Son las 14:15 de un lunes laboral, razón que explica porqué la Praia da Barra está en condiciones habitables. Aún así, ante una jornada tan apetecible, un puñado de suertudos pudieron hacerse la famosa escapada. Algunos llegaron en grupos. Otros con algún amigo. Pero la gran mayoría arribó en soledad. El común denominador: nadie se mete al agua.
En lugar de refrescarse en el mar, tomar sol o caminar, aparecen las pelotas. A lo largo de la orilla, se forman dúos, tríos, cuartetos o quintetos. Y empieza el juego.
Caetano tiene 21 años. Es flaco y relativamente alto, con una de esas sonrisas que portan aquellos dichosos de la vida. Trabaja como cocinero en el restaurante de su madre en Leblon y quiere ser agricultor. Mientras tanto, sólo conoce una manera de pasar su tiempo libre: "Siempre que puedo, vengo a la playa para jugar al Altinha”.
Si bien ciertos artículos datan el nacimiento del Altinha en la década del ’60 (precisamente, en las arenas de Río de Janeiro), todos concluyen en que su masificación ha ocurrido en los últimos 15 años: "Antes se jugaba más al Futvóley, pero hoy el Altinha es mucho más popular” opina Caetano, en un español bastante respetable para un carioca.
Contrario a la opinión que se podría formular luego de una observación inicial, el Altinha no se traduce al típico "que no se caiga”, que puede ser encontrado en cualquier playa de nuestro país. Si bien la idea madre del juego consiste en mantener la pelota en el aire, otros factores deben ser tenidos en cuenta.
"Hay que tratar de pegarle cortado a la pelota, tocándola con cualquier parte del cuerpo menos la mano y los brazos. Se pueden hacer trucos, pero yo prefiero hacerlos sólo si es necesario” manifiesta Caetano, tras finalizar una sesión de Altinha que duró poco más de media hora. ¿Los nombres de sus dos compañeros? Nunca los supo.
Fabio caminaba por la orilla del mar, dudando entre un chapuzón y una cerveza (los dilemas de la vida). Su cerebro no llegó a decidir; casi sin querer, el músico de 26 primaveras irrumpió con el trío formado por Caetano, un moreno retacón y una mujer decididamente mayor que ambos. Ninguno dijo una palabra. Apenas un leve movimiento de cabeza en sentido afirmativo alcanzó. Fabio ya era parte.
Allí radica la principal belleza del Altinha. Se trata de un juego inclusivo, tanto para distintas edades, razas y hasta sexos. Tampoco hace falta ser un dotado: el grupo no discrimina
contra nadie. Un cruce de miradas, a lo sumo un expectante "¿vai levantar?” es todo lo que se necesita. Por un rato, el tiempo que sea, son todos iguales.
La pelota vuela por el aire, encontrándose con pies, cabezas, hombros, pechos, frentes, rodillas, tacos y -para los más aventurados- espaldas. A veces durante un par de segundos, otras durante minutos y en ocasiones parece como si nunca se fuese a caer. Pero siempre se cae y, en un instante, el juego termina.
Luego de una purificadora zambullida entre las olas, Caetano y Fabio charlan entre sí. Se cuentan cosas de sus vidas, indagan por conocidos de uno y de otro. Caetano plantea que no le interesa el fútbol y que sólo juega si sus amigos le piden. Fabio retruca que prefiere jugar al fútbol, pero que también le gusta el Altinha.
La conversación no toca temas particularmente diversos. La playa, la ciudad, el trabajo y el ‘Alta’ (abreviatura). Caetano destaca el aumento en la cantidad de chicas que participan del juego. "Hay mujeres que juegan para mostrarse, pero también hay muchas que juegan realmente bien”. Al igual que cuando caminaba por la orilla y decidió sumarse, Fabio asiente con la cabeza.
Ninguno parece tener idea de que su ciudad es anfitriona de los Juegos Olímpicos. Recién en los intercambios finales, Caetano se anima. Como si lo estuviese planeando desde hace rato, exclama -sonrisa de por medio-: "Si Altinha fuese deporte olímpico, iría a las pruebas a ver si quedo en el equipo. Seguro nos llevamos el oro”.