HISTORIAS DEL CRIMEN

Un exmarido dolido y un amante asesinado de 5 tiros en calle Gral Paz por la disputa de una mujer

Sucedió una noche de marzo de 1955 en el centro sanjuanino, en la puerta de la casa de esa mujer por la cual se enfrentaron los dos hombres. Uno de ellos murió acribillado a balazos.
domingo, 1 de agosto de 2021 · 09:00

La separación le dolía. Pero más le indignaba haber dejado a su familia y que ella después lo abandonara por otra persona mucho más joven. Entonces se sintió acorralado y buscó calmar su pena a puro tiros. Le dio cinco balazos al amante de su expareja y lo mató, como si la muerte del tercero en discordia finiquitara su drama por ese amor no correspondido. Por esa chica que, al fin y al cabo, parece que tampoco quería a ese otro hombre, porque en vez de llorarlo, le robó la billetera mientras éste se encontraba sin vida sobre una camilla.

La típica historia de amor, odio y violencia que culminó reflejada en las páginas policiales de San Juan. Una crónica con tres protagonistas. Antonio Furnari, un comerciante de 63 años desilusionado por esa mujer. Elva Oliva, la pretendida. Y Pablo Rodríguez, ese otro enamorado que cayó en desgracia una noche de 1955 en la calle General Paz en la capital sanjuanina.

Los documentos judiciales revelan que Furnari era de Villa Echegaray, en Trinidad. Un comerciante italiano casado, con hijos y que un día lo dejó todo por esa joven con que la compartió 15 años de su vida. La pareja duró hasta que se terminó el amor y ella regresó con su familia en la calle General Paz, cerca del centro de San Juan.

Otra relación

En el interín de esa separación apareció Pablo Rodríguez, un camionero casado de Rivadavia que se convirtió en algo así como un novio de Elva. Ese hombre la visitaba asiduamente en su domicilio, pero que no convivía con ella ni se separaba. Tarde o temprano Furnari se enteró de esa nueva relación de su expareja y le entró la desesperación. Quizás pensó no tenía chances de reconciliarse. Él ya estaba grande. Ella contaba con 33 años y su nuevo amor la misma edad.

Seguramente pasaron muchas cosas en el medio. El rencor ahogaba al comerciante y se martirizaba sin encontrar salida a su despecho. Al parecer, sabía que Rodríguez concurría a la casa de Elva. La tarde noche del 27 de marzo de 1955 esperó en las cercanías de esa vivienda, con su revólver marca Eibar calibre 32 largo.

Estiman que eran las 20. El camión de Rodríguez pasó por calle General Paz y estacionó en la puerta del domicilio de los Oliva. Él caminó hacia allí y encaró al camionero en la vereda. Los ocasionales testigos los vieron hablar. Ahí se generó una ácida discusión, con provocaciones e insultos. En el cuerpo a cuerpo, estaban en desiguales condiciones. Rodríguez las llevaba de ganar, era más joven, corpulento y medía 1.80 metro de altura. Furnari, en cambio, más viejo y bajo en comparación con el otro. Pero no llegaron a trenzarse. El comerciante directamente sacó el arma e hizo estremecer los tímpanos con la seguidilla de disparos.

Acribillado a tiros

Pablo Rodríguez intentó escapar y subió a la cabina del camión para refugiarse, pero Furnari se encarnizó. Trepó al vehículo, metió la mano por la ventanilla y siguió gatillando hasta quedarse sin balas. Adentro de la cabina solo se escucharon quejidos. El comerciante italiano luego se descolgó de la puerta del vehículo y se alejó caminando con la mirada perdida por la calle General Paz en dirección al oeste.

Elva, sus familiares y los vecinos corrieron a socorrer a Pablo Rodríguez que ya estaba moribundo. Lo subieron a un auto y lo trasladaron al centro asistencial más próximo, al antiguo Sanatorio Central. Cuando los médicos lo atendieron, confirmaron que no respiraba. El cadáver tenía un balazo en la zona del abdomen, otros dos en el costado izquierdo del pecho y otras dos heridas de arma de fuego en el antebrazo izquierdo. La autopsia reveló que su deceso se produjo por la hemorragia interna producto de los proyectiles que afectaron órganos vitales, según consta en los registros judiciales.

Esa noche, Antonio Furnari desapareció. Los policías de la Seccional 1ra fueron a buscarlo a su casa, pero no lo localizaron. Él mismo contó después que deambuló por las calles de la ciudad Capital y durmió a la intemperie. Al otro día se entregó en la comisaría y puso a disposición de los policías el revólver usado en el asesinato.

Ladrona

A todo eso, Elva Oliva se encontraba detenida. Ella mereció un capítulo aparte. Porque mientras todos lamentaban la muerte de Rodríguez, su hermano denunció que alguien había sustraído su billetera. Los policías empezaron a hacer preguntas y las enfermeras Gladys Riveros y Juana Pereyra recordaron que en el momento en que pusieron al fallecido en la camilla de la guardia del sanatorio, vieron que la mujer que lo acompañaba le sacó la billetera de un bolsillo y se lo guardó entre sus senos. Pensaron que era la esposa o una pariente, por eso no dijeron nada, explicaron las mujeres.

La noticia. Esta es la crónica publicada por el diario Tribuna.

Cuando le consultaron a Oliva, se hizo la desentendida y respondió que las enfermeras se quedaron con la billetera. El tema provocó intriga. Estaban frente a un hecho vergonzoso y grave, habían robado las pertenencias a una persona fallecida. El jefe de la comisaría ordenó al agente Agustín Cortines que requisara a la detenida Oliva en los calabozos. Recién entonces la mujer reconoció que ella conservaba la billetera de Rodríguez. La extrajo de entre su ropa y la entregó a los uniformados. Fue un error, dijo. Expresó que la guardó para que no se extraviara y que planeaba devolvérsela a los familiares.

Así, la causa judicial fue caratulada bajo la calificación de homicidio simple y hurto. El principal acusado, el comerciante Antonio Furnari, preso por el asesinato a tiros del camionero Rodríguez. Y la coprocesada Elva Oliva, antigua pareja del hombre mayor y amante del fallecido, imputada de sustraer la billetera justamente al muerto.

Pasaron años hasta que ambos fueron juzgados mediante un juicio sumario escrito en el Juzgado del Crimen Tercera Nominación. Fue a mediados de 1959. El fiscal del caso consideró que estaba probada la autoría del asesinato por parte de Antonio Furnari y pidió la pena de 12 años de cárcel. De igual manera, aseguró que Oliva debía pagar con 6 meses de prisión por el hurto de la billetera al cuerpo de la víctima.

Las condenas

Furnari buscó todas las formas de mejorar su situación y obtener una pena menor. Porque, por un lado, reconoció haber disparado contra Rodríguez, pero se escudó asegurando que ese día llevó el arma con la sola intención de intimidarlo. En su relato aseguró que el camionero lo agredió y lo ofendió verbalmente, que le lanzó una trompada en un hombro y lo hizo caer al piso. Que en ese instante fue que él reaccionó y extrajo su revólver para disparar desde el suelo, pero sin buscar herirlo de muerte. Juró que disparó contra la puerta del camión, no al cuerpo de Rodríguez. También aclaró que creyó que la víctima trepó al camión en búsqueda de un arma y por eso continuó gatillando.

Todo esto fue refutado por los testigos. Nadie vio esa supuesta pelea ni la agresión de Rodríguez. Es más, su expareja y todos sus familiares fueron coincidentes en afirmar que vieron a Furnari cuando disparaba sin parar hacia el interior de la cabina del camión.

La defensa del comerciante desplegó distintos argumentos. Entre ellos, que Furnari actuó en defensa propia ante el ataque de Rodríguez. Otro punto que planteó fue que el hombre mayor se vio sobrepasado por su estado emocional a raíz del desengaño y las humillaciones que venía padeciendo. Y, por último, el abogado quiso demostrar que el comerciante era inimputable por sus problemas mentales y las complicaciones de salud, como la arterioesclerosis u otras afecciones que le trajeron aparejada, por ejemplo, pérdida de memoria y una parálisis en parte del rostro.

Con respecto al hurto de la billetera. Los testimonios de las dos enfermeras y del policía fueron suficiente para rebatir la versión de Elva Oliva sobre cómo fue que la billetera del muerto apareció entre sus prendas

El juez del caso no dio crédito a ninguno de los argumentos de los defensores. Sobre Furnari expresó que no existió un estado serio de peligro o de riesgo inminente y grave para su vida, que no se justificaba su accionar. Tampoco se dio una situación extraordinaria que le haya hecho perder sus sentidos y entrara en un estado de emoción violenta. Así también rechazó la causa de inimputabilidad, dado que explicó que el acusado recordaba todo, no manifestaba indicadores de alienación mental y que sus afecciones eran propias de su edad.

El 11 de junio de 1959 dictó sentencia. Antonio Furnari, en ese momento de 67 años, fue condenado a 9 años de prisión por el delito de homicidio simple. Al graduar la pena consideró como agravante una condena anterior de 4 meses de prisión y, como atenuante, valoró su buen concepto vecinal, su edad y el hecho de que el crimen estuvo “rodeado de ciertas característica pasional”. En el caso de Elva Oliva, tomó como agravante la índole de su accionar: la sustracción de la billetera a un cadáver, pero, además, que la víctima fuese su propio amante. Pese a esto, el castigo para ella fue de sólo 6 meses de prisión en suspenso por el delito de hurto.

A más de 66 años del brutal asesinado de Pablo Rodríguez, quedan apenas los viejos archivos judiciales, los recortes de diarios y el recuerdo de esa historia de amor y desencuentros que terminó en un baño de sangre.

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