Historias del crimen

El sanjuanino que asesinó a su propio hijo y murió en prisión sin ser perdonado

El hombre discutió con el joven de 19 años y lo mató en medio de otro de sus arrebatos de violencia. Sucedió en un barrio de Chimbas, en 1992. Era el único hijo del matrimonio. A los años, su ex mujer lo enfrentó en la cárcel y le preguntó por qué lo hizo.
domingo, 22 de septiembre de 2019 · 11:35

“Pasa el tiempo y no le encuentro explicación. No entiendo qué se le pasó por la cabeza…” Ana todavía se pregunta por qué lo hizo y aún hoy no perdona al que alguna vez fue su esposo. Ese hombre cuya insolencia le hizo creer que era el dueño de la vida de los demás hasta que un día de 1992, en su empecinada costumbre de resolver todo con violencia, asesinó a su propio hijo de 19 años. Un tipo que pagó su cruel pecado de la peor forma y murió solo y olvidado en la prisión sin que jamás lo perdonaran.

Pasaron casi 27 años. El dolor parece no haberse marchado de esa casa de la calle Río Negro del barrio Pateta en Chimbas. Ana Pérez no lo supera y, como una maldición que la martiriza, remueve sus heridas: “ese tipo me jodió  para toda la vida. Era su hijo. Nuestro único hijo. Lo mejor que Dios me dio en la vida y él me lo quitó para siempre”.

José Nelson Cortez no quería ser como su padre, pero en el fondo lo quería. Sergio Cipriano Cortez, un incorregible obrero municipal de 38 años, era todo lo contrario a ese joven y no cambió. Los recuerdos de Ana Pérez se entrecruzan. Se arrepiente de haber conocido a ese hombre del que se enamoró de muy joven, cuando ella vivía en el barrio Buenos Aires en Chimbas y él en la Villa Costa Canal en Concepción. “Siempre me pegó. Nunca se lo dije a mis hermanos, pero siendo novios nomás me pegaba… Era así. Y dicen que su padre era igual”, cuenta como con vergüenza sin nombrar a Sergio Cortez.

De esa conflictiva relación, lo mejor que tuvo fue ese hijo que era su único sostén y que se crió con un padre casi ausente. Un chico tierno que vivía para ella, que la esperaba a la llegaba del trabajo y compartía sus días en el hogar familiar del barrio Pateta, aguardando a lo mejor que algún día su papá asentara cabeza.

Una vida complicada

Sergio Cipriano Cortez eligió, en cambio, seguir su derrotero de hombre despreocupado, de intolerante, celoso y ligero de golpes. Un machista empedernido que pensaba que todo giraba en torno a él, que tenía otra familia paralela y que, así como desaparecía de su casa, se presentaba en cualquier momento ante Ana y su hijo buscando imponer autoridad.

Si alguna vez Sergio Cortez quiso a José, alguna vez también perdió ese apego de padre a hijo. Eran muy distintos. El hombre era amante del fútbol y cuando podía aprovechaba  la oportunidad de emborracharse con sus compañeros de la municipalidad de la Capital. El chico era la cara opuesta. Muy respetuoso, deportista y una promesa del hockey en el Concepción Patín Club, pero su padre poco lo acompañaba. Ana recuerda que en una ocasión un directivo del club le propuso a José que vaya a jugar a un club de Italia y Sergio Cortez no quiso firmar la autorización para que viajara. “A qué vas a ir, hay mucha droga ahí…”, le reprochó con su ignorancia, según la mujer.

El jovencito no perdió su entusiasmo y aceptó los designios de su padre, pero con el tiempo se refugió en una Iglesia Evangélica buscando la tranquilidad espiritual que no encontraba en el hogar. “A ver si algún día el papá se compone”, le decía a su madre. Su padre, por el contrario, lo humillaba hasta por eso: “a ese lugar van los put…”, le recriminaba.

José soportaba los maltratos de la misma manera que su madre. Sabía de su tormentosa vida y la acompañaba. Y cuando creció empezó a rebelarse y hacerle frente a su padre. Eso los distanció más. Sergio Cipriano Cortez de tanto en tanto perdía los sentidos y se desbocaba seguido, llegó al extremo de acusar a su esposa y a su propio hijo de ser amantes. Aquella vez el jovencito estalló de la bronca y le gritó indignado: “estás loco. Crees que todos somos como vos”. Su papá le contestó: “vos me las vas pagas”, según relató la mujer.

Ana Pérez estaba harta y, en una de las tantas discusiones que se sucedieron después, le pidió  la separación. Cortez, para quien esa palabra era una ofensa, la amenazó: “te voy a pegar adonde más te duela”, recuerda patente ella.

Tarde trágica

Esa última frase resultaría premonitoria de la trágica tarde del 7 de noviembre de 1992. Era sábado, Ana Pérez salió de su hogar cerca del mediodía porque estaba contratada por unas amigas para armar empanadas que servirían en un casamiento. Su hijo José planeaba trabajar con ella, pero quedó en ir más tarde. Ese día, el joven iba a bautizarse en su Iglesia.

Nadie sabe por qué esa maldita tarde José se quedó en su casa y se encontró sin querer con su padre, que de nuevo llegó con unos vinos encima. Qué pasó ahí y qué fue lo que motivó la discusión, es un secreto que se llevaron a la tumba. No había nadie más que ellos en la vivienda. Seguramente no fue una charla en buenos términos, se conocían bien. Quizás ambos tenían el mismo carácter, solo que veían la vida de otra manera y chocaban siempre. Y lo que se sospecha es que esa tarde no faltaron los reproches y, en otro de sus arranques de furia, Sergio Cortez no se contuvo. Fue entonces que empuñó un cuchillo y emprendió contra su propio hijo.

José recibió el primer puntazo en una de sus manos, al parecer, en su intento por defenderse mientras permanecía sentado en el sillón. El segundo puntazo que largó su padre no le erró y se lo clavó directo en la zona del corazón. De un segundo a otro la tragedia se hizo carne en el cuerpo de ese joven, que en ese instante sintió que la vida se le iba con ese chorro de sangre que tiñó de horror la casa de la calle Río Negro.

Tarde se dio cuenta Sergio Cortez de lo que había hecho. Era su hijo al que había herido de muerte, aun así no se hizo cargo y en medio del drama procuró pensar en él, más que en José. Salió a la vereda apurado y se cruzó a la casa de un vecino para pedirle que llevara a su hijo al hospital porque –según le aseguró al otro hombre- se había cortado las venas. Esta persona le dijo que no podía, que su auto estaba dañado; entonces Cortez volvió a su domicilio y sacó a José a la rastra hasta la calle con la intensión de que algún automovilista se detuviera a auxiliarlos. Justo llegaba otro vecino en su camión, que paró y trasladó al muchacho moribundo junto a su padre al Hospital Guillermo Rawson.

José Nelson Cortez ingresó a la guardia prácticamente muerto. A los minutos, los médicos confirmaron que no podían hacer nada por el chico. Lo insólito fue que mientras todo era confusión y los policías preguntaban qué había pasado, a Sergio Cortez poco le importó la suerte de su hijo y con mucho disimulo escapó del nosocomio. El camionero, que había prestado ayuda, acabó preso bajo la sospecha de que algo tenía que ver con el crimen.

La peor noticia

Ana Pérez a todo eso desconocía lo que estaba pasando. Se enteró a través de un conocido suyo que fue a avisarle y pidió que vaya urgente al hospital porque a su hijo lo habían llevado malherido. La mujer llegó envuelta en una crisis de nervios al Rawson y la tuvieron a las vueltas hasta que un policía se animó a decirle lo que jamás imaginaba escuchar. Que José estaba muerto, que lo habían matado de un cuchillazo. “Me perdí. Era tanta mi bronca y mi dolor que agarré a trompadas la pared. Lloré y lloré como nunca en mi vida”, relata Ana.

Al rato ella regresó a su casa para saber qué había pasado y los vecinos le contaron que fue su esposo quien mató a su hijo, pero nadie sabía bajo qué circunstancias. “No lo podía creer. No lo podía creer. Quién va a pensar que un padre sea capaz de matar a su hijo. Ni los animales hacen eso, porque los animales protegen a sus crías. Pero este tipo mató a su único hijo. Y pasa el tiempo y no le encuentro explicación. No entiendo qué se le pasó por la cabeza…”, reflexiona. Su rabia era tal que, cuando llegó su suegra a preguntar qué ocurría, le gritó: “váyase a su casa, vieja falsa. Usted nunca quiso a mi hijo, que ya no lo tengo, y menos a mí”. Ya era de noche. Afuera de la casa se mezclaban los silencios de aquellos que no salían de su asombro con los llantos y lamentos desgarradores de Ana, sus parientes y los amigos del joven fallecido.

La Policía buscaba por todos lados a Sergio Cipriano Cortez. Para ese entonces éste ya se encontraba en el domicilio de su amigo Julio Cabanay, en otra zona de Chimbas, a quien le confesó que había discutido con su hijo y lo había asesinado. Aparentaba no estar compungido por la muerte del jovencito, su preocupación pasaba por pensar en qué sería de él. Fue así que  preguntó al otro hombre cuántos años de cárcel podían darle por el crimen. También le pidió ropa porque la que llevaba tenían manchas de sangre y luego de cambiarse le entregó sus prendas para que las tirara o la quemara, de acuerdo a la declaración de Cabanay en el juicio. El improvisado plan de fuga igual no duró mucho. Cortez permanecía todavía en esa propiedad cuando aparecieron los policías y lo rodearon para finalmente detenerlo. Tenía todo en contra, lo que dijese no alcanzaba para exculparlo de su responsabilidad criminal.

El juicio

El juicio que se concretó en agosto de 1994 en la Sala II de la Cámara en lo Penal y Correccional, sólo sirvió para que sus abogados defensores pretendieran obtener un castigo no tan severo. Para ello apelaron a instalar la teoría de que Cortez no fue consciente de sus actos, que su estado de ebriedad era total y eso en consecuencia lo tornaba inimputable. Pero en caso que el tribunal no lo entendiera así, pidieron que lo condenaran por el delito de homicidio culposo. Es decir, que consideraran al trágico hecho como un accidente.

El obrero municipal dio un relato parcial y confuso en el juicio. Curiosamente recordaba todo lo que hizo antes de llegar a su casa, pero no lo qué sucedió más tarde porque –según él- estaba muy borracho. El argumento sobre esa supuesta amnesia temporal no convenció a nadie. Sobre todo por cómo actuó tras el ataque, pues en su afán por desligarse del crimen mintió a los vecinos, escapó del hospital, trató de esconder pruebas e incluso tuvo esa deleznable actitud de mostrarse más preocupado por su futuro, que por la muerte de su propio hijo, ante su amigo Cabanay. La fiscal Nelly Stella Carreño Sierra remarcó todo esto y buscó desvirtuar la teoría de que Cortez se encontraba totalmente borracho, por lo que solicitó la pena de prisión perpetua para él.

Los jueces Félix Herrero Martín, Ramón Avellaneda y Juan Carlos Peluc Noguera debatieron y llegaron a la conclusión de que evidentemente Cortez se hallaba alcoholizado, pero no del todo, y que eso fue determinante en el episodio fatal. Entendieron que de no haberse dado esa circunstancia, de seguro no hubiese asesinado a su hijo. Esto incidió a la hora de la sentencia, como también la falta de antecedentes penales del obrero. El veredicto del tribunal fue de 20 años de prisión por el delito de homicidio agravado por el vínculo, con circunstancias extraordinarias de atenuación.

Los años de cárcel que recibió como castigo no fue lo que más golpeó a Sergio Cipriano Cortez. Su peor condena fue cargar eternamente en su conciencia el hecho de haber quitado la vida a su hijo.

Ana se sumió en la depresión por mucho tiempo y no volvió a ver a la familia de su ex esposo. Nada la consoló y, después de siete años de no saber nada de Cortez, fue a buscarlo al penal de Chimbas para mirarlo a los ojos y exigirle cara a cara al menos una respuesta que explicara lo inexplicable. “Decime por qué lo hiciste…”, le preguntó con todo el dolor del alma. Él respondió quebrado: “no lo sé. Perdoname… ” Y ella retrucó, “no soy Dios para perdonarte. Dios sabrá si te perdona” y se retiró de la sala de visitas sin siquiera despedirse.

“Yo no lo perdoné nunca”, afirma hoy Ana Pérez, que a 27 años de la partida de su hijo José no logra cerrar su duelo y lagrimea al nombrarlo. Otro fue el destino de Sergio Cipriano Cortez. El remordimiento lo atormento por siempre y murió en soledad dentro de la prisión en 2001.