EL ASESINATO DE NICOLAS CAPUTO

Un mito a sangre y fuego

Nicolás Caputo fue un taxista que un día salió, como lo hacía siempre, con un pasaje. Pero nunca más volvió. Corría el año 1939, más exactamente, el 5 de mayo. Dos meses más tarde, fue encontrado muerto en la ruta 141, cerca de Vallecito. Hoy el lugar se transformó en un paraje que lleva su nombre y, a modo de homenaje, es el punto de partida para muchos promesantes que caminan hasta la Difunta Correa. Por Michel Zeghaib.
domingo, 20 de mayo de 2012 · 11:51

Por Michel Zeghaib

El macabro hallazgo fue realizado por unos peones de Vialidad que estaban trabajando en el camino a la Difunta Correa. Eso fue un 18 de julio de 1939, dos meses después de aquel 5 de mayo en que desapareciera sin dejar rastro. Nicolás Florencio Caputo fue encontrado muerto en el paraje llamado Bajo Hondo, también conocido como Cuesta de las Vacas, 6 kilómetros antes de llegar a Vallecito, en el departamento de Caucete.

Era sólo un montón de huesos que formaban una figura extraña. Estaba irreconocible. Algunos elementos personales, como sus lentes de carey, hacían pensar que se trataba de él. Yacía en el suelo, entre jarillas y yuyos resecos por el frío del invierno. Estaba mirando hacia el cielo, con los brazos abiertos como si hubiera estado pidiendo clemencia y auxilio a la vez.

Su desaparición misteriosa recién fue notada por sus compañeros de trabajo el 9 de mayo, ya que hacía cuatro días que no se paraba en la clásica “esquina de los taxis” de la plaza 25 de Mayo, en la intersección de Mendoza y Rivadavia. Ellos mismos dieron cuenta de haberlo visto hacía unos días atrás. Ni la familia ni los amigos tenían conocimiento de su desaparición. Ante el misterio de su paradero, su padre y su esposa fueron los primeros que hicieron la denuncia a la policía.

Los primeros hechos

Todo comenzó como algo cotidiano. Esa mañana, al despertarse, Caputo no se imaginó jamás el desenlace que tendría su existencia. Llevó a sus hijos a la escuela. Luego estuvo, como todos los días, en la Plaza 25 de Mayo, a las 7.30 de la mañana, dispuesto a comenzar con su tarea laboral como chofer de taxi en su Ford patente 3-008. Fue cuando se acercó una persona y le pidió realizar un viaje del que nunca se confirmó su destino final. Fue un viaje sin regreso.
Algunos testigos dicen haber visto a Caputo parado frente a la pensión de la Sra. Coronado viuda de Bravo, en la calle Mendoza, entre San Luis y Entre Ríos. Según el testimonio de la dueña de la pensión, habría estado leyendo una revista, mientras esperaba al pasajero que había bajado para buscar a otra persona que, al parecer, estaba residiendo en ella. Desde el interior de la casa, vieron a dos personas que subían al vehículo con una valija.

Es allí, en la puerta de esa pensión, donde las pistas de su paradero se empezaron a perder, para volver a encontrarla en la ruta 141, camino a Vallecito, donde algunos trabajadores de Vialidad vieron pasar un auto con dos personas con las características del de Caputo a toda velocidad con dirección hacia La Rioja.  Durante el viaje se habrían quedado sin nafta, primero en un pasaje entre Mascasín y Chepes, y luego, nuevamente en Chepes; para dirigirse desde allí hacia Cruz del Eje, Córdoba. Este hecho lo atestiguó un empleado ferroviario que relató haber visto a dos personas hospedarse en el Hotel España de esa localidad cordobesa.

Tejido de hipótesis

Se manejaron varias hipótesis sobre su desaparición. El misterio y la falta de esclarecimiento de la situación, dieron lugar a que se tejieran las más diversas y creativas teorías. Una de las que resonó por un tiempo fue la del robo, instalando la historia de un hombre que escapó de su casa por problemas económicos y deudas. El crimen político también estuvo presente. La provincia era gobernada por Juan Maurín, representante del Partido Demócrata, electo en 1934 y a punto de culminar su mandato. Sin embargo, el apaleamiento de opositores y la detención de más de 1.000 fiscales radicales y bloquistas produjeron una conmoción generalizada que trascendió a la opinión pública. Esto provocó que las elecciones a gobernador de San Juan del 30 abril de 1939 fueran anuladas por el Poder Ejecutivo Nacional luego de varias denuncias de fraude, aún cuando la provincia estaba intervenida. Nicanor Costa Méndez, por ese entonces interventor federal, tuvo que renunciar ante las irregularidades de la elección. A Caputo se lo relacionó con esos fraudes, con lo cual, su desaparición quedaba como un escape por sus corruptas acciones. También se dijo que había caído preso de la mafia encabezada por el mítico Juan “Chicho Grande” Galiffi. Por último, se lo relacionó con el Gerente del Casino del Plaza Hotel de Mendoza, Juan Siri, implicado en una presunta estafa.

Aunque desde un primer momento la más fuerte de esas teorías fue la del secuestro, como una manera de explicar la prolongada ausencia del chofer de taxi. Caputo, si bien no fue un hombre popular, gozaba de muy buena reputación entre sus conocidos, colegas o clientes que usaron sus servicios.

Cadáver, culpables y condena

La casualidad y el azar pudieron más que las pesquisas de una policía que estuvo, durante los dos meses de búsquedas y confusiones, inculpada de ineficiente y lenta, entre otras cosas, por no haber puesto en aviso a la policía del resto de las provincias del país sobre los prófugos, algo que se supone que es de rutina. Lo que la policía no pudo hacer lo hizo un trabajador de caminos de Vialidad. Las voces se enmudecieron ante el macabro escenario. Caputo, finalmente, estaba muerto. Se daba por sentado que la causa de la muerte había sido un asesinato. Sólo había que encontrar a los culpables.

El esqueleto de Caputo había sido devorado por las aves de rapiña, su caja torácica estaba desecha y las viseras desaparecidas totalmente. Un dato esencial fue la ausencia de dos dientes del maxilar inferior, lo que hizo suponer que recibió un disparo por la espalda, saliendo la bala por la boca, lo que definió el modo en que le dieron muerte sus asesinos. Quizá, en el oído o la memoria de muchos, varios años después, siguió resonando indeleble las palabras surgidas del dolor y la impotencia de un padre que no podía aceptar la muerte de su hijo: “Si hay Dios, habrá venganza. Para estos criminales debería existir la pena de muerte”.

También dieron con el auto. Estaba en la Provincia de Santa Fe en poder de Domingo Amoroso, quien declaró que se lo había comprado a unos conocidos suyos: Cándido Pringles y Eduardo Larroca. El automóvil había llegado a las manos de Pringles y Larroca por los mismos sospechosos del crimen. Ellos eran conocidos como “los primos Eciolaza”, quienes fueron declarados culpables del asesinato del taxista. Al parecer, Juan Manuel Eciolaza había tomado el servicio en la Plaza 25 de Mayo, había pasado a buscar a su primo José Demetrio Eciolaza en la pensión de la Sra. Coronado viuda de Bravo, y se habrían dispuesto a viajar fuera de la provincia por el camino de Vallecito.

Finalmente los culpables fueron encontrados. Juan Manuel estaba en Colón, Provincia de Buenos Aires; y José Demetrio en Colonia La Roca, departamento Canals, Provincia de Córdoba. Sus confesiones terminaron de disipar el misterio. Durante el viaje, en el Bajo Hondo o Cuestas de las Vacas se detuvieron a hacer sus necesidades. Del auto se bajaron Caputo y Juan Manuel, mientras José Demetrio observaba nervioso desde el vehículo. Juan Manuel sacó un revólver calibre 38 largo, y colocado justo a las espaldas de su víctima, le disparó a quemarropa en la nuca. Caputo murió de inmediato, desplomándose en el suelo terregoso de Caucete. Luego, para no dejarlo a la vista, precipitaron a los empujones su cuerpo muerto por el barranco que está a orillas de la ruta. Rodó varios metros hasta dar con el suelo y ser frenado por unos arbustos. En aquel lugar, en ese barranco, Caputo estuvo más de dos meses desaparecido. El auto, vendido a cambio de $2.600.

El 24 de julio fueron traídos a San Juan. La muchedumbre los abucheó y los condenó con las palabras y las miradas. Los trasladaron desde la Central de Policía al juzgado, para luego terminar el recorrido en la vieja Alcaldía.  Los primos Eciolaza fueron procesados, y al año siguiente condenados. A Juan Manuel Eciolaza, autor del crimen, le tocó cadena perpetua por el delito de robo y homicidio. A José Demetrio, la pena de 11 años de prisión por ser autor del robo y cómplice del crimen.

Con el paso del tiempo, la gente transformó el lugar en un paraje de culto, al que le atribuyen milagros. Y para muchos fieles se transformó en el punto de partida para llegar caminando a la Difunta Correa, como una especie de homenaje para el taxista al momento de cumplirle a la Difuntita.

(*) Fuentes:

(1) Diario “Tribuna”, meses de abril a julio de 1939.
(2) Diario “La Reforma”, meses de abril a julio de 1939.
(3) Diario “La Acción”, meses de abril a julio de 1939.
(4) Archivo General de la Provincia.

 

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