El renacer de Lihue: de las sombras de la calle a ser el 'sanjuanino de los hongos' y referente de las barras
Tiene 24 años, vive en Rivadavia y divide sus días entre entrenamientos a las 5 de la mañana y el emprendimiento de hongos gourmet. Tras superar años de adicciones, hoy apuesta a la simbiosis entre el deporte y la producción orgánica. Su historia.
La historia de Lihue Luna no se puede contar sin hablar de las barras de las plazas y del silencio húmedo de un invernadero. A sus 24 años, el sanjuanino oriundo de Rivadavia, camina con la seguridad de quien ya conoce el peso de sus propios errores y la fuerza de sus músculos. Para él, la calistenia no empezó como un hobby de gimnasio, sino como un hábito que apareció hace casi una década, justo antes de que el mundo de las adicciones lo empujara a una caída libre que parecía no tener fondo. Entre subidas y bajadas personales, Lihue experimentó lo que él llama "tocar el barro", una etapa de calle y consumo donde el deporte fue lo único que quedó en pie como un cable a tierra, un recordatorio de que siempre se puede volver a uno mismo. El renacer: su historia de superación y deporte.
Tras pasar años entrenando en la soledad de su casa y luego en el Parque de Rivadavia, Lihue entendió que la disciplina es un proceso y que estaba dispuesto a atravesarlo. Esa mentalidad de hierro lo llevó a ser hoy una de las figuras más marcadas de la calistenia sanjuanina.
Sobre cuál es el secreto de su receta, afirmó: "Me levanto a las 5 de la mañana para aprovechar el silencio de la casa de mi familia, estudio, monitoreo los cultivos y luego entreno en ayunas hasta pasado el mediodía, manteniendo una dieta sin harinas ni alcohol". Aunque parece fácil aplicarlo, dijo que ese compromiso y disciplina fue el que lo sacó de la "joda" y lo puso a competir contra sus propios límites.
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Pero mientras su cuerpo se fortalece, su mente se refugia en la tierra. De sus años trabajando en las feria de Capital y Rivadavia, cargando cajones de verduras y tratando con productores, nació una curiosidad que terminó en simbiosis. Lihue aplicó sus conocimientos de un paso breve por Ingeniería Agrónoma para montar su propio emprendimiento de producción de hongos comestibles y gourmet. En un rincón sectorizado de su casa, maneja incubadoras y un invernadero donde inocula genética en sustratos orgánicos y transforma residuos agrícolas. Para él, cultivar estos hongos sapófitos es un espejo de su propia vida: ambos necesitan un entorno cuidado y paciencia para florecer desde la oscuridad.
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Hoy, Lihue divide sus horas entre el trabajo en eventos los fines de semana para capitalizar su proyecto y la atención constante a sus "niñas", como llama a sus cultivos, especialmente en el duro verano sanjuanino donde los 40 grados amenazan la producción. A pesar de definirse como alguien un poco asocial que valora el silencio, cuando habla de sus hongos o de la calistenia, la pasión se le escapa en cada palabra técnica cuando le toca contar de qué vive. Su vida es un equilibrio constante entre el esfuerzo físico extremo y la delicadeza de una espora que crece. Historia de superación, equilibrio y resiliencia pura.