De a poco se fueron vaciando los ranchos que a primera hora de esta mañana y desde hace más de 4 décadas eran Villa La Martita. En pocas horas, se convirtieron en escombros y con ellos se fueron años de miseria y desesperación para 47 familias que hoy pueden empezar una vida nueva, bajo un techo digno. Antes de que pasara la topadora, Noemí Figueroa y Daiana Romero contaron sus historias.
A Daiana se le mezclaban los sentimientos porque ella, con 22 años, no conocía otra morada más que ese cuartito de cuatro por dos donde nació, ya que sus padres fueron de los primeros en llegar a la villa La Martita. Ahí se crió, bajo el techo de cañas que vio lloverse muchas veces, y allí mismo ella se quedó y formó su familia, cuando murieron sus padres. Por eso le dio nostalgia dejar esos muros que fueron su cuna; pero a la vez, viendo sus dos nenas, se alegró poder darles una casa con paredes y techo de material. “La voy a poner linda apenas llegue”, contó mientras recorría por última vez la piecita llena de tierra.
Noemí, en cambio, llegó hace 4 años a vivir junto a su sobrina y los hijos de esta última, a una de las precarias casas de La Martita, para darse una oportunidad. En ese asentamiento rodeado del verde de Médano de Oro, muchos paraban la olla con lo que sacaban del trabajo en las fincas de la zona y pensaban volver desde la nueva casa a aprovechar la temporada de cosecha que empieza en estos días. “No puedo expresar lo emocionada que estoy”, dijo Noemí lagrimeando. Y posó para la foto luego con una sonrisa de oreja a oreja.
Luego de los camiones repletos de muebles, perros y alguna que otra gallina, pasaron las topadoras. Y el polvo fue la última postal de Villa La Martita.