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Tradición de familia

Arminda, la artesana más buscada de Barreal

Sus prendas tejidas a telar son requeridas desde Mendoza, y no hay turista porteño que no quiera llevarse algo de ella al salir del valle. Dijo que aprendió de su mamá y ésta de su abuela. Una tradición sin tiempo. Por Viviana Pastor

Por Redacción Tiempo de San Juan
En la avenida de Los Sauces, un callejón de tierra donde estos árboles centenarios, en hilera perfecta, dividen la calle en dos, vive Arminda Suárez, la tejedora a telar más requerida de Barreal. En el fondo de su casa Arminda tiene su telar criollo, de unos 2,5 metros de largo por 2 de ancho, donde con destreza intenta explicar cómo se trenza la lana de oveja, que es la que ella más usa, para lograr esas exquisitas colchas, ponchos y alforjas multicolores, nada se resiste a sus manos. 

"Mucha gente de Mendoza viene a buscar tejidos a mi casa, y el turismo que llega a Barreal, muchos de Buenos Aires, siempre vienen. Trato de tener algunas cosas para vender, chalinas, mantas, lo que sea”, contó Arminda.

Las artesanías tejidas son un ingreso importante en su casa, pero no tiene una cifra mensual estimada ya que las ventas son muy variables, al igual que la cantidad de prendas que realiza por mes. 

La mujer de 63 años contó que su madre le enseñó a tejer y ésta a su vez aprendió de su abuela, pasando así de madres a hijas el conocimiento de esta producción ancestral. Ahora son sus hijas las que aprenden para que esta tradición no se pierda. "De chiquita aprendí yo. Lo primero que hice fue hilar y a los 14 años hice mi primera prenda, un poncho de lana de guanaco. A esta altura ni me acuerdo cuantas cosas he tejido en todos estos años”, contó.

Junto al telar criollo había una rueca, la herramienta que permite hilar más rápido y que es también una obra casera realizada con una rueda de bicicleta y un pedal de máquina de coser antigua. Pero Arminda dice que prefiere no usarlo porque se estira mucho el hilo y el tejido queda un poco deforme, el mejor resultado se obtiene con el hilado a mano así que así lo hace ella.

Su materia prima es el vellón, la lana cruda de oveja con la que hace el hilado y que compra por la zona. "Hilar es lo que más cuesta y lo que lleva más tiempo, luego tejer es más rápido". Una vez que está lista la lana, se lava y se tiñe con cáscaras naturales o con anilina, según lo que quiera el cliente. 

"Lo que más pide la gente son chales, alforjas, peleros. Hay como un resurgimiento del telar, a la gente le gusta mucho esta artesanía pero había épocas en las que nadie compraba nada, ahora les ha dado el gusto… todo el mundo quiere tener un tejido artesanal", dijo Arminda. Los tejidos de esta barrealina sólo se pueden comprar en su casa, pero es fácil llegar y todo el mundo la conoce. Contó que la municipalidad le ofreció un stand para vender en el paseo de los artesanos que funciona en la plaza los fines de semana, pero nunca logra tener tejido en cantidad como para ir a ofrecer. "Trabajo sola y es mucho tiempo el que lleva una prenda, por ejemplo para hacer una alforja entre hilado y tejido no menos de una semana demoro y trabajando día y noche, porque de día se teje y de noche se hila", explicó.

También recibe trabajos a pedido, unos mendocinos le llevaron lana de llama para que tejiera una manta y otras cosas. El tejido de lana cruda sobre la mesa se siente sedoso al tacto y muy liviano y cálido. Si la lana fuera de ella, Arminda dijo que esa manta costaría unos $1.400.
La alforja, que sobresale con sus llamativos colores, puede costar $900 dependiendo del tamaño y los colores. Y advirtió que si se cobrara por día trabajado los productos serían muy caros y nadie compraría. "Quedan pocas tejedoras a telar, nadie quiere hilar porque es mucho trabajo y no se puede cobrar lo que realmente vale", dijo. 

En el living estaba el pequeño telar "de mesa”, donde se pueden tejer cosas chicas, como chalinas. Arminda dijo que la diferencia con el telar grande, el criollo, es que éste ocupa más lana pero se obtienen  mejores obras; en el de mesa se ocupa menos lana pero el tejido queda más blando y la diferencia es notoria.
Hace algunos años una fundación creó un grupo de mujeres tejedoras a telar del que participó Arminda, eran unas 15, pero muchas no sabían tejer. El Proyecto Doña Paula, de la Fundación Nuevo Sur no prosperó, sobre todo porque las chicas querían tener resultados rápidos "y esto requiere mucha paciencia y voluntad de trabajo".

"Hubo un tiempo en que el tejido estaba casi perdido, ahora ha revivido esta artesanía. En Mendoza quedan hilanderas y me traen mucha lana de allá. Por suerte hay mucha demanda de estos tejidos".

Arminda Suárez nació en Barreal pero pasó su infancia en Las Hornillas ya que su padre trabajaba en la finca de Álamo. A los 10 años volvió a Barreal para ir a la escuela.

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