Argentina: corazón olímpico

En semifinales, le ganó a México por 78 a 70 y se aseguró una de las plazas; esta noche, a las 22.30 buscará el primer lugar del torneo ante Venezuela; Ginóbili estuvo en la tribuna y festejó el triunfo.
sábado, 12 de septiembre de 2015 · 10:18
El Palacio de los Deportes que había bramado contra ellos acabó admirando a esos gladiadores deportivos. Doce jugadores que saltaban, cantaban y se abrazaban por un logro que tiempo atrás parecía poco factible, pero que ellos alcanzaron dando más que lo esperado, demostrando que tenían más que lo esperado. El peso de los lauros de la Generación Dorada sobre sus espaldas, la incertidumbre sobre de cuánto eran capaces, la obligación de no retroceder con una bandera que lleva más de una década en el podio del ranking mundial. Todo eso presionaba. Y ellos se bancaron todo. Demostraron que son buenos de verdad, que la camiseta no les queda grande, que la sucesión está en buenos manos. Que aprendieron a amar y defender con uñas y dientes los colores que glorificaron los grandes del básquetbol argentino, recientes y de la historia lejana. Ese festejo con lágrimas les pertenece entero, pero alegra a cientos de miles, quizá millones, de compatriotas.

El seleccionado emocionó una vez más. En su batalla más importante del torneo FIBA Américas, la semifinal, sacó lo mejor de sí, se impuso y se sobrepuso a México y sus rugientes 17.500 hinchas, firmó un 78 a 70 y se clasificó para Río de Janeiro 2016, los cuartos Juegos Olímpicos consecutivos para el básquetbol albiceleste. Cuando en el futuro se repase las medallas, las cucardas y los trofeos del equipo nacional, no figurará este partido, porque no entregó un premio tangible. Pero vivirá en la memoria de los fanáticos que lo vieron, lo sufrieron y lo gozaron, y que se conmovieron por un nuevo hito de este representativo, el más admirado y exitoso de los últimos 15 años del país en deportes supercompetitivos.

Sobre el parquet, fajándose como si tuvieran 20 años, Luis Scola (18 puntos y 10 rebotes) y Chapu Nocioni (10 puntos y 13 rebotes), que jugaron los 40 minutos. Desde una platea, alentando, Manu Ginóbili. A lo lejos, pero acompañando con mensajes por las redes sociales, Carlos Delfino, Alejandro Montecchia, Gabriel Fernández. La Generación Dorada no dejó solos a los chicos. No se vanaglorió en el egoísmo de exaltar sus conquistas contrastándolas con una aridez posterior. Se comprometió con la causa del conjunto nacional. Le enseñó a la posteridad que, más allá de ser favorecido o perjudicado por el azar de la genética, hay una forma de hacer las cosas para maximizar las posibilidades de triunfo y minimizar las de derrota. Compromiso, seriedad, respeto, entrega, colectivismo. Todos para uno y uno para todos.

Y los jóvenes miraron, escucharon, entendieron, asimilaron y actuaron. En la cancha y fuera de ella empezaron a parecerse a Scola, a Nocioni. A entregar todo cuando la pelota está en juego, y a ser responsables cuando hay que entrenarse, descansar, alimentarse, declarar. Cada uno con su estilo, y sin por eso ser robots. Pueden divertirse con sus videos Facundo Campazzo (que ayer hizo 15 puntos dio 8 asistencias) y Nicolás Laprovittola. Pueden bromear entre sí Patricio Garino, Gabriel Deck, Tayavek Gallizzi, Nicolás Brussino. Pueden ser como son Selem Safar, Leonardo Mainoldi, Nicolás Richotti, Marcos Delía. Si así, entre todos, alcanzaron la gran meta de 2015: ser olímpicos. Ser olímpico el seleccionado, más que ellos mismos.

Soportaron un mal comienzo y doblegaron a Puerto Rico, que parecía más que ellos. Se blindaron ante los pronósticos y patearon el tablero sometiendo al Canadá de los nueve jugadores de NBA, teniendo seis de Liga Nacional. Superaron a los que debían superar: Cuba, Venezuela, Panamá, Uruguay, Dominicana. Cayeron frente a México, es cierto. Ganaban por 15, perdieron por 12, en un desenlace de ebullición que no supieron domar y que abrió dudas sobre su carácter. Ganando, en la crucial semi les tocaba Venezuela: accesible. Perdiendo, de nuevo el anfitrión con la furia de sus aficionados. ¿Era capaz este plantel de soportar la presión gigantesca de un público ensordecedor que parecía querer guillotinar a cada uno de los doce?

La respuesta apareció 48 horas más tarde. Y contundente. En el mismo contexto, pero ya sin la red de contención de poder perder casi indoloramente. El que salía con la cabeza gacha se alejaba de los cinco anillos olímpicos y era desterrado al agujero negro de un repechaje minado de poderosos rivales y con un solo bocado por repartir entre seis hambrientos seleccionados. Y Scola comandó. Nocioni contagió. Campazzo guapeó. Laprovittola pensó. Garino corajeó. Safar embocó. Mainoldi disparó. Y cada uno del resto defendió, cumplió, contribuyó. Salieron enteros de ese coliseo de pulgares hacia abajo. No los devoraron los leones; ellos terminaron siendo los leones.

Lo que vinieron a buscar en México ya está entre sus manos. Las retinas, las fotos y los videos les conservarán ese momento eterno de la euforia que se ganaron a puro básquetbol y pura garra. No hubo podio, no hubo himno ni pabellón en alto. Eso quedará para hoy, cuando disputen el cetro continental contra Venezuela. De nuevo Venezuela, el que asusta con sus goleadas y sus nueve piezas de la mejor liga del planeta. El mismo que ya cayó derrotado por la sucesión de la Generación Dorada. Ésa que hoy, a las 22.30, irá por el trofeo americano, por supuesto. Pero que ya tiene sacado, con casi un año de anticipación, su pasaje a Río de Janeiro. Tierra hostil para los equipos celestes y blancos, ciertamente. Pero no más que ese feroz Palacio de los Deportes al que 12 valientes y un cuerpo técnico supieron domesticar.

Comentarios