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Una propiedad simbólica

La dacha resiste

Pasaron 60 años desde aquel histórico encuentro entre el sanjuanino Leopoldo Bravo y Stalin, que terminó con la cesión de una idílica casa de campo en Moscú para Argentina, como regalo del ex dictador hacia Perón. Rusia intenta recuperarla pero sigue en manos argentinas. Por Miriam Walter.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Miriam Walter
Fotos: Expreso a Oriente/Album familiar de familia Bravo.

Entre matrioskas y huevos de Fabergé, un cuadro en la residencia Bravo a pocas cuadras de Libertador y Urquiza replica la dacha, esa casona de campo en la helada Moscú que hace 60 años Stalin le regaló a Perón, por intermedio de Leopoldo Bravo, en los tiempos en que el sanjuanino era diplomático. Su hijo, Leopoldo Alfredo, que también fue embajador en Rusia, pasó los últimos días de su vida luchando para que el Gobierno ruso no le quitara a la Argentina ese predio de ensueño, sede de festejos patrios y asados criollos en tierra moscovita. El deseo de Polito se cumple, al menos por ahora: la magnífica edificación de madera, pese al tironeo con los rusos, que años atrás iniciaron gestiones para recobrar la propiedad en medio de la exclusiva “Isla de Plata”, sigue siendo hoy patrimonio argentino. Laura Adámoli, la viuda de Bravo hijo y autora de la pintura que rememora los días de la familia en la dacha, festeja la noticia, que publicó a fin de año la revista Gente.

45 minutos con el Generalísimo

Aquel sábado 7 de febrero de 1953, el bloquista Leopoldo Bravo llegó en un Mercedes Benz al Kremlin y se fue con la casa de campo bajo el brazo. Con apenas 33 años, el sanjuanino acababa de presentar sus credenciales como embajador, designado por el General Perón y, extrañamente le habían concedido la entrevista que pidió con el enigmático Stalin, quien por ese entonces pasaba sus días sin mostrarse al público, convencido de que había un complot para asesinarlo.

La reunión, que pudo ser reconstruida principalmente gracias al informe oficial que presentó el sanjuanino y al relato del ministro de Relaciones Exteriores stalinista Andréi Vishinsk (que estuvo presente), duró unos 45 minutos. Bravo tenía órdenes precisas de no hablar de política internacional y restringirse a la venta de lanas y carnes. 

Tras el apretón de manos, mientras dibujaba lobos en una hoja de papel, Stalin escucha atento a Bravo –traductora mediante- su exposición sobre los negocios y asiente con la cabeza (cinco meses después se firmaría el primer acuerdo comercial entre la URSS y un país latinoamericano).

Entonces el líder ruso dispara una pregunta: “¿Ahora la Argentina no es un país independiente?”. Bravo responde que “la Argentina es una nación independiente, pero había muchos monopolios que dominaban en las esferas de la economía. El presidente Perón realizó su campaña por la nacionalización de las empresas extranjeras y ya nacionalizó algunas. Sin la independencia económica no hay soberanía política”. Después, hablan de fútbol -Stalin se muestra interesado en llevar a Boca Juniors a jugar a Moscú-, de la industria petrolera y de Evita, fallecida pocos meses antes (en julio de 1952). “¿A qué se debe la gran influencia de Eva Perón en la vida social del país? ¿A que es la esposa del jefe de Estado o a sus cualidades personales?”, interroga el ruso. “A ambas”, contesta el cuyano.

Al final del histórico meeting, el ex dictador le pregunta al embajador si está cómodo en la ciudad, a lo que el sanjuanino le responde que está abrumado por el cambio. Inmediatamente, Stalin ordena que le entreguen a Bravo una casa de campo o “dacha” en ruso. En la pared de la dacha hay una placa alusiva al gesto, fechada el 15 de febrero de 1953.

Menos de un mes después, el 5 de marzo de 1953, Iósif Stalin muere, convirtiendo al sanjuanino en el único latinoamericano que logra entrevistarse con Stalin y el último embajador en verlo con vida.

Intentos

En la era kirchnerista, Leopoldo Bravo hijo se asienta en Rusia, la tierra donde pasó su infancia, pero ahora convertido en embajador y con su propia familia (ya vivían allí porque el sanjuanino era  encargado de negocios de la Embajada). Cuida la dacha como propia. Más allá de que el terreno de unos 5.000 metros cuadrados está valuado en unos 25 millones de euros, la propiedad alcanza un valor simbólico especial para los Bravo. La utilizan con frecuencia para festejar días patrios y para reunir a amigos y a la diplomacia del Mercosur.

Cuando en 2007 la UPDK –el organismo oficial ruso encargado de administrar los inmuebles con destino diplomático- le comunica a Bravo que la cesión de la propiedad caduca en 2017, que pedían el desalojo y que iniciaban inspecciones, Bravo encabeza gestiones para evitar la devolución, en una tarea complicada porque durante el régimen comunista no se estilaba firmar documentos. Fue una de sus misiones centrales antes de morir de cáncer estando en funciones, en octubre de 2010. Las inspecciones cesaron, pero quién sabe qué suceda cuando venza el plazo en 10 años más.

Laura recuerda que Polo hacía personalmente los asados y que pasaron ratos inolvidables en esa casona, enclavada en un bosque de abedules y rodeada de palacetes levantados por los ricos en esa exclusiva zona que bordea el río Moscú. La viuda de Bravo se alegra al saber que la propiedad sigue siendo argentina, según cuenta la revista de tirada nacional, que muestra con fotos un ágape ofrecido a argentinos y retrata la intimidad de la dacha, donde aún flamea la bandera blanquiceleste y se conservan lustrosos los bustos de Perón y Stalin, testigos mudos de 60 años de historia bajo esa madera pintada de verde.
 

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