Por Jorge Balmaceda Bucci
No fue ni de lejos un gran partido el que firmó Lionel Messi en su primera presentación en San Juan, pero eso no evitó que en los 62 minutos que estuvo presente en el encuentro ante Honduras dejara en evidencia porqué es calificado como el mejor jugador del mundo. Gambetas delicadas y precisas, con y sin el balón en sus pies, y una milimétrica pegada lo avalaron en el Bicentenario.
Empezó el choque pegadito a la banda derecha, con el traje del win derecho del balompié de antaño. Pero como su apasionada asociación con el esférico no terminaba de aparecer, fue metiéndose en el campo hasta pararse entre las líneas del medio y la ofensiva. Allí se sintió más cómodo, tomó más protagonismo y repartió juego para sus compañeros.
El manejo de los tiempos que interpreta a la perfección solo fue frenado con faltas, bastante reiteradas principalmente en el primer capítulo del encuentro, donde, entre otras acciones, se hizo un hueco para asistir a Marcos Rojo y cerca estuvo de batir al meta rival -su zurdazo se encontró con el cuerpo de un defensor hondureño cuando llevaba destino de red-.
Tras el descanso se lo vio un poco más animado, con remarcada sed de poner más tierra de por medio entre el casillero de ambas selecciones. Una prueba de ello fue el enojo que demostró cuando sobre el minuto 50 perdió una pelota en el borde del área. La siguió pidiendo, daba la sensación que en cualquier momento la magia terminaría con la pelota dentro del arco de enfrente, pero una desafortunada acción en un contragolpe argentino, en la que conectó con el Pipa Higuaín con un delicioso taco, se llevó un duro golpe en la zona lumbar que lo terminó sacando del partido.
Los sanjuaninos lo ovacionar cuando escucharon la alineación inicial y también lo envolvieron en aplausos cuando vieron que, en el minuto 62', no volvería al terreno de juego porque le dolía mucho. La cinta de capitán se la dejó a Mascherano. La Pulga aprobó, como prácticamente siempre lo hace, cuando hay una pelota rodando entre sus pies.