La tortura y asesinato de un enfermero del B° Frondizi

Lo encontraron muerto dentro de su casa, tendido en el suelo, desnudo, con los pies atados y con casi una veintena de heridas de arma blanca. El brutal asesinato ocurrió en octubre de 2009. Por Walter Vilca
domingo, 17 de marzo de 2019 · 11:00

Acaso fue la obra brutal de un ladrón despiadado o lisa y llanamente un ataque homofóbico. Todavía nadie tiene la respuesta, pero desde hace casi 10 años lo único que existe son esos interrogantes y el silencio que rondan entorno al brutal asesinato de ese enfermero sanjuanino que fue encontrado desnudo, atado y desangrado por los 19 cuchillazos que recibió dentro de su casa del barrio Frondizi, en la Capital provincial.

Otro asesinato impune que permanece en el olvido, pero que la familia de Alfredo Omar Olivares –la víctima-, los periodistas de policiales y los investigadores que trabajaron en el caso recuerdan en detalle por el ensañamiento de él o los criminales frente a esta persona que estaba indefensa.

No se conoce mucho sobre Alfredo Omar Olivares, quizás por el dolor o por preservar la intimidad del enfermero sus parientes prefirieron no hablar en aquel momento. Sí se sabe que era homosexual, que llevaba una vida muy reservada en la vivienda que poseía en la manzana H del barrio Frondizi y que de hacía 15 años trabajaba en el área de Traumatología del Hospital Dr. Guillermo Rawson. Una persona que a sus 42 años tenía proyectos y buscaba superarse en su profesión. En los últimos años había empezado a estudiar la licenciatura en Enfermería. Y es más, una compañera de trabajo contó que para fines del 2009 concluía la carrera.

Lo que muy pocos dicen es que aparentemente mantenía encuentros sexuales con otras personas y que tenía una especie de amante que lo visitaba, según revelaron en la Policía en ese entonces. Esto surgió del testimonio de un amigo suyo, un mediagüino que compartía la casa con Olivares.

Ese testigo declaró a los investigadores de Homicidios de la Brigada de Investigaciones que el miércoles 14 de octubre de 2009, él estuvo con Olivares en la casa hasta pasado el mediodía y que en esos momentos llegó un muchacho, que iba a ver al enfermero. Era un amigo o un amante, que en definitiva era un desconocido que permaneció en la vivienda mientras que el mediagüino se retiró.

Desde ese instante la vida de Alfredo Olivares quedó sentenciada. Qué pasó después, es todo un misterio. Ni siquiera está claro si ese desconocido se marchó y llegaron otras personas, eso queda en el marco de las especulaciones alrededor del terrible asesinato.  Todo hace suponer que el enfermero conocía al que luego fue su homicida, que mantuvieron relaciones sexuales y posteriormente se produjo una pelea o al verlo indefenso ese extraño lo atacó.

Sea lo que sea  que haya sucedido, lo cierto es que Olivares la pasó muy mal. Estaba desnudo cuando le anudaron los pies con un pedazo de cable y le pegaron en el rostro. Segundos más tarde vino lo que sería una sesión de tortura, pues le dieron cuchillazos por distintas partes del cuerpo. La autopsia reveló que recibió 13 puntazos y cortes con un arma blanca en la zona del pecho y el abdomen. En su mano izquierda tenía dos tajos, a lo mejor sufridos en su intento por defenderse. Pero también otro corte en una mejilla y tres profundos cuchillazos en la zona del cuello. Uno de esos puntazos le cortó un vaso sanguíneo, lo que le produjo un fuerte sangrado y un shock hipovolémico que desencadenó su muerte. Se estima que falleció a eso de las 16.

La intriga es si fue un ataque con fines de robo o ese ensañamiento también estuvo teñido de un fuerte odio por su condición sexual. Es verdad que la casa estaba revuelta como si hubiesen buscado dinero u objetos de valor, pero en apariencia sólo faltaban unas pocas cosas y el dinero de su billetera, según contaron por aquellos días los investigadores.

Él o los homicidas escaparon sin dejar rastros. Más tarde apareció un técnico gasista en la casa de Olivares que había sido llamado días antes para que reparara una cocina. A esa persona le llamó la atención que nadie atendiera. Circunstancialmente luego llegó el padre de Olivares, a quien también le resultó extraña la situación. Entonces ambos entraron a la vivienda y se toparon con la escalofriante escena. El enfermero Alfredo Olivares permanecía tirado en el suelo, desnudo, atado y bañado en sangre en el living comedor de su casa.

Los policías trabajaron por muchas horas en la vivienda tratando de recoger huellas y pistas sobre él o los asesinos, pero todo fue infructuoso. En principio demoraron al amigo del enfermero que compartía la casa y éste no pudo aportar demasiado. Ese hombre contó que no se encontraba en la vivienda y justificó dónde estaba toda la tarde del miércoles.

La investigación fue complicada desde un inicio y por más que individualizaron a posibles sospechosos, no consiguieron pruebas para atribuirles el crimen. En definitiva, los investigadores entraron en un derrotero sin rumbo.

La causa judicial permaneció dormida en un juzgado hasta que en 2014 se activó nuevamente. Fue después de la detención del asesino serial de homosexuales, Claudio Javier Gil, quien cayó preso el 13 de marzo de ese año por los crímenes contra el chef Carlos Echegaray, ocurrido el 6 de enero, y el jubilado Jorge Espínola, cometido entre el 6 y 7 de marzo, también en 2014.

Apuntaron contra Gil por su perfil criminal, por su antecedente de homicida de homosexuales y porque en los tres asesinatos que le atribuían había actuado de la misma manera: usó un cuchillo y en todos los casos se ensañó con sus víctimas con las múltiples heridas. Él encajaba perfectamente en las sospechas por el asesinato del enfermero Olivares, pero había que probar que era el homicida. Hasta se tomaron muestras para hacer un examen de ADN. El resultado no fue el esperado y la presunción de que Gil era el asesino de Olivares se vino abajo. Con ello también quedaron prácticamente sepultadas las últimas esperanzas de poder hallar al autor material del crimen del enfermero, cuyo caso continúa impune en la historia criminal de San Juan.

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