rompen el silencio

Tabú: médicos cuentan sobre el sexo en las guardias

En hospitales y clínicas hay historias que comienzan cuando se cierran las puertas y luego pueden contarse en primera persona. Hay especialidades con más levante y pacientes hot que también están involucrados.
lunes, 4 de junio de 2012 · 09:33

Todo empezó con un mito posible, una sospecha: en las guardias, los médicos dan rienda suelta a su sexualidad y, literalmente, pasa de todo; lo que uno pueda imaginarse y lo que no.

Eso fue el inicio de una serie de entrevistas que culminaron con el libro Guardapolvos. Sexo y mentiras de hospital, publicado esta semana. También fue la primera pregunta que recibieron las docenas de médicos entrevistados. ¿Es mito lo de la hipersexualidad médica, entre curación y curación, entre pacientes y quirófano? Curioso o no, una mayoría dijo que sí, que el mito era realidad y que sí, que allí dentro sucede de todo: médicos con pacientes, con enfermeras, con madres y padres de enfermos; cirujanos con instrumentistas y con el resto del mundo.

Excusas. Lo cierto es que los profesionales de la salud tienen sus coartadas, que alguien caratularía de excusas pero que sirven para explicar conductas: las guardias son muy largas (a menudo de 24 horas corridas), a menudo extenuantes, el estrés es muy alto, están a la mano las instalaciones (camas, sillones, los mismos quirófanos), entre otras facilidades. Las guardias resultan el ámbito propicio, un paraíso sexual en medio del trabajo agotador.

Pero para resultar del todo sexy para el combo ganador, los médicos y médicas le agregan el hecho de estar investidos de un halo de saber: tienen el prestigio otorgado en otras sociedades a chamanes, brujos y curanderos: ciencia mediante, poseen el conocimiento, pueden transmutar la materia enferma en un cuerpo sano. Además del prestigio gozan aún de poder y bienestar económico, lo que siempre es un punto a favor de la posibilidad de tener sexo (aunque es cierto que últimanente la profesión se ha depauperado).

Casos. El libro es producto de unas 25 entrevistas personales realizadas a médicos, instrumentistas y enfermeras que ayudaron a dar un panorama del medio ambiente hospitalario. Y algo de teoría respecto a la inaudita importancia que le da al sexo la humanidad (sea de la profesión que fuere).

Algunos contaron cómo se les aparecen mujeres que reclaman un médico de guardia en una madrugada del Conurbano y no sólo están ostensiblemente bien de salud sino que además portan sugerente baby-doll. O médicos que trasladan a todos lados una valijita que, lejos de contener estetoscopios, lleva varios instrumentos de placer (incluida una lata de duraznos al natural de misterioso uso). O médicas que viven su despertar sexual con camilleros y colegas, luego de años de un matrimonio que las había convencido de su frigidez.

“Se usa el concepto estoy de guardia como coartada para las infidelidades”, dictaminó una de las entrevistadas. “Te llaman a cualquier hora y te vas de tu casa, o decís que estás de guardia y te vas a dormir con tu amante. Quién se va a dar cuenta si por cada infidelidad descubierta hay 10 o 20 que quedan impunes”, señaló.

Y siempre es el quirófano el lugar catalogado como más “turbio” y con los cirujanos como pequeños napoleones. Allí nueve de cada diez conversaciones tratan sobre chismes sexuales.

Capítulo aparte merecen los pacientes que se aparecen en urgencias con los elementos más diversos insertados en lugares inapropiados, desde los más típicos como tubos de desodorante o botellas pequeñas de gaseosa hasta los no tan típicos como una papa (objeto realmente poco fálico, se remarca), un foquito de luz o una botella tamaño familiar (dos litros).

Además de las historias que los médicos contaron motu proprio, Guardapolvos arriesga un par de hipótesis acerca de por qué hacen lo que hacen. Es tan alto el nivel de estrés, de lo que se conoce como síndrome del quemado (burned out), que el único modo de eliminar tensiones es el regreso a lo básico del sexo, la corporalidad instintiva y sanadora.

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