POR FLORENCIA CANALE
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POR FLORENCIA CANALE
El Iluminismo terminó hace rato pero la sociedad argentina expone como en góndola algunos ejemplos del coleccionista de ninfas como si el tiempo no hubiera pasado. Aunque sí. Una cosa eran los donjuanes de la literatura española. Otra bien distinta los actuales.
Cuando todos habían dejado de lado la tensión del abandono, Nicolás Cabré dio la estocada brutal. Volvía a hacer lo que practicó en toda su corta vida: terminar –una vez más– el vínculo de pareja que lo unía a la divina China Suárez. El joven galán tiene un extenso itinerario de amores con final anunciado. Diversas actrices y modelos –Agustina Cherri, Rocío Guirao Díaz, Celeste Cid, Florencia Torrente, Soledad Fandiño, María Eugenia Tobal, con la que incluso dispuso casarse– cayeron rendidas a los pies del morocho de pocas palabras y sonrisa envolvente. Dicen que las muchachas del pasado no fueron muy felices a la hora del final. Dicen que las enamora para luego saltar a los brazos de la que sigue. Un varón que tiene mucho amor para dar.
Habría que analizar los artilugios para el encuentro. Y cuáles los motivos de ellas para caer en la trampa. El seductor compulsivo no elige la presa. Circula por la vida con su atributo a flor de piel y la víctima es quien intenta el acercamiento. ¿Querrá educarlo? ¿Fantaseará que, con ella, el sujeto en cuestión sucumbirá? Lo que no cuenta es que la exposición de la acumulación y descarte lo constituye en vulnerable. Las acciones siempre tienen consecuencias. En la vida real es difícil verlo con la claridad que lo muestra la ficción.
Un sublime Jude Law enamoró a las mujeres todas –las de la escena pero también las del mundo real– en su versión de Alfie. Casi como en un trabajo remunerado, el personaje enamoraba y seducía. A puro hedonismo, el chofer de limousine encantaba sin mirar a quién: jóvenes divinas, muchachas festivas, señoras inquietantes. Y como la ficción siempre es más sabia que la realidad, uno sabe de antemano que el cosmos se encargará de ajusticiarlo. Como por arte de magia, al final Alfie queda solo. Todas las mujeres que sedujo alguna vez y que sufrieron ante su abandono, pierden interés en él. Ya no provoca aquel frenesí que lograba convocar a todas. El narcisista es así. Lo único que lo excita es la colección, el amontonamiento de cuerpos bonitos para su lista.
Matías Alé devino en otro hombre luego de su separación de Graciela Alfano. Luego de aquellos años de romance con una de las mujeres más bonitas de la Argentina, el novio eterno se quitó la máscara. Como un alud, sus conquistas amorosas empezaron a aplastarlo. Fue acusado en real time y por tevé, por una cadena de novias equívocas que le desearon, como mínimo, una muerte lenta. Y siempre el mismo estereotipo de conquistas: neovedettes en ascenso que descubrían en algún programa televisivo la aparición estelar de una nueva. A diferencia del caso Cabré, que usa su costado más frágil para encandilar, Alé vive a pura sonrisa de diente bien blanco. Casi como un galán de los setenta, conquista con el endulzamiento de oreja. Una antigüedad.
El cazador compulsivo, que sólo logra felicidad cuando roza la presa y le pega el tarascón, pierde interés cuando escucha la lista de reclamos que le hacen del otro lado. Son gente de imposibilidad perenne. Creer que algún día se enamorarán es una tarea perdida. Mucha expansión; de introspección, nada.
Cuando uno creía que la tipología del macho setentista había caducado, C5N y Beto Casella encendieron el túnel del tiempo y estrenaron Buenos muchachos con las participaciones estelares de Guillermo Coppola, el Bambino Veira, Cacho Castaña y Alfio Basile. Los señores de sesenta, con la gracia que los caracteriza, hacen honores a sus amoríos del pasado. Proezas amatorias, algún que otro fallido pero siempre con la frente en alto, los muchachones se regodean con el estertor de lo que fue. Eso sí, con ojo entrecerrado y pelos –con canas o tintura– bien acomodados, los señores ensalzan el personaje del conquistador. Claro, del siglo pasado.
“Mientras estamos en busca de la mujer perfecta, de la madre de nuestros hijos, de la abuela de nuestros nietos, de la bruja que nos va a romper las pelotas toda la vida, hay un momento maravilloso y vital para la vida de todo hombre que son esas hermosas noches de caravana junto a su banda de amigos atorrantes”. Así comienza uno de los capítulos de la flamante guía del pirata Cómo conseguir chicas, de Joe Fernández. A pesar de que el rocker, cafetero, astrólogo y mucho más, intenta despegarse del rótulo (ver entrevista), participa de una categorización bastante bien adquirida. Se lanzó a la fama de la mano de Flavia Palmiero, que lo presentó como novio luego del romance de la conductora y actriz con Franco Macri. El joven morocho de casi dos metros de altura se metió al showbiz en el bolsillo. A partir de ahí comenzó la escalada de vértigo, de señorita en señorita. También fue novio de la menor de los Ortega, Rosario, y la cosa no terminó bien. ¿Sería que las chicas no lo entendían? ¿Estaremos frente a un incomprendido? Él jura y perjura que abandonó las pistas, que aquella compulsión a la repetición de jóvenes nocturnas más cercanas al vacío que a la inteligencia, llegó a su fin.
Mientras tanto, los especímenes seducidos por su acopio de sonrisas permisivas viven en un mundo propio. Una realidad sesgada por la imposibilidad del compromiso al vínculo. Seguramente seguirán con la práctica. Seducción y residuo. Y el agujero emocional cada vez más grande.
Opinión
Para él, Las mujeres sólo son trofeos
Por Andrés Rascovsky
Ex presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina
En los vínculos humanos se establecen dos tipos de relaciones: las que incluyen una consideración por el objeto y las narcisistas. Freud decía que todo vínculo intenta reproducir una experiencia placentera infantil que habitualmente alude a la madre, a las experiencias de amor primarias y al amor por el otro. Pero existe otro tipo de personalidad ligada al mito de Narciso, que al pasar por un lago se enamora de su propia imagen. Ya no se trata del placer por el encuentro con el otro sino de la búsqueda de un sí mismo perdido. Al no existir una consideración por el otro uno intenta mantener la ilusión ficcional de que es maravilloso, todopoderoso y omnipotente, y constantemente está buscando la mejor imagen para vender. Lo que el sujeto busca es ser deseado, pero no desea ni ama a nadie. Un mujeriego no tiene interés por las mujeres. Sólo son trofeos disponibles para él. Las relaciones tienen tres niveles: el sexual-corporal, el erotismo que implica la construcción de una historia de amor, y el amor al otro. En el mejor de los casos los tres niveles están anudados. Es decir: el sujeto pasa de cierta satisfacción corporal a la construcción de una fantasía amorosa con el otro a amar al otro. Y amar al otro quiere decir amarlo a pesar de sus carencias. Si no se convierten en relaciones líquidas, en términos de Zygmunt Bauman. Relaciones en las que el otro es dispensable, sustituible y un residuo de la relación.
Opinión
Chip femenino
Por Andrea Marra
Autora de Soltera serial
(Del Nuevo Extremo)
Para mí el tema no es desentrañar qué les pasa a estos chicos como Nicolás Cabré y Matías Alé y a sus semejantes. Una puede imaginar que tal vez les genere adrenalina cazar mujeres como si fueran rinocerontes, que la deslealtad en sus cambios de pareja les dé cierto goce interno, que reafirmen alguna inseguridad recóndita que no quieren ver. O tal vez operan simplemente a pura calentura impulsada por exceso de testosterona. Allá ellos. Acá el tema somos las mujeres. A lo que voy es que si conocés un tipo estilo Cabré/Alé, digamos con un prontuario similar, ¿por qué te gusta? Descontando que tengan pinta, labia, o estén súper bien dotados y sean ases en la cama (todas virtudes que llevan a la más racional a perder la chaveta), creo que a las mujeres se nos activa el chip de “yo lo voy a cambiar, conmigo va a ser diferente”. Y no. O no en la mayoría de los casos. Conozco a un bígamo que se calmó cuando se casó con una tercera a quien ama con locura, ¡doy fe! Pero en la mayoría de los casos, si te metés a intentar reformar a uno de estos seductores seriales, vas a salir con el corazón hecho pelota y el ego magullado. Cabe la posibilidad de que no te des cuenta de este mecanismo tan femenino… Bueno, existe. También cabe la posibilidad de que te guste estar en ese lugar. ¡Genial! Pero si pescás que el tipo puede llegar a ser uno de estos casos y no te gusta, salí a tiempo. No cambian.
Arquetipos
Vulnerable: La juega de antihéroe, atribulado. Las mujeres quieren cuidarlo y protegerlo.
Ganador: Va para adelante, nada lo detiene. Siempre con sonrisa, dice lo que quieren oír.
Cincuentón: Hace un superado, con experiencia. Dice que las vivió todas y que puede enseñar.
Joe Fernández: “El pirata es de otro siglo”
Por F.C. / Foto: Ezequiel Torres
–¿Cómo aparece el libro?
–El libro aparece como una necesidad de encuadernar un montón de situaciones, de historias y de tips que yo iba largando en grupos de amigos, en charlas, en comidas, en Twitter. Me gustó eso, de explorar el costado más sutil del hombre. Y esa frase hecha de las mujeres: “Ya no hay hombres”, y la de los hombres: “Las mujeres son todas histéricas”.
–Pero es algo que te pertenece, son tus vivencias. Eso está en tu naturaleza.
–Sí, y me encanta serlo. Una vez que entendí, acepté y asumí que soy un seductor por naturaleza, me tranquilicé mucho. Porque me di cuenta de que me gusta seducirte a vos en esta entrevista, a una mujer que me parece atractiva en la calle y a mi abuela piropeándole un peceto que hace para Navidad. Tengo dos hermanas mujeres, me crié entre mujeres, como que hay algo mío con el sexo femenino que está muy latente.
–¿Y esto no te ha traído dificultades a la hora de encarar una relación? ¿Alguna vez sufriste por amor?
–No, y creo que eso actúa como escudo perfecto. Cada uno se defiende como puede de las heridas del corazón. Me comprometo hasta ahí. Por eso lo que más me cuesta es la entrega. Porque en el amor el que más pierde es el que más entrega.
–¿Y no te da ni siquiera curiosidad lo que es el sufrimiento por amor?
–Sí, pero el miedo a ese abismo hace que prefiera quedarme con el arnés de la seguridad. Es como una tirolesa, me tiro, me da un poquito de vértigo, disfruto, pero más no salto.
–Hay un prototipo de mujeres que son el equivalente de ustedes: nocturnas, de bares, con poco y nada de introspección, y bastante aburridas. Esas son las ganadas. ¿No te parece que hay otro sector de mujeres –inteligentes, profundas, interesantes– que mira con desconfianza a ese tipo de hombres?
–Siento que pierdo eso pero el trabajo que tengo que hacer para conseguirlas es el doble o el triple.
–A la mujer, el pirata le genera desconfianza.
–Esa es la mujer de la que uno tiene ganas de enamorarse. También el hombre es muy contradictorio. Queremos la jarana del jueves a la noche, subirnos al parlante, pero el domingo al mediodía queremos ir a comer con la familia y llevar a una mujer educada, fina y delicada. Y que cuente qué libro está leyendo, o qué película la conmovió, qué obra de teatro está para ir a ver con vos.
–Ese costado no está en el otro tipo de señoritas.
–No, claro.
–En el libro las dividís por edades. Parece que las hubieras estudiado.
–Fui un estudioso. Le he puesto el cuerpo al libro. A mis 37 años me pasa que la mujer esa del jueves a la noche, de frapera, ya no me seduce. Yo hice esa evolución y por eso me permito escribir este libro. Como una especie de partido homenaje. Es como decir: esto hice durante 15, 20 años para conquistar mujeres. La pasé bomba y me fue muy bien, lean el libro y diviértanse. Tomen lo que les sirva y lo que no, ríanse. Es un libro para leer en pareja, incluso. Lo rico del amor es que cada uno tenga sus espacios y disfrutar de los espacios comunes. En mis veintipocos, cuando era un terrible pirata atorrante, hacía una especie de doble vida, no era claro.
–¿Y no la pasabas mal?
–La pasaba horrible. Pero estoy de novio hace cuatro años.
–¿Y ella qué dice?
–Ella sabe que yo era un atorrante. Pero me enamoré de una chica de Olivos, profesional, estudió en el San Andrés, trabaja en una multinacional.
–Que no va de bares.
–Exactamente.
–Me atrevería a decir que el estereotipo del pirata es una antigüedad.
–¡Es demodé!
–¿Y por qué algunos insisten?
–Este libro a los 37 me parece que es un buen momento para cerrar; porque para mí, un tipo que después de los 50 años está acodado en la barra de un bar es patético. Que me perdonen los que lo hacen, pero no quiero eso para mí. Señor, ya le pasó, no lo disfrutó cuando debió, lo siento. Después de los 50, con vaso en mano, haciéndote el langa y bailando reggaetón, no. El pirata es de otro siglo.
–Seguramente habrás ganado mucho pero también habrás perdido.
–Gané experiencia, anécdotas, divertirme, pasarla bien. Tuve mucha suerte, salí con mujeres muy lindas. Pero reconozco que algunas veces no he sido prolijo.
–¿Trae consecuencias eso?
–Por supuesto. Soy una persona sensible, no es que no me importa nada.
–¿Podés ser honesto con una mujer?
–Hoy sí. Pero al hombre le cuesta decir la verdad porque es mucho más miedoso que la mujer. Es más cagón. La mujer la pelea. Pelea una relación, un laburo. Es una amazona. El hombre ante el primer conflicto se las toma. Se autoboicotea. Tiene la necesidad de sufrir, de enquilombarse la vida. El hombre necesita demostrar que está vigente.
–¿Qué pasa con esos que no terminan de formar pareja, que suman conquistas?
–Una gran inseguridad. Esa idea absurda de que si te levantás cien minas sos un capo y que si estás casado hace treinta años sos un boludo. El conquistador insaciable, a una mujer deja de resultarle interesante. Pero me parece que el instinto cazador se vuelve una adicción. Cada uno tiene sus adicciones: para algunos la cocaína, otros el dinero y para otros la mujer.

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