La relación entre Estados Unidos e Irán atraviesa uno de sus momentos más delicados en años. En un contexto de creciente desconfianza y advertencias cruzadas, la administración norteamericana avanzó con un refuerzo militar de gran escala en Medio Oriente, el más significativo de los últimos veinte años, con el objetivo de frenar posibles acciones del régimen iraní o estar en condiciones de responder de manera inmediata.
El punto más alto de esta ofensiva estratégica se alcanzó a mediados de febrero de 2026, cuando Washington terminó de posicionar recursos clave en zonas consideradas sensibles para la seguridad regional, como el Golfo Pérsico, el Mar Rojo y el Mediterráneo oriental. Se trata de un entramado de fuerzas pensado para operar de manera coordinada en aire, mar y tierra.
El movimiento incluyó una intensa actividad logística. En pocas semanas se multiplicaron los vuelos militares hacia bases aliadas en Arabia Saudita, Qatar y Yibuti, con aviones de transporte pesado que trasladaron personal, equipamiento y suministros. A este puente aéreo se sumó una fuerte presencia naval, con dos portaaviones desplegados en áreas estratégicas, acompañados por destructores de última generación y un submarino con capacidad nuclear.
En paralelo, la aviación de combate estadounidense reforzó su presencia en la región. Cazas de distintos modelos y aeronaves de ataque quedaron concentrados en bases de Jordania y los Emiratos Árabes Unidos, mientras que aviones especializados en inteligencia y guerra electrónica comenzaron a monitorear de forma permanente las comunicaciones y posibles movimientos vinculados a actividades nucleares.
Del lado iraní, la reacción no tardó en llegar. Durante ejercicios militares realizados en el Estrecho de Ormuz, un paso clave para el comercio energético mundial, la Guardia Revolucionaria ensayó un nuevo sistema de defensa aérea de largo alcance, capaz de ser lanzado desde buques y diseñado para interceptar aviones y misiles. El mensaje fue claro: Teherán busca mostrar capacidad de respuesta ante cualquier eventual ataque.
Este escenario militar se desarrolla en paralelo a una negociación política cargada de presión. El presidente estadounidense lanzó un ultimátum público y fijó un plazo acotado para alcanzar un nuevo acuerdo nuclear que, además, imponga límites estrictos al programa de misiles iraní. De no concretarse, advirtió sobre consecuencias graves.
Desde Irán, el canciller aseguró que presentará en breve una propuesta formal, aunque en Washington el clima es de máxima cautela. Los servicios de inteligencia mantienen opciones militares activas, con el antecedente reciente de bombardeos a instalaciones nucleares iraníes durante el último conflicto con Israel todavía fresco en la memoria. La cuenta regresiva ya empezó y la tensión en la región sigue en aumento.