Poses sexys y postales junto a supuestos sicarios. ¿Colmo de la impunidad o broma pesada?
Claudia Ochoa Félix debe suponer que es intocable por el solo hecho de exhibirse, pero sus compañeros de andanzas no lo creen así. Tiene la manía de retratarse ligera de ropas y difundir las fotos en las redes sociales, disfruta de un modo de vida principesco –al estilo de los nuevos ricos, claro– y pasea con sus amigas abiertamente por las calles. Pero el colmo de la ostentación es posar portando una ametralladora (¿de juguete?) color rosado. En este punto coinciden la opinión pública, amigos y enemigos.
La joven de 27 años no pasa inadvertida, sea por su conducta como por su belleza. La llaman “la emperatriz de Los Antrax”, una organización criminal formada por un escuadrón de sicarios al servicio del cartel de drogas de Sinaloa, clasificado por los Estados Unidos como el más importante del mundo. Recientemente y en un lapso de pocos días, corrió peligro cuando sufrió dos atentados fallidos contra su vida. Pero ella parece no inmutarse y hasta frecuenta fiestas donde podría ser víctima de disparos por los flancos libres que dejan sus custodios.
A pesar de su corta edad, Ochoa Félix recorrió un largo camino que la llevó hasta su actual posición. Estuvo casada nada menos que con Joaquín “Chapo” Guzmán, poderoso capo del cartel que fue arrestado el pasado febrero en un hotel de la localidad mexicana de Mazatlán. Con él tuvo tres hijos pero la pareja se separó.
La “narco sex”, tal como ya la apodan todos los medios de Latinoamérica, asegura haber estudiado la carrera de modelaje y sus instantáneas a todo color pueden verse en su cuenta de Twitter, en su página de Facebook y en Instagram. Parece que los tiempos en los que los cuadros del narcotráfico operaban en la clandestinidad están cambiando y Ochoa Félix se montó en la moda televisiva de series que glorifican los métodos violentos y el pasar lujoso. Las tiras Pablo, el patrón del mal y El señor de los cielos son un éxito de audiencia en todo el continente y la vida de sus protagonistas produce admiración y sorpresa entre millones de televidentes. Una cuenta la trayectoria criminal del narcotraficante colombiano y jefe del cartel de Medellín, Pablo Escobar Gaviria. La otra se ocupa del mexicano Juan Carrillo Fuentes, capo del cartel de Juárez. Entre tanta exteriorización y boom de pantalla, Juan Sebastián Marroquín Santos produjo y lanzó a la venta miles de remeras de su padre con foto de prontuario. Marroquín es el nombre que adoptó el hijo de Gaviria cuando tuvo que exiliarse en la Argentina tras la muerte del narco. La guerra entre bandas, que históricamente se desarrolló entre rivales de Medellín y Cali hasta entrados los años ’90, fue desplazándose hacia México, donde se calcula que ya murieron asesinadas unas 100 mil personas en los últimos quince años.