Morales, otro parroquiano con aire de malevo que primero buscó interceder, pero también revoleó algunos manotazos en defensa de Castelón. Eso enardeció más a los otros, que se abalanzaron sobre él a pegarle. Cuando menos lo pensó, le estaban dando una paliza, así que corrió y agitado trepó al sulky en el que había llegado con su familia, de acuerdo al relato.

A los chicotazos hizo salir a su caballo a toda carrera por campo traviesa. Al menos cinco o seis paisanos montaron sus caballos y emprendieron la persecución del sulky de Tranquilino en medio del alboroto. En esos momentos éste sólo pensaba en escapar, mientras con una mano sostenía las riendas y con la otra se aferraba fuertemente a su cuchillo.

A decir verdad, era una carrera entre la vida y la muerte. Los otros jinetes venían calzados con sus facones y le largaban rebencazos para que detuviera el carro. En un tramo consiguieron encerrar al pequeño carruaje hasta que lo pararon. Tranquilino se vio sin salida y sacando coraje bajó con el cuchillo en mano.

Los testigos, entre ellos Florentino Ovejero, relataron que Tranquilino se encontraba rodeado por cinco o seis hombres que amagaban con irse encima suyo con rebenques, palos y facones. Uno de ellos fue Eudoro Agüero, que tomó la punta encarando contra Tranquilino Morales con arma blanca en la mano. Este acusó recibo y lo primerió largándole dos cuchillazos a la altura del estómago.

Ataque a cuchillazos

Los puntazos fueron certeros y demoledores. Quizás fue la rabiosa e inesperada respuesta de Morales o la dura caída de Eudoro Agüero, pero los otros hombres quedaron mudos y sin reacción. Es más, segundos más tarde lo más que pudieron hacer fue acercarse al herido para levantarlo. Tranquilino aprovechó la distracción, volvió a subir al sulky y se abrió paso perdiéndose a los lejos.

Eudoro Agüero todavía respiraba y fue llevado al hospital de Caucete, pero ingresó sin vida. Tranquilino Morales, que en principio se había guarecido en el campo, lo pensó dos veces y al rato se trasladó arrepentido en su sulky hasta la sede de la Seccional 10ma de Santa Rosa. Los policías ya estaban al tanto del asesinato en la cuadrera. El peón rural entregó el cuchillo y confesó que él había herido a Agüero durante la riña. Lo conocía, los dos eran vecinos y obreros de finca en los alrededores de Las Casuarinas. Tranquilino, de 44 años, se desempeñaba en la finca de la familia Márquez. Agüero, de 63 años, trabajaba en la propiedad de la firma de Horacio Nesman, señalan los documentos judiciales.

La carrera de caballos en el paraje El Retamal había terminado mal, con Eudoro Agüero muerto y con Tranquilino Morales preso acusado de homicidio simple. Éste aseguró que sólo se defendió del ataque de la víctima y sus amigos. Y llegado el juicio pudo demostrarlo. Los testigos respaldaron la versión de que él no originó la pelea, que se metió en la disputa por defender a Darío Castelón y que fue golpeado en un primer momento. El examen médico señaló que él presentaba lesiones producto de esa paliza.

La absolución

El juez Américo Armando Aguiar analizó las pruebas y le dio la razón. Desestimó que estuvieran frente a un homicidio simple, por el contrario, dio por acreditado que Morales actuó en defensa propia. Entre sus fundamentos aseguró que el acusado no fue el que provocó la reyerta, que recibió una agresión ilegítima por parte de ese grupo de hombres -entre ellos Agüero-, que usó un medio racional como un cuchillo ante la amenaza cierta de esas personas que también estaban armadas y que sólo se defendió en procura de salvar su integridad física.

El 23 de julio de 1962, el juez Aguiar leyó su fallo a través del cual absolvió de culpa y cargo a Tranquilino Morales y decretó su inmediata libertad. Con esto, el peón rural regresó a su rancho en Las Casuarinas, más no se sabe si volvió a pisar una cuadrera.

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