HISTORIAS DEL CRIMEN

El proxeneta sanjuanino que asesinó a tiros a su novia en pleno centro capitalino

Este es el trágico caso de una chica que sufría los maltratos de su pareja, quien luego la mató frente a otras cuatro personas sobre la calle Mitre. El crimen ocurrió en las vísperas de la Navidad de 1989.
domingo, 3 de octubre de 2021 · 11:05

Ella presintió que esa noche su novio volvería a lastimarla, pero estaba decidida a enfrentarlo y a terminar de una vez por toda esa tortuosa relación. Él no estaba dispuesto a dejarla en paz y fue a su encuentro. Ahí se dio ese breve diálogo en la calle.

“A ver, vos guasa culiad…. Vení. Te voy a voy a matar hija de mil put…”, gritó Rubén, mientras que la agarró de los cabellos y la puso de rodillas. “Pará, no me pegués”, suplicó Claudia. En esos instantes el muchacho sacó su revólver. La chica imploró: “No. No. No” y se escucharon las dos detonaciones.

La escena fue descripta con lujo de detalles por cuatro testigos presenciales del alevoso asesinato que sucedió la madrugada del 24 de diciembre de 1989, noche en que un joven con aires de proxeneta asesinó a balazos a su novia sobre la calle Mitre y frente al antiguo Banco Hipotecario Nacional, en pleno centro sanjuanino.

Ese hecho hoy hubiese sido calificado como femicidio. Porque el asesinato de Claudia Alejandra Malla, de tan sólo 21 años, fue el epílogo de una serie de golpizas y humillaciones por parte de su novio Luis Rubén González. Un joven de 18 años que, además de maltratarla, hasta le sacaba el dinero que ella ganaba en la calle como trabajadora sexual.

Relación violenta

Aunque nunca lo reconoció, Rubén –lo llamaban por su segundo nombre- se sentía un “cafishio”. Este muchachito vivía en la calle Pueyrredón, metros al Sur de Libertador, en el límite entre Capital y Santa Lucía. Él mismo declaró que conoció a Claudia un año y medio atrás por medio de amigos en común. Claudia tenía dos hijos pequeños, estaba soltera y la peleaba junto a su madre y sus hermanas menores en la llamada Villa “El Chorizo”. Este era un viejo asentamiento que recibió ese nombre por las hileras de casillas de adobe y caña que se levantaron a un costado de calle Sarassa, al Este de Güemes, en Capital. Quizás la pobreza y la falta de oportunidades, la obligaron y la acostumbraron a mezclarse en el mundo de la prostitución.

En posteriores declaraciones en sede judicial, Rubén González aseguró que eran novios con Claudia y la visitaba en su casa. Según él, no le gustaba la vida que llevaba. Pero hay, al menos, tres testimonios de amigas de la chica que afirmaron que el joven le quitaba el dinero todas las veces que podía, la controlaba y perseguía hasta en los bailes.

Estaba obsesionado y lo que más rabia le daba era que la chica tuviese relación o protección de un conocido proxeneta al que llamaban “El Cucurucho” Montenegro, un regenteador de mujeres de la zona centro en aquella época. Éste último justamente había tenido un encontronazo con Rubén González. Las amigas de Claudia relataron que, en varias oportunidades, Montenegro lo corrió de los bailes o lo amenazó para que no molestara a la joven.

Claudia no lograba romper el vínculo. En esa relación, ella siempre perdía. Y González insistía y se envalentonaba cada vez que bebía con sus amigos. Se creía dueño de Claudia. En las vísperas de Navidad de 1989, se reunió a tomar con Eduardo Rollano y otros amigos en algún lugar de Capital. En los primeros minutos del día 24 de diciembre, Rubén propuso a Rollano trasladarse al centro. Después se excusó diciendo que la idea era ir a un local de juegos electrónicos. En realidad, fue a buscar a Claudia y calzó en su cintura un revólver calibre 32 largo.

Noche fatal

A la 1 de la madrugada de ese día apareció por “la parada” en las calles Mitre y Jujuy, donde solía estar Claudia. No la encontró, pero se cruzó con Adriana Riveros, la amiga. El joven preguntó por su novia y le dejó un mensaje: “Decile que cuando la encuentre la voy a matar”. Se retiró, en tanto que la chica salió apresurada hacia inmediaciones del viejo Hotel Venecia, en Villa Don Bosco, para localizar a Claudia. Una vez que la ubicó, le contó que Rubén la andaba buscando por el centro y estaba furioso.

Claudia sabía que esa noche la iba a pasar mal, pero les dijo a sus amigas Adriana Riveros, Lucía Castro y Esther Morales que la acompañaran y no la dejaran sola. Se le puso en la cabeza que debía hablar bien con Rubén y cortar del todo con la relación. También tenía miedo: “si ven que me pega, me defienden”, les pidió.

Las cuatro jóvenes subieron a la camioneta de un conocido, que las acercó hasta la esquina de las calles Mitre y Jujuy, frente al edificio del ex Banco Hipotecario Nacional. Hoy funciona allí la sede del rectorado de la Universidad Nacional de San Juan. Para entonces, Rubén la esperaba en la zona en compañía de su amigo.

Cuando vio la camioneta y a Claudia en el interior, Rubén González pegó un silbido. De inmediato se atravesó en la calle e hizo señas al conductor para que frenara. Las chicas bajaron del vehículo, pero ahí nomás el joven se arrimó a su novia. “A ver, vos guasa culiada. Vení. Te voy a voy a matar hija de mil puta. Estoy cansado de puterio”, gritó, mientras que la agarró de los cabellos y la llevó a la vereda de un comercio.

“Pará, no me pegués”, suplicó Claudia, que quedó casi de rodillas y trataba de cubrirse el rostro. Mientras él la sostenía con una mano, con la otra sacó el revólver. La chica alcanzó a decir: “No. No. No”. En esos instantes se escuchó un disparo y después otro. Ella cayó al piso. Sus amigas empezaron a gritar.

Sin arrepentimiento

Rubén González no parecía conmoverse. En lo único que pensó fue en deshacerse del arma. “Llevate el fierro. Pirate”, le ordenó a Rollano, que empezó a caminar en dirección al Norte y arrojó el revólver en los jardines situados entre el edificio de calle Jujuy y los tribunales. En tanto, Claudia Malla se encontraba moribunda y era auxiliada por las amigas. Su agresor no se apartó de su lado; es más, ayudó a subirla a un auto y la trasladó al servicio de urgencias del Hospital Guillermo Rawson.

“Ustedes no digan nada. Cuenten que sintieron el disparo y la vieron tirada. Digan que yo no fui, que llegué después. Pónganse de acuerdo”, propuso González en el camino, mirando fijamente a las tres amigas de Claudia. En la sala de espera del nosocomio, volvió a reiterarles este pedido. Sabía lo que se le venía. A los minutos, un médico salió a anunciarle que no habían podido salvar a la joven de 21 años. Había muerto. Para entonces, aparecieron los policías y detuvieron a todos. Las amigas de víctima contaron todo y señalaron a Rubén González como el autor del asesinato.

Claudia había recibido dos impactos de bala. La autopsia reveló que uno de los tiros fue en el antebrazo derecho. El otro, el mortal, ingresó en forma descendente por el costado izquierdo del cuello. Ese proyectil le atravesó un pulmón y el riñón.

Todos declararon contra Rubén González, incluso su amigo que relató cómo atacó a tiros a Claudia Malla. Él dio otra versión. Primero aseguró que quería a la joven, que era su novio y que siempre intentó sacarla de la prostitución, pero ella hacía caso omiso. Luego trató de instalar que su muerte fue producto de un accidente. Afirmó que esa noche estuvieron charlando y sacó el revólver por bromear. Y que haciendo un “chiste”, se le escaparon los tiros. En otra parte, aclaró que llevaba el revólver porque había sido amenazado por “El Cucurucho” Montenegro y un tal Romero, pero no tuvo la intención de matar a su novia.

Las amigas de Claudia refutaron esos dichos con sus testimonios. Ellas detallaron qué pasó esa noche y coincidieron en sostener que González agredió a su amiga y le disparó sin titubear cuando la tenía de rodillas en el piso. También contaron que siempre la golpeaba, que la amenazaba y le quitaba el dinero que ganaba en la calle. Que en ocasiones ellas debían esconder la plata de Claudia para que González no se la sacara.

La sentencia

El juez Enrique Domínguez, a cargo en ese momento del Tercer Juzgado en lo Penal, sometió a un juicio escrito a Luis Rubén González por el delito de homicidio simple. Su abogado defensor quiso atenuar el hecho argumentando que el acusado padecía de ataques de epilepsia –lo que no se acreditó- y que esa noche estaba ebrio. Así fue que consideró que era inimputable y solicitó que lo absuelvan.

La fiscal Lilian Ramos López, que sostuvo la acusación hasta el final y demostró que Claudia era víctima de agresiones por parte de González hasta que la mató a tiros, sorprendentemente pidió la pena de tan sólo 10 años de cárcel. El juez Domínguez dictó sentencia el 18 de junio de 1991 y condenó al joven a 14 años de prisión.

González tenía 20 años cuando fue condenado. No se sabe qué fue de él. Carina Malla, la hija de Claudia, aseguró que le contaron que el muchacho fue asesinado al poco tiempo dentro del penal de Chimbas, pero no tiene certeza que sea así.

En la actualidad, ni siquiera existe la villa donde vivía Claudia Malla. Su familia prefiere no recordar el hecho. Además, sufrieron otra tragedia muchos años después. El único hijo varón de Claudia, que tenía 3 años cuando ella falleció, murió trágicamente a los 22 años en Mendoza. Lo arrolló un tren, aseguraron. Carina, que contaba con 5 años en el momento que perdió a su mamá, hoy es madre y reside en un barrio de Pocito.

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