GUSTAVO PLIS STERENBERG
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Por Viviana Pastor
(Nota publicada el 10 de septiembre de 2012)
“Me encantan los temblores”, suelta naturalmente Gustavo Plis Sterenberg. La frase no suena extraña teniendo en cuenta que este hombre tuvo tantas veces un arma apuntando en su cabeza que ya perdió la cuenta, y el miedo a la muerte. Es el mismo que estuvo en la lista negra de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), y el que dirigió una de las orquestas más importantes del mundo.
Gustavo vive en un séptimo piso, en una de las torres del Barrio San Martín, donde el mínimo movimiento de la tierra se siente mucho más que al ras del suelo. “Me gusta ir a la pieza donde tengo mis cosas y a la mañana encuentro los cuadritos inclinados en la misma dirección. Hay veces que los veo y no me di cuenta que tembló. Una vez mi mujer gritó: ¡Evacuar!, lo agarró al nene y salió y yo me quedé fascinado, mirando los ángulos como se hacían”, cuenta.
Sterenberg, porteño de nacimiento, vive en San Juan desde hace tres años, con su mujer Elisa Montenegro y Gaspar, hijo de ella. Fue director de Orquesta en Moscú, escribió un libro sin ser escritor, fue artillero del Ejército Ruso, paracaidista, miembro de la Cruz Roja Internacional y de joven militó en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el brazo armado del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). El PRT es un partido comunista nacido en la década del ’70, que promulgó la lucha armada como estrategia para la toma del poder.
Llegó para dirigir la Orquesta Sinfónica de la Universidad Nacional de San Juan y hoy dirige la Camerata San Juan, nacida por sugerencia del gobernador José Luis Gioja, con quien Gustavo tiene “muy buena relación, quizás por nuestro pasado común, de combate”, dice.
En su modesto departamento recibe a Tiempo de San Juan, y mientras se toma su tiempo para hacer un café en saquito, cuenta que se le cayó el pelo en el ’91, cuando pasó hambre en Rusia y que en Nicaragua le decían el “Checito”, “no por la figura del Che”, sino porque para hablar usaba mucho este argentinismo, “che”. Sin embrago las coincidencias con el rosarino Ernesto Guevara son muchas: Ambos nacieron en el seno de familias acomodadas, católico Guevara y judío Sterenberg. Ambos estudiaron medicina, ambos abrazaron muy jóvenes las ideas de izquierda y participaron en enfrentamientos armados, guiados por esa filosofía.
Gustavo habla de la foto en blanco y negro que se destaca en la pared del living-comedor, al lado del aparador con algunos libros. Allí se lo ve con unos 22 años, en Nicaragua. Él está de espaldas, con un grupo de la Cruz Roja, mientras rescatan un cuerpo calcinado, fue durante la lucha popular que buscaba derrocar al dictador Anastasio Somoza. Había viajado con un grupo del ERP, que lideraba Enrique Gorriarán Merlo, para luchar junto al Frente Sandinista de Liberación Nacional, pero “blanqueado” como miembro de la Cruz Roja Internacional.
Habla descarnadamente de su pasado, aunque hay muchas cosas de las que prefiere no acordarse. Sin embargo, Gustavo está orgulloso de su historia militante, en épocas en las que la rebeldía y los ideales de igualdad y libertad podían más que la comodidad y en días en los que la violencia estaba justificada. “Hubo momentos en que tuvimos que usarlas (las armas) y eso fue justo, pero las situaciones políticas cambian”, publicó hace tiempo en su Facebook, donde aún usa su nombre de guerra entre su nombre real.
Gustavo se demora varios minutos en una de las habitaciones y vuelve al comedor con una sonrisa desbordada y en las manos la chaqueta de la Cruz Roja celeste, bien doblada y con manchas indelebles, es la que usó en Nicaragua y que se puso, con algunos kilos menos, en varios ensayos con la Camerata.
El inicio, la rebelión
En Villa Crespo, la familia Sterenberg tenía un próspero negocio, fabricaban prendas finas para mujer. Según Gustavo, su infancia fue “muy poco divertida”, ya que sus padres, inmigrantes ucranianos y muy cerrados, inculcaron en sus hijos la idea de relacionarse sólo con “comunidad”; pero como todo criterio impuesto, suele resultar en exactamente lo contrario.
“Tenían la idea de formar niños con un nivel cultural bueno y me pusieron una profesora de música de barrio que me enseñó a odiar la música. Me agarraban infartos en las clases, decía: ‘me viene un infarto’, y me caía al piso y ahí estaba tirado media hora y así me salvaba media hora de la clase. O decía: ‘me hago caca’, me iba al baño y estaba adentro 50 minutos y salía cuando me quedan 10 minutitos de clase”, recuerda.
Cuando en las reuniones sociales le pedían que tocara el piano, él exigía atención absoluta o se enojaba mucho. “Mi papá era un tipo muy duro, pero yo tenía una forma de frenarlo. Él me había contado que Perón los obligó a poner su foto y la de Eva en el negocio y la bandera, pero también tenían que poner plata para la Fundación y mi papá le tenía mucha rabia. Cuando traía el boletín, que era un buen boletín pero había ochos, discutíamos mucho y él me ganaba, entonces yo empezaba: ‘¡Perón, Perón, Perón!’ y se volvía loco. Yo no era peronista, pero tampoco antiperonista”, dice.
Su madre le consiguió un maestro de música mejor, Domingo Marafiotti, que grabó con su banda la Marcha Peronista, “era un atorrante”, asegura su ex alumno. Marafiotti empezó a meter en el repertorio de Gustavo obras más clásicas y de a poco se fue independizando, buscando sus propios intereses y recuperando posiciones. “Me gustaban Los Beatles y Stravisnky, di una patada y dije basta”.
Aún estaba en la secundaria cuando se sumó al PRT, en 1973. “Veníamos de la dictadura de Lanusse en el ’72, y yo tenía un miedo tremendo de que se enterara mi mamá… me iba a cocinar. Entonces hice trabajos, participé en pequeñas acciones, a veces no tan pequeñas, pero era soldado raso, un perejil en la estructura del PRT. Era muy cachorro, lo que se llamaba un ‘simpatizante organizado’, que hace lo mismo que los demás pero era simpatizante, después de eso está el colaborador, después el aspirante y después el militante, cuando hay otro grado de confianza. Era un partido de cuadros donde cada uno era una persona formada políticamente y militarmente, muy distinto de otros movimientos, como el peronista, donde cualquiera entraba”, señala.
Cuenta que al partido no lo sostenía nadie, “íbamos y expropiábamos, afanábamos, entrábamos a los bancos y asaltábamos para tener plata”. Y continúa: “yo me enorgullezco de haber sido un buen perejil en la organización y que de la gente que conocí ninguna está arrepentida; todos están muy orgullosos. Se cometieron errores, claro, no había experiencia, si desde 1930 tuvimos cinco golpes militares, mientras los políticos, los gordos chanchos, no hacían nada, los jóvenes ganaron las armas inspirados en ejemplos heroicos de otros países como Camilo Torres y el Che Guevara; y siguieron ese rumbo”.
Con 18 años empezó a estudiar medicina, pero sus ideas políticas influyeron para que dejara inconclusa esa carrera en los últimos años. “La medicina me gustaba de chico, era un orgullo llevar en el guardapolvo la cruz roja en la escuela. A los que se caían los desinfectaba, me sentía útil, pero entré a medicina y me di cuenta que era todo un negocio farmacológico”, asegura.
Esos conocimientos en medicina le permitieron desempeñarse con soltura en la guerrilla nicaragüense. Estuvo en enfrentamientos armados: “Hubo tiros en todos lados, en Nicaragua fui y … y no me trae buenos recuerdos. Estuve en la insurrección de Nicaragua y me marcó terriblemente. Estuve a punto de ser fusilado porque caí prisionero y realizaron un operativo especial para sacarme del país; estaba tan mugriento que nos reconocíamos unos a otros por el olor. Tenía el uniforme con sangre porque había llevado una chica de 13 años a urgencias y choreaba sangre y sentía como me corría a través de la camisa. Tuve también momentos espectaculares, como una vez que me llaman a una urgencia y entro a un lugar, era una casa sin luz, sin piso, sin sanitarios, sin nada y una nena de 16 años pariendo. Le digo quedate tranquila que todo está bien. Ella me dice; ‘yo estoy tranquila, sos vos el que está nervioso’. Yo estaba cagado, tuve que improvisar porque no tenía nada, para cortar el cordón hice con vendas dos pinzas y corté con una tijera al rojo vivo. Ese nene lo fui a ver al otro día y le habían puesto Gustavo; ni mis compañeros sabían que me llamaba así, porque me decían por mi nombre de guerra que era Eduardo”, relata mirando la taza fría de café que tiene entre sus manos. En Nicaragua estuvo en 1979, cuando aún estaba la dictadura de Somoza y antes del triunfo sandinista.
Luego, fue enviado por el dictador Jorge Rafael Videla a Israel, donde estuvo un tiempo “guardado”.
En 1984, Ernesto Sábato fue a entregar el informe Nunca Más a la Comisión Nacional sobre la Desaparición de personas (CONADEP) y, otra vez, se salvó de milagro. “Casi me despelleja un radical, ese día acompañábamos a Sábato y yo tenía a cargo una columna nuestra, a la izquierda por supuesto, y atrás venía la Franja Morada, eran 30 mil y nosotros un puchito, pero no nos dejamos aplastar, llevábamos palos pero no armas de fuego. En eso aparece uno y a tres metros me pone un revolver apuntando a la cabeza y dispara, yo me quedé duro y uno más atento le tira el brazo para arriba, yo sentí el vientito de la bala; obviamente no salió nada en los diarios”, recuerda.
Entre tantas anécdotas y fechas que se cruzan, Gustavo hace una pausa para decirle a la fotógrafa: “No dispares todos los cartuchos, ya sacamos unas fotos en otro ámbito, guardate unas balitas”.
La música y Rusia
Tenía más de 20 años cuando entró en el Conservatorio Nacional Carlos López Buchardo, de donde egresó como pianista, luego estudió Dirección Coral, Composición, Dirección Sinfónica, con los mejores maestros de la época. Entonces, una comisión de Rusia llegó al conservatorio y el director lo recomendó como una de las grandes promesas. “Les dijo: ‘tengo un estudiante interesante, compone, toca, dirige’; no sé si lo hizo para sacarme de encima, porque yo le armé el Centro de Estudiantes por lo cual hubo la única acción de la represión y fue cuando me sacaron a punta de ametralladora del edificio”, cuenta tranquilo.
Los 3 maestros soviéticos lo entrevistaron y a los 3 meses estaba en Rusia. “No fui a hacer turismo, fui a matarme. Cuando vi que siendo muy fuerte, el mayor promedio en el nacional, en la URSS era de la 10ma parte para abajo, me compré un grabador, todos los libros de teoría musical y todos los días ponía el grabador y hacía dictados musicales. Empecé a trabajar duro y se daban cuenta los profesores, me visitaban y me decían: ‘así no se estudia, es así’; demostraron gran interés. Y siendo estudiante de conservatorio, dirigí la orquesta más importante del país y estaba en 4to año, yo tenía ya 35 años, estaba atrasadito pero recuperando posiciones”, asegura.
En Rusia las anécdotas se cuentan como vacas en la Pampa argentina. “No me gané la vida, no había forma de ganársela, primero sobreviví. Tuve más de 10 peleas a patadas y piñas, la mitad por borracheras y la otra por asaltos. Una vez me atacaron 3 tipos y yo salí corriendo, después los esperé y les hice frente y me dijeron: ‘sos un campesino, un tipo duro’, y se fueron. Había negocios ilegales, reventas, para ganar un mango. Después amenacé a los funcionarios del Partido Comunista de que los iba a hacer mierda si no abrían el depósito de ayuda humanitaria que estaban llegando. Fui uno de los que abrí eso y cuando llegó la primera caja era una fiesta”, recuerda Gustavo.
A las 3 de la mañana se iba a hacer cola con 30 grados bajo cero, tenía su primera mujer embarazada, y por unas monedas le compraba a un viejito 3 litros de leche, “era el único que tenía leche en el edificio para mi ex mujer”.
Mientras tanto, no aflojaba en la música. “Era una topadora, estudié a conciencia y lo disfruté, me gustaba. Allá la música es cosa seria, no como acá que te dicen: -‘¿qué hacés?’, -‘estudio música’; -‘¿y qué más?’. Aprendí mucho. Después me llama Mstislav Rostropovich y me toma como su asistente y antes de eso Valery Gergiev también. Fui 10 años director permanente del Teatro Mariinsky”, dice.
Con ese cargo, Gustavo realizó giras por 13 países, “con lo mejor de Rusia”, fueron años de voluptuosidad musical. Pero cuando le tocó pisar suelo argentino, más precisamente el Teatro Colón, querían un director ruso, les contestaron que Sterenberg era el director oficial, lo que le generó celos “y ataques por la espalda”.
Regreso a la patria
Alto y algo desgarbado, Gustavo se mueve como si un chico de 6 años tuviera que manejar el cuerpo de uno de 56; y cuando habla mueve tanto las manos como si estuviera dirigiendo una orquesta invisible. Con su pelo negro ondeado, que aunque poco, aún le cubre toda la cabeza, parece tener menos años de los que registra su DNI.
Volvió al país en 2003, para dirigir la orquesta de Bahía Blanca y en el 2004 era director oficial de esa orquesta y la de Córdoba simultáneamente, “era un desgaste”. Cuando terminó ambos contratos, en el 2008, desembarcó en la Sinfónica de San Juan. “Fue duro el cambio de nivel cuando llegué al país, si, pero acá hay muy buenos músicos que están muy maltratados”, se lamenta. En el 2009 se desvinculó de la orquesta local y en el 2010 formó la Camerata San Juan. “La Camerata surge por conversaciones con el Gobernador, él me dio un gran apoyo y había que empezar de cero, no teníamos nada. Pero la sociedad y el mundo musical sanjuanino se alegró muchísimo”, asegura su director.
Desde que llegó a San Juan, Sterenberg demostró su apertura musical, no muy común en la tradicional San Juan; y compartió escenarios con el grupo de rock La Oveja Negra y los García, el grupo cuartetero La Costa, el cantante de tango Claudio Rojas y el Dúo Díaz Heredia, de folclore, entre otros artistas de la música popular.
En una pieza, Gustavo tiene carpetas con sus fotos viejas, con los artículos de diarios donde él fue protagonista; cajitas donde guarda, prolijamente envueltas, las medallas que le entregaron en Rusia, las credenciales que usó en Nicaragua, su libro sombre la operación en Monte Chingolo –ver aparte-, y decenas de CDs de música que grabó como director de orquesta. Él quiere mostrarlo todo, pero lo que guarda es sólo una ínfima parte de su mundo de anécdotas.
-¿Qué le pasa por la cabeza cuando está dirigiendo?
-Estoy metido, metido en la obra. Sólo hay un huequito para la luz roja por si hay que corregir algo sobre la marcha, pero estoy muy metido. Ahí vivo, todos los sufrimientos se justifican cuando se abre el telón.
El escritor
Poco más de dos años le llevó la investigación que le permitió escribir el libro “Monte Chingolo-La mayor batalla de la guerrilla argentina”, que cuenta el intento de copamiento del Batallón de Arsenales Domingo Viejobueno, del Ejército Argentino, a manos del ERP; un 23 de diciembre de 1975.
Reconociendo sus limitaciones como escritor, Sterenberg escribió bajo reglas de la composición musical. Por ejemplo la forma sonata, explica, es como un edificio tipo palacio clásico, tiene la exposición donde se presenta el tema o los temas que serán desarrollados en una segunda parte y al final son nuevamente expuestos pero transformados. “El libro está así, está lo inicial, el desarrollo de la acción y cómo esta acción influyó en la gente. En Monte Chingolo muere el sueño revolucionario. Yo me aparté después de Monte Chingolo, pasé años afuera, escapado un poco. Volví y participé mucho en organismos de derechos humanos, logré hacer algunas cosas buenas, movilizaciones, solicitadas, eran las cosas que se podían hacer en ese momento”, cuenta.
El próximo libro
Aunque había prometido escribir sobre las acciones de ERP en Tucumán, el libro que este año quiere empezar a delinear Sterenberg es sobre la vida de Rostropovich, ese maestro ruso que lo deslumbraba desde lo musical y lo cautivaba con su personalidad única. “Era un viejo verde, talentosísimo. Los dos conciertos de violonchelo que escribió Dmitri Shostakóvich se los dedicó a él. Me llevó por varios lugares, yo le preparaba la orquesta, él llegaba, hacía un ensayito corto, veía que todo estaba bien y largaba unos espectáculos hermosísimos. Me preguntaba: ‘¿cómo se dice vos sos muy linda en español?’ o ‘¿cómo se dice estoy profundamente enamorado de vos?’. Y levantaba chicas de 25 años y él ya iba por los 70. Me contaba historias, algunas desopilantes. Un día le dije que había mil libros de Rostropovich pero que él debía escribir sus memorias y me dijo: ‘¿cuándo?, sino estoy con la música o me estoy levantando chicas, no tengo tiempo. Escribilo vos, es el favor que te pido’, me dijo”.
Jóvenes, hoy
“Veo que están militando, bien o mal, pero hay participación activa política de los jóvenes, cosa que todos los anteriores gobiernos se preocuparon de que no haya. Ahora hay interés de formar cuadros jóvenes, que son los futuros conductores del país. Yo soy muy optimista con respecto a eso, hay un cambio y es un mérito muy grande del actual gobierno, gustará o no gustará, pero es así, por eso hay una actitud contestataria. Los gordos chanchos no se pueden organizar, no saben qué hacer, llaman nazis y fascistas a los gobernadores en Argentina, se nota que no saben lo que es ser nazis. Veo con muy buenos ojos esta participación”.
Sobre la Presidenta
“La veo muy bien, pero demasiado intransigente. Ella tiene la obligación de cumplir su programa, lo que prometió y lo cumple a rajatabla. Pero es muy intransigente y lleva cierta relación áspera con otros cuadros políticos de su misma organización. Ella quedó marcada por la inesperada muerte de su marido y como el Ave Fénix, salió otra persona, no es la misma que acompañaba a Néstor. Hay cosas que a la gente le gusta y otras que no le gusta, lo que no se puede decir es que no haya una explicación clara: todo está subordinado a un proyecto y que con sólo comparar un poco con lo que había antes, se nota la diferencia”.

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