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Historias del crimen

La violación de la chica trans en la Central, el escándalo que puso en jaque a la Policía

Sucedió en junio de 1998. Una travesti que permanecía detenida fue ultrajada en su calabozo por los mismos policías que la custodiaban. La increíble historia terminó con un agente condenado a prisión.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Walter Vilca

Historias del periodismo policial hay muchas, pero pocas como aquella de junio de 1998 que por bochornosa e increíble puso en jaque a la Policía. Los más viejos removerán los recuerdos y hay quienes querrán olvidarlo, pero no podrán borrar de la memoria el escandaloso caso Mariela, la chica trans que entre la oscuridad y el silencio de los calabozos de la mismísima Central de Policía fue ultrajada por sus propios custodios.

Eran esos tiempos en los que la homosexualidad y el andar vestido de mujer en la noche se consideraban casi un delito. Mariela, de nombre Miguel Guevara en su DNI, como otras chicas trans que habían probado en vano trabajar en distintos oficios, en ese entonces no tenía otra forma de subsistir más que la de caminar las calles ofreciendo su cuerpo a cambio de dinero.

La noche del miércoles 12 de agosto de 1998 cuando ella estaba parada en el cruce de ruta 40 y calle Porres en Chimbas, se detuvo un viejo Ford Falcon de la Brigada y unos hombres de civil la llevaron arrestada a la Central de Policía.

El ataque sexual

Nada que no haya vivido antes, pero esa noche la historia de la transexual cambiaría para siempre en los calabozos de mujeres de la Brigada de Investigaciones. Entrada la madrugada del jueves, se apagaron las luces del recinto y Mariela sintió que algunas personas abrían su celda y entraban. Y aunque no se pudo probar nunca, ella juró y perjuró que eran tres los policías que la rodearon. No pudo verles los rostros por la oscuridad.

Uno de ellos la tomó del cabello, la hizo agachar y la obligó a practicarles sexo oral, mientras la amenazaban con una pistola. Entre esos sujetos había uno que no quería hacerlo y los otros igual lo animaban, relató después la víctima.

Sólo ella sabe la humillación y el vejamen que sufrió en esos eternos minutos, pero su fortaleza y también la indignación la hizo pensar y reaccionar antes que se marcharan. No estaba dispuesta a dejárselas pasar, quizás dijo: nunca más. Y tomando coraje, guardó el semen de uno de sus victimarios y lo escupió en el pedazo de una bolsa plástica para guardarlo como evidencia. Era la prueba. Sabía que nadie le iba creer, de modo que lo ocultó como un poderoso secreto.

En la mañana, Mariela fue trasladada ante el médico legista, Raúl Iturrieta, para el examen de rutina de los detenidos, ahí le contó asustada el aberrante episodio y hasta entregó el envoltorio con la prueba que demostraba que su denuncia era cierta. El doctor, furioso por lo que escuchaba, avisó de inmediato al juez Agustín Lanciani y los jefes de la Policía para dar inicio a la investigación. El descomunal escándalo recién empezaba.

El escándalo

Los nueve policías que estaban de guardia esa noche en la Brigada de Investigaciones fueron puestos en disponibilidad, entre ellos los principales sospechosos: el calabocero, un chofer y el oficial que estaba a cargo. El edificio de la Central se vio convulsionado ese día con el desfile del personal prestando declaración y con la inspección ocular en los calabozos. El caso era complejo, no sólo por el delito que se investiga, sino porque tampoco habían testigos. El hecho había ocurrido en los calabozos de mujeres y la única arrestada esa noche era Mariela. Además, ella no podía reconocer a los agresores porque simplemente no les había visto las caras.

El por entonces secretario de Seguridad de la provincia, Eduardo Gil, calificó la situación de “repugnante” y “gravísima”. El entonces gobernador, Jorge Escobar, salió a dar garantías que el caso no quedaría impune. El comisario general Dante Marinero, el hombre fuerte de la Policía durante esos años, salió a recibir los cachetazos y a afrontar el duro cuestionamiento hacia la institución, más tratándose de un hecho de índole sexual que avergonzaba a todos y los denigraba ante la comunidad. Fue así que prometió mano dura, pero a la vez no quiso problemas y acortó el camino. De un día para otro dio por cerrado el caso apuntando contra un único policía, el agente Guillermo David Castro, como responsable del ataque sexual. Era la salida más fácil y rápida. Entregaba a un culpable y apaciguaba los ánimos. Por el contrario, los funcionarios del Ministerio de Gobierno insistían en que no iban a encubrir ni a proteger a nadie. Es que debían investigar a todo el personal.

Pero claro, en el centro de la tormenta estaba Mariela. Sola y con toda la presión encima, soportó unos días más detenida y recuperó su libertad. Después vinieron los miedos, los fantasmas de las represalias y su futuro siempre incierto. Al fin y al cabo, la chica que había nacido con cuerpo de hombre en Huaco tenía que volver a su humilde rancho en Villa Mariano Moreno, en Chimbas, y aunque tenía el cariño de sus vecinos y de su hermana mayor, estaba desamparada por su propia pobreza y su condición de homosexual. En realidad, su mayor temor era que la asesinaran. Un familiar contó que fueron meses difíciles para Mariela que, además de sufrir la discriminación que ya estaba naturalizada para ella, debió refugiarse en su casa para no exponerse.

Al banquillo

Así fue que Mariela prácticamente desapareció de todos los lugares que frecuentaba. Hay versiones de que estaba amenazada por los policías. Con decir que ni siquiera se presentó a testificar en el juicio que, por cierto, fue por demás corto. El debate se concretó en junio de 1999 y no se pudo comprobar, tal como había afirmado la transexual, que eran tres los abusadores. El único acusado fue Guillermo David Castro, que reconoció su responsabilidad e intentó justificarse diciendo que Mariela lo sedujo y se sintió “excitado” por ella esa noche.

La sentencia de los jueces Félix Herrero Martín, Mónica Lucero y Juan Carlos Peluc Noguera de la Sala II de la Cámara Penal fue de 3 años de prisión efectiva por el delito de abuso deshonesto agravado e incumplimiento de los deberes de funcionario público.

Castro pasó un tiempo en la cárcel pero posteriormente salió en libertad. Su vida estaba destruida. Ya había sido denigrado en la propia fuerza con su expulsión.

Un triste final

De Castro no se supo más nada. Mariela nunca más pudo ser la misma de antes. Al año la detuvieron acusada de abusar de un adolescente. Hubo uniformados que, ensañados con ella, no le perdonaban aquella denuncia contra policías, se encargaron de propalar el caso por todos lados para defenestrarla. De todos modos, no pudieron comprarle el delito y, pese a que pasó un año presa, esa causa no llegó a juicio.

La chica trans luego intentó rehacer su vida. Un pariente relató que Mariela se fue a Mendoza detrás del amor de un hombre, pero otra vez cayó en desgracia y pasó unos meses detenida. Volvió a San Juan y más tarde probó suerte en San Luis, pero su destino parecía estar marcado por una nube negra. Dicen que vivió un tiempo en esa provincia y le desvalijaron la casa que alquilaba.

Resignada, pegó la vuelta a su Chimbas y empezó a rebuscársela con la peluquería o vendiendo cosméticos en la villa. Los años ya le pesaban y la salud también. Los problemas renales comenzaron a hacerle estragos. Mariela permaneció internada dos meses en el Hospital Rawson hasta que el 30 de enero de 2010 dejó de existir a los 52 años en una cama de ese nosocomio.

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