El fútbol tendrá esta noche otra
oportunidad de probar eso de que los extremos se unen. Es que el partido entre
Argentina y Panamá por la Copa América juntará en el estadio Soldier Field de
esta ciudad a la selección mejor cotizada del torneo con la que menos vale: 528
millones de euros contra apenas 8, según el cálculo realizado por el sitio
especializado transfermarkt.es. Deporte igualador como pocos, el juego puede
ser una ocasión para que el débil voltee al gigante y haga historia; nunca una
selección centroamericana venció a la Argentina.
A esa tarea se abocarán futbolistas que juegan en ligas
menores: ninguno de los titulares lo hace en Europa, por ejemplo. De todos
ellos, el más conocido fuera de las fronteras de Panamá es Blas Pérez. A los 35
años, el delantero forma parte ahora de la Major League Soccer de este país con
la camiseta de Vancouver Whitecaps; se trata del club número 15 en su carrera
profesional, desparramados por tres continentes.
El Súper Ratón, como lo conocen en su país, se hizo fama
como delantero después de haber empezado su carrera juvenil como arquero.
"Era malo, sí", le contó su historia a la agencia EFE. Pero cuando
fue creciendo escaló en la cancha hasta convertirse en goleador. Y referente:
más de 100 partidos y 41 goles en la selección le dieron un lugar de
privilegio.
Pérez lavó autos antes de ser jugador. De origen humilde, su
carrera tuvo hitos como salir goleador de la Copa Libertadores 2007, jugando
para Deportivo Cúcuta (Colombia). Entre ese equipo -que ahora está en Segunda-
y a Árabe Unido de su país, donde se inició, dice que pasará su última
temporada, ahora que se acerca al retiro.
Pero antes tiene ante sí la posibilidad de ayudar a su
selección a buscar una medalla única: ganarle a la Argentina. Para Bolillo
Gómez, el veterano entrenador colombiano que conduce a Panamá, Pérez "es
líder adentro y afuera de la cancha". Él, autor de los dos goles a Bolivia
en el debut en la Copa, agradece. A Dios, dice siempre, a su madre y sus hijos.
Cuando se saca la camiseta, a Pérez se lo puede leer a través de sus más de sus
30 tatuajes: sus padres conviven allí con alusiones religiosas y nacionales.
Suele dedicar sus goles al Blas Pérez original; a ese le
decían Toro. Desde que su papá falleció, hace dos años, el Súper Ratón dibuja
unos cuernitos por encima de su cabeza en los festejos de los goles. Hoy,
asegura, le importa más dar un batacazo que hacer un gol. No acepta el cómodo
papel del que es inferior, asegura que va a luchar: "Soy un guerrero
adentro de la cancha", se define.
La historia de Pérez y sus tatuajes