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Columna

La belleza congelada y la crueldad desatada

Ante las postales invernales que nos interpelan por su hermosura, la insensibilidad gubernamental. El camino que se nos presenta como alternativa humana.

Por Redacción Tiempo de San Juan

Por Eduardo Camus

Fotos de viñedos cubiertos de escarcha, árboles vestidos de blanco, cascadas detenidas en el aire como esculturas de hielo. Este invierno está dejando imágenes que cortan la respiración por su belleza. Podrían ser postales para la memoria colectiva, instantes únicos de una estación que invita a la contemplación, al refugio compartido, al calor humano. Pero no. Lo que debería ser una temporada de asombro y encuentro, se ha convertido en un escenario cruel, hostil, en una trampa helada donde el frío no es solo climático, sino político. “No tienen corazón, sino una piedra”, escuché hace unos días por Rawson. La Casa Rosada no promueve una política de gobierno, sino una política de deshumanización. Aunque tengamos la sensación de que siempre estamos hablando de lo mismo y eso canse, decirlo es necesario: estamos ante un régimen que ha hecho de la crueldad su marca y su estrategia.

Javier Milei no oculta ni disimula su desprecio por los sectores populares. Todo lo contrario. Se autoproclama "cruel" y lo hace con orgullo. En entrevistas, conferencias y actos, celebra esa condición como si fuese una virtud. Lo suyo no es una gestión económica dura ni un ajuste inevitable. Es un ataque planificado a los más vulnerables, una demolición ética y material del entramado social que sostenía, con dificultades, a millones de argentinos. Con un solo fin: saquear los recursos naturales, humanos y culturales de nuestro país.

El invierno puso en evidencia la profundidad del desastre. La falta de gas en todo el país no fue solo una falla logística: fue una decisión política. Mientras empresas energéticas se enriquecen con la desregulación y el festival de ganancias extraordinarias, miles de familias en las provincias –como San Juan– no pueden prender una estufa. La garrafa, que ya era una carga pesada, se volvió inaccesible. Su precio se liberó como si fuera un artículo de lujo, como si el calor no fuera un derecho elemental en pleno siglo XXI. ¿Qué puede explicar semejante decisión, sino el odio de clase y la desconexión absoluta con la realidad de quienes viven con lo justo?

Y como si eso no bastara, el gobierno frenó las obras del Gasoducto Néstor Kirchner, una infraestructura clave que permitiría ampliar el acceso a la red y abaratar el costo de la energía para millones. No es que no puedan, es que no quieren. Porque el objetivo no es resolver el problema, sino conservarlo como excusa para destruir lo que se construyó antes. A eso se suma el fallo escandaloso de la jueza Preska en Nueva York, que pone a YPF en manos de los buitres. Un fallo que se festeja en silencio en los pasillos del poder libertario, porque encaja perfecto en su lógica de entrega, privatización y coloniaje. Todo con el aplauso de quienes deberían defender los intereses nacionales.

No se trata de errores, ni de un plan que aún no muestra resultados. Se trata de una ideología que niega el Estado, los derechos, la justicia social. Y esa ideología necesita voceros, necesita una narrativa que la sostenga, aunque sea con mentiras y cinismo. El principal arquitecto de esa batalla cultural se llama Nicolás Márquez, un personaje oscuro, autor de libros de ultraderecha, defensor de dictaduras y conspiraciones, y denunciado por su propia hija por abuso. Ese es el hombre que le da letra a Milei, que lo guía en su cruzada contra los valores democráticos, contra el feminismo, contra la memoria, contra todo lo que huela a justicia o igualdad. Su influencia no es menor: está detrás del discurso que demoniza a los pobres, que ataca a la educación pública y que promueve una sociedad sin vínculos ni comunidad. Te pido por favor que lo googles: Nicolás Márquez. A estos monstruos nos enfrentamos.

Frente a este panorama, no alcanza con indignarse. No podemos esperar que el péndulo vuelva solo, ni refugiarnos en la nostalgia o la crítica cómoda. Es tiempo de militar, de organizar, de disputar. No hay margen para la pasividad ni espacio para el derrotismo. El dolor social es demasiado profundo como para mirar para otro lado. La política, en su sentido más noble, tiene que volver a ser una herramienta de esperanza y transformación. Por eso, es urgente fortalecer la militancia, recuperar la mística y el sentido de propósito. Estar donde duele. Esta realidad nos duele y hay que cambiarla.

En primer lugar, tenemos que consolidar una oposición frontal a este régimen, sin titubeos ni falsos moderados. No se trata de oponerse por oponerse, sino de marcar con claridad los límites éticos que este gobierno ha cruzado desde el primer día. No hay diálogo posible con quien celebra el sufrimiento ajeno. No hay negociación con quien gobierna para destruir. Ser oposición es poner el cuerpo, la voz, las ideas, frente a cada injusticia. Es frenar el avance del odio con organización. Y es también animarse a decir lo que muchos callan: este gobierno no es democrático en sus prácticas ni en sus fines. Se viste de institucionalidad mientras dinamita derechos fundamentales.

Y para que esa oposición tenga fuerza, tiene que tener también coherencia interna. No hay más lugar para los Kuider o los Insaurralde. No se puede cagar más al peronismo por guita. No hay épica posible si seguimos cargando con quienes nos usan para llegar al poder y después se venden al mejor postor. La dignidad no es negociable. Siempre es bueno recordar cómo le contestó Perón a Braden cuando lo acusó de populista y corrupto: “En mi país, el que hace eso se lo llama hijo de puta”. No estamos en tiempos de tolerar traiciones. El pueblo está demasiado golpeado como para bancarse una dirigencia que lo usa, lo defrauda y después pide perdón desde un yate.

En segundo lugar, es momento de construir nuevas vocerías y referencias que estén a la altura del desafío histórico. Vocerías que no especulen, que no se den vuelta por un cargo ni por un negocio. El pueblo trabajador necesita dirigentes que no lo traicionen, que no levanten la bandera de la justicia social en campaña y la archiven en el despacho. El peronismo debe ser el espacio donde se representa con orgullo a los y las trabajadoras, a quienes no llegan a fin de mes, a quienes hoy no pueden comprar comida sin endeudarse. Esa representación no puede ser simbólica: tiene que ser política, real, con propuestas claras y presencia concreta en cada conflicto.

Y, finalmente, debemos reconstruir una política humanizadora, con gestos de solidaridad y cercanía. En tiempos de individualismo feroz y propaganda del sálvese quien pueda, los actos de ternura, de comunidad, de cuidado colectivo, son profundamente revolucionarios. Una olla popular, un abrigo compartido, las brigadas solidarias, son pequeñas grandes trincheras desde donde se defiende la vida digna. El peronismo nació para eso: para dignificar al ser humano, para poner al último en el centro. No podemos abandonar esa misión histórica. Tenemos que estar nosotros, con la convicción de que la política tiene sentido si sirve para mejorar la vida del pueblo.

El invierno puede ser bello, sí. Pero más bella será la primavera que vendrá si no nos rendimos. Si militamos cada día por un país que vuelva a abrazar a los que más sufren. Que no los castigue por nacer en la pobreza, que no los condene a morir de frío o de tristeza. Si no lo hace el peronismo, ¿quién lo va a hacer?

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