POR JORGE REPISO
Para continuar, suscribite a Tiempo de San Juan. Si ya sos un usuario suscripto, iniciá sesión.
SUSCRIBITEPOR JORGE REPISO
Teorías encontradas subsistieron durante cuarenta años, hasta que el trabajo meticuloso de periodistas e historiadores dio con pruebas y archivos. Decenas de nazis fueron acogidos luego de terminada la Segunda Guerra Mundial, amparados por organizaciones y empresas que coordinaron acciones con el gobierno y la diplomacia de entonces. Como otros criminales de la misma calaña, Mengele vivió plácidamente después de ingresar al puerto como un inmigrante más.
Saltó a tiempo para no caer con los jerarcas alemanes después de la derrota, pudo pasar desapercibido como uno más en un campo de refugiados y, con la ayuda de su padre, viajó por carretera hasta el puerto italiano de Génova. Allí embarcó en el vapor Filipa con un pasaporte expedido por la Cruz Roja e identidad falsa. Se llamaba Helmut Gregor cuando desembarcó en el puerto de Buenos Aires, en junio de 1949. No hay registro de su estadía en el Hotel de Inmigrantes, pero debió formar una fila para ser examinado antes de ingresar al país. Aquí lo recibió la llamada “Telaraña”, organización que se encargaba de ubicar a los fugitivos dentro de la colectividad alemana.
Doce años antes se había enrolado en el partido Nacional Socialista, prometiendo fidelidad eterna a Adolf Hitler. Proveniente de una familia de empresarios, se recibió de médico y antropólogo, y se doctoró con la tesis sobre las diferencias raciales en la estructura de la mandíbula. En 1938 ingresó a las temibles SS y en 1943 fue designado médico jefe en el campo de concentración de Auschwitz. En ese infierno donde se asesinó a más de un millón de personas desplegó todo su odio contra los judíos. Esperaba a los prisioneros en los andenes y, una vez descendidos del tren, separaba a los que debían morir de los que juzgaba aptos para la experimentación, preferentemente gemelos. En veinte meses, los actos del “Doctor Muerte” fueron de un inenarrable sadismo y un inhumano trato con las víctimas.
El nazismo despertó adhesión en muchos argentinos desde sus orígenes. El 10 de abril de 1938, 15 mil de unos 70 mil simpatizantes pudieron ingresar a un acto multitudinario que se realizó en el Luna Park con motivo de la anexión de Austria. Para 1996 se calculó que durante el período que duró la guerra ingresaron al país unos 40 mil millones de dólares. El llamado oro nazi pudo haber sumado varios ceros cuando decenas de nazis comenzaron a arribar al país durante el gobierno de Juan Domingo Perón. Se creó una comisión denominada de “allegados”, que era coordinada por Rodolfo Freude, secretario privado del presidente e hijo de Ludwig, un poderoso empresario alemán. Fortuna y criminales como Erich Priebke, Klaus Barbie, Adolf Eichmann y el croata Dinko Satic pudieron desembarcar desde submarinos llegados a las costas bonaerenses y patagónicas. El libro Lobo Gris, La fuga de Hitler a la Argentina, escrito tras una investigación de los periodistas Simon Dunstan y Gerrard Williams, contiene datos, planos y documentos que siembran la duda acerca del suicidio de Hitler en su búnker.
Mengele llegó con los resultados de sus experimentos en Auschwitz en su equipaje y fue alojado en la calle Arenales al 2400, en la localidad de Olivos, distrito donde se concentró la protección de los refugiados. En octubre de 1957 se asoció con dos empresarios para instalar una empresa farmacéutica en la localidad de Carapachay, figurando como socio oculto. En agosto de 1958 puso su nombre en los papeles, junto con un aporte del 98 por ciento del capital. Al poco tiempo renunció, enterado del pedido de captura que pesaba sobre él, y cruzó al Uruguay, donde vivió un tiempo, trabajó y contrajo matrimonio. El periodista uruguayo Gabriel Monteagudo siguió las pistas del nazi en Colonia y publicó la documentación que muestra el enlace de Mengele con su cuñada Marta Will el 25 de julio de 1958. Poco después, el doctor Muerte volvió a la Argentina por muy poco tiempo. Se presume que la captura de Eichmann aceleró los tiempos para huir rumbo a un pueblo del Paraguay.
Mengele llegó a Brasil a fines de los años ’60 y, según testigos, trabajó como médico en Candido Godoi, un pequeño pueblo rural. En el año 2000 y ante las evidencias de un particular fenómeno, el periodista Jorge Camarasa difundió una teoría válida. Daba por sentada la presencia del nazi en ese poblado donde en la mitad de las 80 familias hay gemelos. En un municipio con 7 mil habitantes hay una población de 136 gemelos, la tasa más alta de gemelos del mundo. O Mengele experimentó con las embarazadas a las que atendía, o viajó atraído por la abundancia de gemelos rubios nacidos en ese paraje.
Un soleado día de 1979 fue el final para Mengele. Un matrimonio amigo lo invitó para disfrutar de la playa en la localidad paulista de Bertioga. Aseguran que apenas entró al mar cuando tuvo un ataque y murió ahogado. Fue enterrado con el mayor de los sigilos y exhumado seis años después para comprobar su identidad verdadera. Sus amigos y colegas habían comparecido antes los tribunales por los crímenes cometidos durante la guerra, pero Mengele pudo escapar a tiempo para vivir y morir sin ser alcanzado por la Justicia.
