Ese día estaba entre triste y feliz. Todavía extrañaba a la ‘Colorada’, la primera yegua que me dieron para hacer el cruce. Se había lastimado la pata derecha delantera y también el lomo, con lo que quedó fuera de servicio. La Colorada era un animal dócil y con buen ritmo, una belleza pelirroja y una gran compañera. A mitad de la travesía me dieron a Morena, era decidida y no me dejaba atrás, corría si tenía que correr aunque estuviera en la senda de La Honda, a 4.200 metros de altura en un cerro donde sólo entraban sus patas, a la izquierda la pared eterna del cerro y a la derecha el precipicio.
Al segundo día, su olor era mi olor, su lomo era mi descanso. Ella escuchaba mis charlas y asentía con la cabeza, a veces doblaba su aristocrático cuello y me miraba con aprobación. En vez de llamarla por su nombre le decía ‘mi vida’, y así lo sentía, mi suerte dependía de sus patas.
Ese viernes Morena estaba un poco nerviosa, tenía que sujetarle las riendas, quería llegar rápido a algún lado. Después de 4 horas de cabalgata no mostraba signos de cansancio. La bajada de La Honda fue tranquila hasta que vio el arroyo y se mandó por fuera de la senda para pasar a los que tenía adelante y llegar primero al agua. Siempre tenía sed.
Comenzaba el descenso por La Ventana, un cerro que tiene un estrecho pasaje de piedra que semeja una ventana por donde sólo pasa un animal. Allí el margen para maniobrar es escasísimo, pasada esa abertura hay que doblar rápido para no caer unos 300 o 400 metros.
Íbamos solas adelante, un gendarme había quedado arriba controlando una montura. En este punto es vital que el animal esté bien encinchado para no caer. Antes de entrar a La Ventana hay una curva y contracurva, Morena equivocó el sendero y pasó de largo derrapando en una pendiente de 45º de pura guijas (piedras lisas y pequeñas). Fueron dos o tres metros resbalando, y la eternidad. Más abajo nos esperaba Hades.
Pero la yegua clavó las 4 patas y quedó petrificada. Empezó a temblar con todo el cuerpo. No había tiempo de esperar ayuda, era reaccionar o caer no sé cuántos metros, no podía mirar. De arriba me llegó una voz que no era la de Dios: "Esa no era la huella”, era Federico Rosas, de 15 años, el expedicionario más chico del grupo y tan inexperimentado como yo. Por ese lado no vendría auxilio y estaba muy asustada para contestarle una ironía.
Me bajé rápido de la yegua pero era difícil mantenerse en pie por la pendiente y las piedras. Afirmando cada paso logré pasar por delante de Morena que seguía temblando, ahí pude ver el terror en sus ojos redondos y negros y pensé ‘nos salvamos las dos o no se salva ninguna’. Tomé la rienda de tiro, que es la que usan los arrieros para dominar el animal desde abajo, y no la solté. Subí los 3 o 4 metros que me separaban de la senda, respirando con dificultad y resbalando una y otra vez. Cuando llegué arriba, tiré de la rienda para hacer subir a Morena. Dio la vuelta y subió con la misma dificultad, luchando con las piedras con vocación de arenas movedizas.
Cuando estábamos arriba, sonó la voz del doctor Matías Espejo: "¿Te caíste?”. "No, derrapamos”, le contesté. "Bajá caminando Viviana”. Eso hice, tirando siempre a mi yegua de la rienda que me seguía el paso apurado por la escarpadísima bajada. La adrenalina me hubiera permitido correr. Fueron los 5 minutos más largos de mi vida.
Con el corazón que se nos escapaba en un suspiro, estábamos abajo. Acerqué a Morena al arroyo para que bebiera pero seguía tan shockeada como yo y no pudo tomar agua. Ya no temblaba, sólo me miraba entre agradecida y consternada. Volví a montar, quedaba una hora para llegar al refugio de Las Frías donde pasaríamos la última noche. Al otro día, el jefe de tropa me dijo que me darían otra yegua porque Morena tenía lastimado el lomo y no soportaría la montura. Me despedí de ella con un abrazo, no lloró ninguna de las dos. Me subí a la yegua nueva. No me dio ni para ponerle nombre.