Cruce de los Andes

Y al tercer día, la expedición descansó

El segundo día de la marcha condujo a la expedición, pasando Altos de Frías, al refugio de Trincheras del Soler, a 3400 metros de altura. Por Guido Berrini, enviado especial.
sábado, 11 de febrero de 2012 · 19:52
El segundo día de la marcha condujo a la expedición, pasando Altos de Frías, al refugio de Trincheras del Soler, a 3400 metros de altura. Uno de los gendarmes encargados de custodiar a la columna comentaba con el gobernador Gioja que hace años que no tenían el clima que nos recibió. Años atrás, especialmente la travesía 2011, el tiempo fue tan hostil que hubo cumbre de militares participantes y políticos evaluando la posibilidad de suspender la marcha. Cuenta la leyenda que sólo la obstinación del mandatario determinó la prosecución.

Pero no fue nuestro caso. Los más aprovechamos para aflojarnos un  poco de tanta ropa: no duró demasiado. Apenas el sol cayó, un frío propio de los casi 3500 metros obligó a retomar abrigos.

Un guiso de fideos “a lo milico”, caliente, salado, picante, o sea, delicioso, nos acomodó de nuevo el alma en el cuerpo especialmente a aquellos para los que un caballo era un dibujo en la vieja Billiken, cosas del procerato y las fechas patrias.

Después de cena, breve trasnochada y el Rulo ya justificaba la larga fama que lo precedía con cantatas largas, largas. Un poco de naipes y a descansar, porque al otro día nos esperaba una travesía cuya sola mención y comentarios de antiguos viajeros nos helaba la sangre: el Espinacito.

Ensillados, salimos rumbo a la parte más alta del cruce, buscando los 4800 metros desde donde el Aconcagua se ve como si estuviera ahí. En realidad El Espinacito no era como lo pintaban. Era mucho peor. Una huella visible la mayoría de las veces sólo para los caballos y mulas que montábamos, con una caída de varios centenares de metros a 5 centímetros de donde los animales pisaban.

El dato inmediatamente anterior no era el más alentador para enfrentar el desafío. Uno de los famosos que integraban la caravana, el integrante del programa de Alberto Cormillot, el que castiga dulcemente a las gorditas que vienen con 100 gramos de más después de un fin de semana de excesos, se pegó el golpe del viaje. Su cabalgadura lo tiró con tanto tino, para el animal, y desatino para el, sobre piedras grandes y filosas. El resultado, 1 costilla quebrada y tres fisuradas. Contra la recomendación de los 3 médicos, guapo el hombre, decidió seguir y así subió El Espinacito, de tiro y con oxígeno. La corajeada le duro poco. Al llegar al descanso fue necesario convocar los servicios del helicóptero de la provincia que lo rescató y lo llevó a buen puerto, o buen sanatorio.

De El Espinacito, en resumen, puedo decir que ayudó a que desfilen lindos momentos de mi vida por mis ojos. Con una velocidad alucinante, pude ver como un flash la sonrisa de mi sobrino, el gol con el que mi sobrino le dio el título a la categoría 2000 en La Liga Casildense de futbol, mi viejo llevándome a pescar de chico o mi vieja terminándome las tareas de Actividades Prácticas en 4° grado. ¿Es para tanto? Sí, es, y si no, subite vos.

En resumen, después de tremendas 10 horas de cabalgata llegamos a Refugio Sardina, en Valle de los Patos, que nos recibió en sus 2800 metros con un sol abrasador, y un calor memorable, aunque no proverbial. El año pasado nevó y llovió en el mismo lugar en el que en este momento, ya en el tercer día de viaje, dedicado enteramente al descanso, escribo esta nota.

Mañana a las 8 partimos hacia el hito, momento, aseguran, más emocionante de la aventura. Allí habrá encuentro con los hermanos chilenos, abrazo, cuecas y todas esas cosas tan tontas que nos apasionan a los que creemos que América es una y esta impresionante cordillera en la que estamos metidos, su columna vertebral.

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