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iPhone …iPod…iPo…Pipo y la madre que los parió!

Gema Gamboa es la nueva columnista de Tiempo de San Juan. Una mirada femenina sobre los problemas en un mundo en el que los hombres la hacen difícil. ¡Descubrila!
martes, 21 de febrero de 2012 · 10:38

Por Gema Gamboa

Soy una mujer que está por encima de los 30,”separada”. Todos en mi trabajo me llaman ¡Carlitos…!  y no es porque sea masculina ¿eh? Sino porque soy la única mujer que trabaja en una agencia en donde todos son hombres y en cierta forma soy “uno” más. Debo decir que son buenos compañeros, encantadores y muy respetuosos conmigo.

Pero al estar rodeada todo el día por ellos, me sorprendo de las cosas que veo. Me divierte escucharlos y esta semana pasó algo que me gustaría compartir con ustedes.

Debo aclarar  que mi momento personal es caótico. Sí, no hay que pensar mucho. Es simplemente patético. Por eso es que hace algún tiempo tome la decisión de cambiar, empecé a bajar de peso, a hacer ejercicio porque después de los 30 todo empieza a caer… En fin, me propuse ponerme en forma para estar mejor y sentir que mi ego y mi moral también estén mejor. De momento “ellos” (mis compañeros), nada de nada, cero elogio. Cosa que me parece lógica, puesto que me ven todos los días, somos sólo compañeros de trabajo  y, además, ¿no hace falta no? Pero una como mujer y, sobre todo si estás deprimida y con el ego por el suelo, alguna que otra vez esperás un “qué bien te ves hoy…”. Bueno, aquí eso no pasa, ni soñando.

Hace poco fui a la peluquería, cambie drásticamente mi color de cabello (el ego y la moral siguen en el suelo) y “ellos” casi ni lo notaron. Alguno  dijo “¡ah!” Otro con el teléfono en la oreja de costado guiñó un ojo y me hizo el típico gestito con el pulgar a modo de aprobación….y bue…  al menos alguien se dio cuenta, pensé. Peor es nada.

Sin embargo, esta semana descubrí qué es lo que me hace falta, (además de todo lo que les conté antes), para que un hombre repare en mí: llegué como todos los días a trabajar, como siempre todos con cara de recién levantados y con esa pereza típica de la primera hora de la mañana. Hasta aquí todo  normal. Mi ego y mi moral, sin cambios. Me llamó la atención que mi jefe llegara temprano, porque suele tener mucho trabajo fuera de la agencia. Pero, en fin, estábamos todos aquí. Menos Nico. Y he aquí el tema en cuestión…

Nico llegó feliz, emocionado y hasta nervioso… entró como cuando entra una novia a la iglesia, radiante y con esa sonrisa nerviosa y por supuesto con retraso. De repente todos lo esperaban en el pasillo. Y escucho que mi jefe lo abraza y le dice desde lo más profundo: “¡Te felicito Nico! ¡Qué grande! ¡Impresionante!”. Esto se repitió con el resto, seguían las felicitaciones, besos y abrazos para Nico. Yo me alegre. Muy adentro pensé varias cosas: ¿va a ser papá? ¿se compró una casa? ¿se ganó un premio de publicidad?

¡Pues nooo!: Se compró un iPhone 4 S, ¡¡¡un teléfonooo!! ¿Lo pueden creer? Tendrían que haber visto a seis pelotudos con cara orgásmica mirando ¡un teléfonooo! A punto tal que si yo en ese momento me hubiera puesto en bolas, sólo hubieran dicho “mirá, sacále una foto para ver qué calidad de imagen tiene tu super  iPhone 4S”.

De hecho, eso hacían mientras yo los observaba y pensaba… todo lo que una hace para que ellos nos miren y al final se enamoran de un teléfono de mierda que ni da besos, ni da cariño, ni plancha, ni nada de nada. Pero bueno, en fin, no voy a ser arcaica, ni me voy a poner en contra de este nuevo mundo tecnológico. Simplemente se me ocurrió hacer otra cosa más para captar la atención de los hombres modernos: ¡Tatuarme una manzana mordida en el culo!
Quizás así tenga mejor suerte, ¿no?

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