Emulando la historia

Cruce sanmartiniano: Tiempo de San Juan cruzó Los Andes, y volvió

Una experiencia personal, tras los pasos de San Martín, hacia una frontera que es hito y a la vez recurso colonial para separar a los pueblos de América Latina. Este cruce es una manera de desdibujarla.
sábado, 18 de febrero de 2012 · 12:05

Por Guido Berrini
gberrini@tiempodesanjuan.com

La montaña ofrece dos dificultades: subirla y bajarla. Después de eso todo se relaciona. El dolor, el humor, el frío, el calor y hasta el amor que se profesa por el jamelgo que nos haya tocado en suerte.

La experiencia del Cruce Sanmartiniano es una cuestión de fe, pero no entendida en sentido religioso, al menos para este cronista a quien no ha tocado en suerte el don de la creencia en lo superior, en lo sobrenatural.

La fe, en este caso, se posa sobre entidades de carne y hueso, absolutamente desconocidas. Desconocido es  el que elige el caballo o mula que nos llevará por los cordones de la inmensa cordillera; el baqueano que ajusta la cincha (elemento determinante a la hora de mantenerse sobre la cabalgadura); el gendarme y soldado que va y viene revisando a ojo "como venís”; y al final, el animal que, como todo el mundo sabe, carece de razón.

Uno viaja entre piedras, alturas, precipicios, arroyos, sol, viento, aire seco, solo.

Solo, adelante hay espacio infinito, detrás quién sabe, y al costado una precipicio de 800 o 1000 metros. O 20 metros, es lo mismo. Una caída tendría el mismo efecto. De nada sirve, garantizo, la prédica constante acerca de que jamás se cayó nadie. Es inútil la voz del baqueano que dice "el caballo sabe por donde va”. Cuando no ves la huella, el ego humano no consigue resolver la cuestión de aceptar que una bestia puede observar lo que uno no. Pero la huella siempre está ahí, y si no, el caballo la hace.

Dicen que es un viaje de uno. "Uno en la montaña descubre lo mejor y lo peor de sí mismo, y eso aflora”, señaló el Jefe del RIM, Coronel Bordet,  en el acto que precedió a un asado en el Regimiento 26 de Gendarmería de Barreal, la noche anterior al comienzo del Cruce Sanmartiniano.

Yo descubrí, al menos, que puedo resignar gallardía, pose procerezca, velocidad y audacia con tal de llegar a destino en condiciones más o menos similares a las del arranque.

Definitivamente, mi foto arriba del caballo no figurará nunca en los manuales escolares. Un héroe agarrado con las dos manos de la montura y mirando con terror el fondo del abismo no es una imagen que colabore con la grandeza de la patria. Si yo, y varios expedicionarios, hubiéramos sido soldados sanmartinianos, el campeón de este año del fútbol local sería el Real Madrid.

Hay algunos lugares comunes que no repetiré. A los paisajes, a los colores, a los cielos cordilleranos se los encontrará mejor descriptos en fotos o en versos de poetas que lo han dicho mucho mejor. O en crónicas de este mismo Cruce de expedicionarios anteriores. Es que en la cordillera, desde hace siglos, milenios, los paisajes no han cambiado.

Sí debo reconocer que iba con una expectativa juguetona, lúdica, clásica en todo participante, la de ponerle el nombre apropiado a mi caballo. Algo que me relacione, que me dé la confianza necesaria. Entonces recordé a Bucéfalo, el corcel en que Alejandro Magno conquistó el mundo conocido, Silver o Tornado, nobles bestias en las que cabalgaban justicieros enmascarados, o aunque más no sea, en Lunático, la centella propiedad de Carlos Gardel que montara con gran suceso Irineo Leguizamo en los hipódromos bonaerenses.

Pero no. Mi caballo venía con nombre. Se llamaba El Tuerto. "A este dale El Tuerto”, dijo el comandante Soya, veterinario de Gendarmería, encargado del mantenimiento de los animales, al baqueano gordito que repartía la caballada. Y vino El Tuerto. Y mis peores temores se confirmaron. No era un apodo cariñoso, un vocativo ingenioso. Mi caballo era tuerto nomás. Del ojo derecho, para más datos. Luego me pareció que todos los precipicios estaban de ese lado. Pero el tuerto reveló una eficacia, una eficiencia, que más querría para mí en cuestiones periodísticas. El Tuerto me llevó y me trajo, sano.

El pibe Gioja
Si Gioja gobernara la provincia con la enjundia con la que realiza el cruce, San Juan sería un lugar inhabitable. No para. No deja de moverse, de ordenar, de acomodar. Debe haber gritado Viva la Patria mil veces. De las mil, se la respondimos cien, ciento cincuenta. En las otras nos faltaba el aire o nos sobraba el susto. Alto, sobre un caballo alto, subía y bajaba por las huellas "no convencionales”, se adelantaba y se atrasaba, recorría la fila de jinetes, preguntaba por cómo andaba cada uno. Estaba en la suya.

Se encargó de dar vuelta, con pocas palabras, con algunos ejemplos, con las manos como aspas, la cerrazón antiminera que nublaba la mente de algunos periodistas que venían de afuera.  "Estos son los arroyos de la cordillera, los que dicen que están contaminados, los que dicen que están secos”, decía, ante el caudal normal del curso de agua y mientras los mismos trabajadores de prensa bebían, en sus cantimploras, el agua dulce y con gusto algo salvaje que manaba del pedregal.

Del mismo arroyo se sacaron también algunas truchas que los gendarmes frieron y repartieron entre los integrantes de la columna. Otro elemento más con el que el gobernador aportó a la teoría de que "el agua es vida, y acá en San Juan a la vida la cuidamos. No somos tontos”.

Llegó primero al hito y empuño la bandera para realizar la clásica carga de caballería de unos centenares de metros hasta encontrar al primer chileno para abrazar. Este "viejo choto”, según el mismo se definió en el acto barrealino, ya hizo el cruce 8 veces. Lo "manya”, lo conoce, se emociona, y con el objetivo cumplido se sube al helicóptero a unos kilómetros de la frontera, presiento, con más pesar que con gusto, pero tiene que volver. Es que la vuelta es sólo consecuencia de la ida. Sé que es redundate, pero la perogrullada trata de explicar que el apogeo de la travesía es ese busto de los Libertadores en el límite, en la frontera, ese berretín inexplicable de los cartógrafos, ese elemento que el imperio encontró como arma poderosa para dividir a hermanos en pueblos diferentes. Después sólo queda bajar. En el terreno y en la ansiedad, por más que La Honda, que está en el camino de regreso, sea el  momento más aterrador del viaje.

Fuerzas armadas nuevas
Sería hipócrita decir que uno va al encuentro de personal militar sin ningún prejuicio. Uno, digo, hablo por mí. A priori, no me caen bien. Como institución han hecho el daño más tremendo a la patria que juraron defender. Pero sería igual de hipócrita si no reconociera que encontré un ejército en transformación, que de a poco se va acomodando a la patria nueva.

En algunas discusiones mantenidas al calor de la fogata y de destilados de cereales varios se advierte que aún se conserva en el imaginario y en el discurso castrense rémoras del pasado.

Tópicos como la lucha contra la subversión, los zurdos, la guerra, dos bandos, siguen  nutriendo el discurso de algunos, no necesariamente los más viejos, sino de algunos elementos jóvenes. Pero cuestiones como Derechos Humanos, reconocer como una aberración matar a alguien por pensar diferente (concepto que hoy parece tan obvio y lejano pero que formó parte de nuestra historia reciente… 30 años en términos históricos no es nada) hacen pensar en que de verdad estamos en camino de conseguir unas Fuerzas Armadas nacionales y al servicio del pueblo que las sostiene y nutre.

Uno de los oficiales, como para reforzar el concepto, cantó con los periodistas reunidos frente al fuego aquello de "bronca sin fusiles y sin bombas, bronca con los dos dedos en V; bronca que también es esperanza, marcha de la bronca y de la fe”. No repetiré su nombre, para que aquellas rémoras del pasado no le caigan con la guillotina sobre su dignidad marcial.

El Cruce Cruzado
Kruce con K, escribía en una nota anterior. Y para solaz mío y de varios, este cruce fue el que tuvo la impronta política más fuerte. Malvinas estuvo presente en discursos, corazones y  gargantas, porque a voz en cuello se cantó la marcha oficial de las islas.

Y los hermanos chilenos firmes, en el grito, en el abrazo y en el apoyo irrestricto a nuestra soberanía, reimpulsada por el gobierno nacional de Cristina Kirchner. En su suelo aterrizaban los Sea Harrier, aviones caza ingleses durante la guerra. Desde la patria que indignó Pinochet  se abastecía de armamento, suministros y víveres al ejército de la Reina  para que destroce a los jóvenes argentinos que fueron mandados a la guerra.

Hoy, como decía el senador sanjuanino Ruperto Godoy, "a pesar de la ideología de Piñera”, Chile está donde siempre debió haber estado, de no mediar el Plan Cóndor y sus dictaduras ejecutoras en América Latina: desarmando la trampa colonial de las fronteras y sosteniendo el reclamo de sus hermanos.

Un gran parangón hizo el embajador chileno en la Argentina, otro expedicionario, Adolfo Zaldívar: "Lo que la Independencia fue al siglo XIX, hoy lo es la integración al siglo XXI”. Como emblema de la integración, más incluso que Malvinas, estuvo Agua Negra. Según Zaldívar y Gioja la decisión de avanzar rápidamente está tomada. La cumbre que en poco tiempo protagonizarán Piñera y CFK lo confirma.

"La puerta de la integración argentino-chilena es San Juan”,  dijo Zaldívar, y en este cruce se advirtió que no es sólo una forma de decir.

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