Preocupación oficial en Rawson

El fuego invisible arrasa el Médano

Los incendios subterráneos ya afectaron a más de20 hectáreas de tierra sin cultivar; al menos cuatro personas sufrieron quemaduras; perjudicó a una escuela y el terraplén de varias calles; debieron sacrificar animales quemados y el humo se hace insoportable por las noches. Por Gustavo Martínez.
sábado, 07 de abril de 2012 · 09:54

Por Gustavo Martínez
gmartinezpuga@tiempodesanjuan.com

Como si en algún momento la tierra fuera a explotar en mil pedazos. Esa sensación es la que se vive en el Médano de Oro, Rawson, cuando se observan las chimeneas de humo que salen desde los campos, las calles y hasta de entre los cimientos de una casa que debió ser abandonada por su anciana propietaria. La zona afectada por los incendios subterráneos en esa tradicional zona agrícola sanjuanina supera las 20 hectáreas y ya provocó quemaduras en, al menos, cuatro personas  y daños graves en fincas, una escuela, caminos y al ambiente.

A simple vista el fuego no se ve. Pero se propaga constantemente por laberintos ubicados debajo de la superficie terrestre, a través de galerías subterráneas formadas por una turba de materia orgánica y oxígeno que propician las combustión (ver recuadro e infografía). Dos puntos claves fomentan esta situación: los incendios intencionales de campo que iniciaron el fuego. Y el hecho de que las napas freáticas bajaron desde la superficie –el Médano es una zona pantanosa-hasta más de 20 metros de profundidad, por lo que ahora el agua no está sobre la superficie y la tierra está seca.

Hay preocupación oficial por lo que está pasando y por lo que vendrá.
El municipio de Rawson se unió con Hidráulica y reciben la colaboración de Bomberos para tratar de combatir el avance del fuego, haciendo obras que permitan un riego a manto sobre las zonas en ebullición. “Es un problemón lo que tenemos. Hemos tenido que utilizar el agua de tres pozos y también la de regadío, para llevarla a inundar los lugares que se están quemando, porque es la única forma de apagar el fuego. Para hacer eso, hemos tenido que ir limpiando los canales de regadío con las máquinas y construir pasantes de agua hacia los lugares donde queríamos inundar”, explicó el intendente Juan Carlos Gioja. El personal del municipio está evaluando la zona afectada y estiman de 10 a 15 las hectáreas dañadas. Pero los vecinos del lugar dicen que son más de 20.

Por su parte, el director de Hidráulica, Jorge Millón, informó que “estamos protegiendo con agua los lugares incendiados”. Y dio una explicación oficial de por qué en esa zona bajó el nivel del agua (ver recuadro).

Mientras que los Bomberos acuden cuando el fuego amenaza con provocar daños en alguna propiedad y también colaboran con los vecinos haciendo zanjas alrededor de las mismas, lo que permite cortar el avance del fuego y evitar su propagación inundándolas con agua.
Pese a estas medidas, hasta ahora no lograron ponerle un freno definitivo al fuego. El tema es delicado porque trabajan a contrarreloj, debido a que el avance del otoño está terminando con las malezas verdes, las que al secarse se transformarán en una mayor cantidad de material de combustión para el fuego.

Malditos “quemaderos”
Yolanda García es madre de cuatro niños de entre 1 y 9 años. Ya tiene incorporado a sus tareas diarias el combatir el fuego que constantemente amenaza con llegar hasta su casa, ubicada en calle Labrador, entre 6 y 7: “Pusimos una bombita conectada a lo que antes era el surgente para extraer el agua y, con esta manguera, le vamos echando un chorrito de agua a los quemaderos”, explica la mujer.

Ella, como sus vecinos, llama “quemadero” a una especie de grietas por las cuales la tierra exhala el humo de su combustión interna. Pero el suyo es un trabajo de hormigas, ya que alrededor suyo la zona parece minada por la cantidad de “quemaderos”. Esos lugares son muy peligrosos, ya que las zonas quemadas son una especie de arena movediza: da la impresión de ser tierra firme, pero ante el menor peso se hunde.

La familia de Yolanda sufrió en carne propia esa trampa. En esa casa viven tres de las al menos cuatro personas que sufrieron quemaduras por los incendios subterráneos, según lo que pudo comprobar Tiempo de San Juan recorriendo la zona de mayor impacto. Una de esas víctimas es Martina, la hija de 9 años de Yolanda, a quien se le hundió la pierna derecha en un “quemadero” y sufrió quemaduras en la piel. Su suegra, Teresa Lillo, también resultó lastimada, en momentos que había ido a buscar huevos de gallina al campo y se hundió. Se quemó las manos y los pies. Y peor le fue a Remigio Navarro, el suegro de Yolanda, cuando fue a buscar los caballos caminando por un bordo, resbaló y cayó a la tierra quemada. Sus dos piernas quedaron metidas en la tierra ardiendo y aún hoy sufre las consecuencias en sus pies.

Otra niña, Jimena Flores, de 11 años, también sufrió una quemadura en su mano derecha cuando se cayó a un “quemadero”, mientras le ayudaba a su padre a buscar los caballos.
Irrespirable

Ante este tipo de peligros, hay personas mayores que decidieron abandonar sus casas. Una de ellas es Marcela Gramajo, una mujer que vivía sola en Alfonso VIII, entre 7 y 6, en cuya vivienda el humo del incendio subterráneo aparece por entre los cimientos de la vereda perimetral de la vivienda y ya alcanzó la base de las trabas y las cepas de un encatrado pegado a la casa. Incluso, las añejas palmeras que tenía a unos pocos metros se cayeron cuando el fuego le quemó las raíces, la compactación de la tierra cedió y la dejó sin firmeza. Ante todas estas amenazas, una hija decidió llevarse a la señora Gramajo a vivir con ella, según precisó Máximo Guillermo Pena, el vecino más cercano. “También se fue la señora que la acompañaba y vivía en el departamentito del fondo de la vivienda. Ella se fue porque de noche no podía respirar por el humo”, contó.

La expansión del humo azulado, sobre todo por las noches, es otra de las consecuencias de estos incendios. Al atardecer, cuando el sol comienza a descender, la temperatura baja y el enfriamiento sobre la tierra provoca el mismo efecto que cuando se le echa agua al fuego: sale humo. Por este motivo, durante el atardecer, por la noche y al amanecer son los momentos en los que la tierra quemada despide una mayor cantidad de humo.

“Nos tenemos que encerrar en la casa. Cerramos ventanas, puertas, extendemos las cortinas, porque el olor es insoportable”, comentó Aidelis Gómez, que vive en la esquina de Labrador y 7, en una humilde vivienda que habitan 6 personas, entre ellas un bebe. Yésica Saavedra, que vive en Alfonso VIII y 6, sufre una situación similar: “Yo tengo una nena de 1 año y estoy embarazada. En la noche nos encerramos porque es irrespirable. Igual el olor se penetra en la casa, en la ropa, en la piel… y también perjudica el tránsito, porque el humo en la calle hace que los autos pasen muy despacito porque no se ve nada”, comentó.
Calles, escuela y pollos

Tal como comenta Yésica, los incendios subterráneos también impactaron en la infraestructura pública. Y en todos los casos tienen una misma matriz: al quemarse la parte orgánica, la tierra pierde compactación y los terraplenes ceden. Un ejemplo fácil de comprobar se da en las calles, tanto de tierra como en la asfaltada. En las de tierra, según se pudo apreciar en la Calle 7 y en la Labrador, se producen como tinajas que tienen en el centro una especie de chimenea por la que escapa el humo. En la de asfalto, la consecuencia se aprecia sobre Alfonso VIII, recientemente asfaltada: al menos entre las calles 7 y 6, la imprimación cedió produciendo grandes desniveles sobre la misma cinta asfáltica. Eso provoca que viajar provoque una gran inestabilidad en los vehículos. Cabe recordar que la Alfonso VIII está elevada a más de 3 metros del nivel de los campos, por lo que una mala maniobra puede provocar un vuelco.

Además de las calles, la escuela de nivel inicial y primario “Maestro José Berrutti”, a la que asisten 133 alumnos, también sufrió las consecuencias del fuego invisible. Por una lado, se cayó uno de los grandes álamos del costado Sur, que desde 1998 hacía las veces de cortina para impedir el avance del fuego contra el edificio. Es que, como ocurrió con las palmeras, el fuego le consume sus raíces, la tierra cede y la planta se queda sin firmeza. En esta oportunidad, cayó hacia el lado donde está la escuela. “Afortunadamente no pasó nada con ningún alumno, pero es un peligro.  Y el fuego alcanzó a todos los otros troncos de los árboles que están sobre esa acequia. Cuando le plantemos esa situación, el intendente Gioja nos instaló a 20 metros de profundidad una bombita para sacar el agua de una perforación que teníamos y que ya no salía agua por la sequía. Con eso ahora echamos agua a la acequia que rodea la escuela para evitar que el fuego avance y se siga comiendo las bases de los árboles”, explicó Lizzie Robledo, directora. Pero esa no es la única consecuencia que sufrió la escuela Berrutti: el cuerpo de baños que el gobierno les construyó en el 2008 ya sufrió roturas en los cimientos, debido a que el terreno cedió por la compactación de la tierra al quemarse.

A estos daños en la infraestructura pública del Médano de Oro, se le agregan los daños que sufrieron los vecinos que, por ejemplo, perdieron sus animales. Si bien monetariamente pueden resultar menores, para ellos son cosas muy valiosas. “Yo perdí todos los pollos que tenía. Como hice una zanja, siempre pensé que el fuego no iba a cruzar. Pero una noche, no sé cómo, pero el fuego pasó y se me quemó el gallinero con todos los pollos que tenía”, contó Andrés Benito Almonacid, que vive en Labrador y 7.
Remigio Navarro, quien sufrió quemaduras en su cuerpo, también perdió por el incendio subterráneo un bosquecito de álamos: “No era muy grande, pero perdí como 8.000 pesos que, para mí, es una platita importante”, dijo. Máximo Pena, un vecino de Alfonso VIII y 7, contó que “al vecino del fondo se le quemaron unos caballos y los tuvo que sacrificar. Hay mucha gente que ha perdido animales”.

Para que esto no ocurra a sus animales, Ramona Esquivel, quien vive en Alfonso VIII y 7, sale todas las tardes con un balde de plástico color azul y un viejo palito de escoba a combatir los “quemaderos”. “Cuando el chépica se empieza a poner amarilla, es porque el fuego ya está ahí abajo. Con cuidado de no pisar, le voy echando agua. Siempre pincho un poco con el palo para ver si sale humo. Esto lo hago todos los días para evitar que el fuego llegue a mi casa y a los animales”, cuenta la mujer mientras realiza la tarea.

Ramona, como la mayoría de los vecinos consultados, coinciden en que la única forma de combatir el incendio subterráneo es regando a manto, como lo está haciendo el municipio de Rawson junto a Hidráulica. “El tema es que lo están haciendo por zonas y mientras tanto el fuego sigue avanzando en otros lugares. Tendrían que venir con camiones con tanques de agua”, pide la mujer.
Mientras tanto, a su espalda, el sol se ocultaba en el atardecer del Médano de Oro y los cientos de chimeneas en la superficie de la tierra empezaban lentamente a echar más humo azulado, como si escucharan  la desesperación de los vecinos.

Antecedente
En 1998 se vivió una situación similar en el Médano de Oro, cuando los incendios subterráneos provocaron grandes quemazones. En aquella oportunidad, hasta llegaron bomberos voluntarios de otras provincias para ayudar a combatir el fuego que se propagaba también por la sequía. Y la solución llegó cuando subió el nivel del agua hasta las capas en las que se producía la combustión.

Hidráulica: “No tiene relación con Ullum”
Jorge Millón, director de Hidráulica, negó la versión que muchos vecinos del Médano de Oro tienen respecto del motivo de la sequía que está afectando sus tierras, lo que también terminó beneficiando la propagación de los incendios subterráneos.

“La baja en las napas freáticas de esa zona no tiene una relación directa con la escasez de agua en el Dique de Ullum”, informó Jorge Millón. Y precisó que “hay factores más concretos.

Por ejemplo, en los últimos tres años hemos mejorado sustancialmente la distribución del agua para riego, debido a que hay un menor derrame del Río San Juan. Eso provoca que haya una menor recarga en el sistema acuífero. Ese es un factor muy directo en la baja de napas freáticas que hubo en la zona del Médano de Oro”.

Luego Millón refirió cómo afecta la reducción del agua a los que trabajan la tierra en el Médano: “Al que siembra no le falta el agua. No hay daños registrados por la faltante del agua del río. Después está el tema de que si llega más o menos agua por el estado de los cauces, pero esa es otra situación”.


INTA: “Es un suelo con 70% de turba”

El ingeniero Germán Babeli, del área de Investigación de Recursos Naturales del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), precisó cómo es que el fuego se propaga con tanta facilidad por debajo de la tierra en el Médano de Oro.
“En el suelo del Médano de Oro hay una alta disponibilidad de oxígeno por la presencia de burbujas de aire. Es un suelo con mucha materia orgánica, con alta presencia de carbono.

Cuando hay incendios superficiales, muchas veces intencionales por la mala costumbre del hombre de limpiar la tierra de malezas con el fuego,  el fuego se sigue propagando por debajo de la tierra, en forma subterránea. Como es un suelo muy orgánico, con un 70% de turba, que es una materia orgánica no descompuesta, todo eso facilita la combustión y la expansión del incendio”.

El especialista del INTA también precisó que históricamente el Médano de Oro fue una zona pantanosa, que se transformó en una zona agrícola por la mano del hombre, que realizó desagües que hicieron drenar el agua de la superficie y así poder cultivar. Pero ahora que las napas de agua bajaron, la turba seca quedó a unos 30 centímetros de la superficie.

“Esos desagües, cuando dejaron de drenar agua, se transformaron en galerías subterráneas por las que ahora se movilizan los incendios subterráneos. No hay un estudio para medir la capacidad de expansión del fuego, lo que permitiría también saber con precisión dónde están ubicados los epicentros y así combatirlos”, explicó el ingeniero Babeli.

El investigador informó que estos incendios provocan grandes daños a las tierras, debido a que se queman los nutrientes, sobre todo el nitrógeno. Eso hace que, tras el paso del fuego, queden incultas durante algunos años. Además, como el terreno cede y se compacta, también provoca que haya que nivelar de nuevo a la hora de querer sembrar.

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