“Hemos asistido una gran cantidad de partos, de mujeres embarazadas que vivían en un ranchito al pie del cerro y hasta allí llegamos para traer las criaturas al mundo”, explica el protagonista que señala que no siempre las emergencias son por motivos buenos sino también por acontecimientos verdaderamente devastadores. “Al tener la Ruta 40 Sur dentro de nuestro radio, hemos sido testigos de muchas tragedias, algunas que nos marcaron para siempre”, relata.

Con un enfermero como compañero de equipo, ‘El Viejo’ -como lo suelen llamar- trabaja guardias completas de 24 horas y, mientras hace base en el Hospital Cantoni, aguarda por el llamado de auxilio. Preparados para ese momento, cuando tienen la señal de alerta, Torres y su acompañante salen al rescate de inmediato. De repente, la adrenalina se apodera de sus cuerpos al mismo tiempo que deben regular sus emociones para actuar con profesionalismo. Y aunque su cargo es el de comandar una ambulancia, muchas veces se disfraza de asistente de enfermero y colabora, si el contexto lo necesita. “Un poco de todo hago, si la situación lo requiere”, dice.
“Yo no soy de los locos que encienden la sirena por cualquier cosa, ni que van a gran velocidad sin importar el resto. En este tipo de circunstancias, el tiempo es oro y hay que cuidarlo. De nada sirve que me vuelva loco, si al final puedo chocar y la asistencia nunca llega. Hay que ser conscientes de eso, estar tranquilos para ser útiles. Me pusieron para ayudar, no para complicar”, argumenta y confiesa: “La gente desborda de ansiedad y está esperando que llegue Dios y nosotros somos simples seres humanos que vamos a colaborar”.
En algunas ocasiones, el personaje de la nota detalla que no tiene sentido apurarse sin pensar en las consecuencias que una mala maniobra puede desatar. “Lo importante es llegar, no llegar primero. Lo ideal sería que llegáramos primero, pero en verdad llegamos tarde, porque siempre es tarde cuando una vida pende de un hilo. Soy un eslabón para que quien necesitar ser asistido llegue bien al hospital y no que llegue mal. Prefiero no encender la sirena porque eso al que va adentro le perturba, tampoco de andar rápido y llegar en 5 minutos, si en la guardia del hospital se demoran 10 para recibirlo. Quizás lo que para mí era urgente, para el hospital no lo es o tiene otras tantas cuestiones a las que debe atender”, advierte.

Lo más duro
Ricardo comenta que de tantas historias que ha vivido al volante de la ambulancia, podría escribir un libro entero de anécdotas; algunas de ellas muy tristes que lo tocaron de cerca como cuando por obra del destino impidió que su colega encarnara lo que ningún padre quiere. “Un día, un compañero me pidió cambiar de turno porque le había surgido un compromiso. Me organicé y le dije que sí. Llegué a las 7 de la mañana a la Guardia del hospital y 20 minutos después entró el requerimiento por un accidente en la ruta”, cuenta. Corría el año 2010 y, sin saberlo, se aproximaba al trágico siniestro vial que se cobró la vida de cinco jóvenes, una de las tragedias viales más duras de la historia.
Un automóvil había impactado contra el acoplado de un camión y ninguno de los pasajeros que viajaban en el Ford Escort había sobrevivido. Cuando llegó al lugar, todavía oscuro por el invierno de agosto, halló la desolación. “Fuimos los primeros en llegar y nos encontramos la peor escena que alguien pueda imaginar. Los cuerpos estaban destrozados y sus partes dispersas por todos lados. La gente con experiencia, como bomberos, paraba de trabajar para vomitar. Era una carnicería, un horror”, recuerda.
Sin más que hacer por el fatal desenlace, esperó con el enfermero a un costado de la ruta y mientras lo hacían vio pasar corriendo a su compañero, a ese que le había hecho el favor de cambiar la guardia. “Logré interceptarlo, estaba llorando y me decía ‘mi hijo, mi hijo, quiero ver a mi hijo, déjame pasar, Ricardo’. Lo paré justo porque iba a ver lo peor. Llegaba a ver eso y ese padre se moría”, asegura y sigue: “También lo conocía al chico, pero no lo había reconocido entre tanto desastre. Eso me marcó muchísimo y por algo el destino quiso que estuviera yo en su lugar, porque era su turno y hubiera asistido al accidente de su propio hijo”.
Otro de los hechos que caló hondo en Ricardo fue un incidente con consecuencias lamentables en el que una beba de dos años había sido atropellada por un auto en el Barrio Los Toneles, hace unos años atrás. “Llegué a la escena y encontré el pañal en medio de la calle. Me destruyó. Yo creo que lo más grave, lo que más me conmueve es la muerte de los niños. Actúo, pero después me da vuelta en la cabeza y me supera”, confiesa.
Una vez debió acudir a un domicilio en el que una menor de 10 años se había quitado la vida. “Era en un ranchito, la Policía no quería entrar. Lo hicimos nosotros con un compañero y vimos la escena, fue terrible. Todos creemos que estamos preparados para ver el horror, pero no. Qué habrá pasado por su cabeza para hacer eso, qué cosas habrá vivido. Me marcó mucho, la verdad porque son cosas que no puedo entender”, sostiene.
En otra oportunidad, el chofer narra que llegó al Quinto Cuartel para auxiliar a un nene que le había pasado un tractor por encima. Todavía vivo en la ambulancia y camino al hospital, recuerda que el chiquito no quería que le cortaran la campera porque era de su hermano. “Imagino el dolor que puede haber sentido en ese momento, pero lo único que le importaba era que no le rompiéramos la ropa de su hermano. Esa es una cuenta pendiente que tengo, debo llevarle una campera a ese niño que perdió a su hermano”, expresa.
Ayuda psicológica
Frente a tanta desgracia, Ricardo indica que su forma de sobrellevar esas situaciones traumáticas es refugiarse en su familia. “No es sencillo. Tras una situación extrema, me todo dos horas al menos para analizar lo sucedido y después hago un click”, detalla y aprovecha el momento para manifestar la necesidad de contar con apoyo psicológico: “Creo que es una materia pendiente, necesitamos esa ayuda”.

Creer o reventar
Expuesto a cualquier tipo de circunstancia, Ricardo también tiene memorias que se acercan a lo paranormal y es que, según cuenta, una vez presenció un acontecimiento que no olvidará jamás. “Una chica en moto había sido atropellada por un colectivo y su cuerpo había quedado bajo el micro. Estaba fallecida y no había más que hacer, solo esperar a que pudieran sacar sus restos. Al chofer del colectivo los familiares y vecinos lo querían matar y tuvo que intervenir hasta Infantería para controlar la situación”, relata y continúa: “Tratamos de sacarla y, cuando al fin pudimos quitarle la carrocería de encima, el equipo forense levantó el cuerpo y llegó un ventarrón descomunal que duró segundos. El tiempo estaba tranquilo y de la nada vino eso. Nos mirábamos entre todos, no podíamos creer. Fue justo ese instante que levantaron el cadáver. Creer o reventar. Hasta hoy no le encuentro explicación”.
Los compañeros que no olvida
Hace unos años, una ambulancia volcó y perdió dos compañeros, un chofer y una enfermera: Bienvenido Miranda y Bety Salas. Muy queridos en Pocito, conocidos ambos, murieron en un siniestro cuando regresaban al hospital después de haber trasladado a un paciente a Capital. Un barrio lleva el nombre de la trabajadora de la salud y dos placas los recuerdan en el Hospital Cantoni. “Me marcó mucho, fue fatal. Siempre digo que tanto hizo él por otros y nadie pudo hacer nada por él, por tantas vidas que salvó y no pudieron salvarle la propia”, declara.
La vocación, la clave de todo
El conductor que representa esperanza para muchos, en contextos dramáticos, revela que es una persona creyente y dice: “Estoy convencido de que hay un ser superior y que, si uno hace el bien, eso de alguna forma vuelve. Mucha gente que está agradecida conmigo me pregunta qué puede hacer por mí y yo le respondo que rece por mí y por mi familia. No quiero nada más”. Emocionado y con lagrimas en sus ojos, el hombre que viste de ambo azul reconoce con voz quebrada que lo más valioso que tiene son su mujer y sus tres hijas.

Si bien admite que cualquiera no puede ser chofer de ambulancia, por lo duro que muchas veces representa la tarea, asegura que la clave para un buen desempeño es tener vocación. Sin ella, es imposible. “Más allá de estar preparados y de tener los conocimientos, quien maneja una ambulancia tiene que ser frío y pensar. Qué tengo yo, en particular, no lo sé. Lo que sí tenés que estar predispuesto a asumir muchas injusticias”, insiste y agrega: “Por ahí uno dice qué injusto, si este niño tenía toda una vida por delante. Por eso es necesaria la templanza para afrontar las situaciones adversas”.
Con el curso de los años, Ricardo reconoce que se acostumbró al desafío diario aunque también destaca que todo es posible porque está abierto al cambio y la evolución, por lo que manifiesta: “Si me equivoco, me gusta que me digan en qué para mejorar y ser eficiente. Llevo más de 28 años en la Salud Pública y esa es la manera de seguir adelante.
Acorde a lo expuesto por el conductor de urgencias, muchas veces arriba a escenarios donde ya no es necesaria su participación puesto que las víctimas fueron fatales, pero de igual modo se queda en caso de ser útil: “Cuando hay muertos, nuestro trabajo ya terminó y algunos se van. Sin embargo, en mi lugar, prefiero quedarme porque siempre un familiar de un fallecido se descompone y hay que socorrerlo. Eso es más bien humanitario y le tiene que nacer a uno”.
Para Ricardo, su trabajo es mucho más que cumplir un horario y estar disponible; es una entrega, un compromiso que decidió asumir y, a lo largo de los años, se afianzó aún más. No quiere premios ni ser reconocido por su labor. Poco tiempo le queda para el retiro, pues ya ha recorrido un largo camino. Por ello, para las próximas generaciones ofrece la enseñanza que su experiencia la demostró y cierra: “La vocación es vital, la vocación lo es todo".