De Buenos Aires a San Juan

Un pase desde el mismo infierno

Llegó desde la gran ciudad para ser coordinador del Proyecto Juan, el hogar que abrió la Provincia para recuperar a los chicos de la droga. Su historia de vida, ex adicto y ex convicto, le da la autoridad suficiente para asegurar que las adicciones pueden superarse. Un capítulo que te debíamos del informe especial sobre el Instituto Nazario Benavidez, publicado en la edición anterior.
lunes, 23 de enero de 2012 · 08:57

Por Viviana Pastor
vivipastor@tiempodesanjuan.com

A los 34 años Javier Silva, el actual coordinador terapéutico del Instituto Nazario Benavidez, fue encarcelado en Devoto y estuvo allí durante cinco años. Esta experiencia fue el último escalón en la carrera descendente que llevaba su vida, entendió que no podía llegar más bajo y fue determinante para que dejara las drogas y descubriera, en la misma cárcel, su vocación para ayudar a las personas con problemas de droga-dependencia. Javier cuenta por primera vez su historia a Tiempo de San Juan, y asegura que acá encontró su lugar en el mundo.

Hijo de una joven madre soltera, Eva Silva, Javier nació en un convento en Entre Ríos. Cuando tenía 9 meses, su mamá decidió ir a probar suerte en Buenos Aires, pero las cosas se le complicaban con una criatura, así que Javier se crió con otra familia, en Morón, donde hizo la escuela primaria. “No fui un chico de la calle, pero sí  vivía en la calle, por eso la identificación que siento con los chicos es terrible”, cuenta Javier, que con sus 44 años ya tiene la cabeza ceniza de canas y los ojos de alguien que ha pasado por un infierno, pero sin un Virgilio que lo oriente.

Hoy, rescata que “gracias a Dios” nunca le pasó nada grave, a pesar de haberse expuesto a situaciones límite como hacer dedo en las avenidas de Buenos Aires y aparecer en cualquier lado cuando sólo tenía 10 años. En la calle todo era aventura, descubrimiento y fútbol, siempre le gustó jugar al fútbol y parece que no jugaba nada mal, ya que cuando tenía unos 16 años le ofrecieron contrato en un equipo de Primera C, pero entonces su estilo de vida nada tenía que ver con la estricta vida de un futbolista y terminó desechando el ofrecimiento.

Javier se recuerda a sí mismo con un pibe jodido, rebelde, que en esa época veía muy poco a su madre y eso lo hacía más rebelde y resentido. Cuando cumplió los 12 años volvió a vivir con su mamá, pero ya era tarde para respetar el vínculo familiar. Su madre trabajaba todo el día para brindarle un techo y comida, y él siguió haciendo lo que sabía: Vivir en la calle.

En esa época y en ese Buenos Aires de los ‘80, fue cuando Javier conoció las drogas. “Ahí empezó la complicación en mi vida con el consumo de sustancias y lo que eso genera.

Encontrarme con  una situación que en un primer momento parece mágica y descubrir sensaciones que no sabía que existían. Vivía siempre rozando lo delictivo,  haciendo pillerías; fui creciendo, acentuando ese perfil y comencé una vida delictiva, porque empezás robando una billetera, pero a los 20 años las necesidades son otras, por lo tanto, los robos son más grandes y complicados”, cuenta.

Como su carrera de consumo y la delincuencia iban de la mano, su vida se transformó en una tortura de la cual Javier no tenía conciencia y como él mismo advierte, “no podía salir, no quería, no entendía cómo”.

Se casó a los 19 años y fue papá de Jimena a los 20. Unos días después del nacimiento falleció su madre y sintió que se quedaba solo en la vida.  “Uno va como decreciendo en una situación social, de tener vitalidad, fuerza, de ser aceptado y respetado por mucha gente del barrio, de ser un  pibe querido, pasé a ser un tipo de 26 años que vivía como podía, rapiñaba lo que podía para consumir y darle de comer a su familia. He tocado diferentes fondos, separaciones, pérdidas, el abandono de mis hijos Jimena y Alan, que me tocaba verlos los fines de semana pero era cuando más consumía, al punto que de mis dos primeros hijos no conozco una sola maestra”, se lamenta Javier.

De su segunda pareja nació Facundo y entonces vino un golpe muy fuerte. Su pareja también era adicta, cuando fue a dar luz y estaban por darle el alta en hospital, se enteraron de que eran portadores de HIV, y que el bebé también lo era. “Esa fue una de las tocadas de fondo más grandes que tuve. Tenía un mecanismo de defensa que parecía que nada me afectaba, pero eran las últimas cartas que tenía. Un 30 de septiembre de 1997 se internó Fabiana, la internó la familia; y yo no quería perder a mi hijo ni a mi pareja, ya había perdido dos hijos, no quería perder la ilusión de tener un  hogar y una familia, aunque no sabía cómo se hacía. Empecé sin querer una recuperación ambulatoria con grupos de autoayuda, me costaba muchísimo parar, no lo conseguía, paraba por tiempos pero era tal mi locura que seguía delinquiendo y consumiendo”, relata Javier.

En esa época hizo casi de todo. Dice que nunca mató a nadie porque nunca le gustaron las armas; pero participó en robos a mano armada y hasta en estafas internacionales, viajando con documentación falsa a Estados Unidos y España.

Entonces vino un nuevo intento por dejar ese mundo, había realizado un curso de consejero y se había enganchado mucho con los trabajos en las “quintas” de recuperación,  “pero era un Quijote, quería llevarme los problemas y solucionar todo, eso me afectó bastante y frené. Mientras tanto, mi vida se hizo complicada a nivel causas judiciales, hasta que por algo menor caigo detenido, pero no quedé adentro por eso, sino por todas las causas anteriores que no había resuelto”, recuerda.

Javier reconoce que en la cárcel fue la primera vez que estuvo años sin consumir drogas ni alcohol. “Se ve que era el fondo que tenía que tocar porque de otra manera no lo habría podido sostener, siempre  volvía al consumo. Me relacionaba de una forma muy histérica, egocéntrica y deshonesta con todo el mundo, esa era mi forma de ser. Me costó al principio y empecé a trabajar en los penales de una forma egoísta, yo quería cambiar de vida pero no sabía cómo hacer. Me aferré a mi soledad, sin familia, la pase muy mal. Pero esta alma un poco inquieta que tengo me hacía hacer cosas y empecé a organizar grupos de gente que no se quería drogar, aunque eso me trajo algunas complicaciones porque adentro de la cárcel no había voluntad de apoyar a la gente que se quería recuperar”, cuenta. Ahí fue cuando descubrió su lado vocacional.

Tampoco se podía olvidar que era padre de tres chicos y decidió que si bien había perdido la libertad, no había perdido su derecho de ser padre. Muchas veces llamó desde la cárcel a la escuela de Facundo para preguntar cómo andaba su hijo más chico en el colegio. “Me di cuenta que nunca había ejercido como padre y quería ver a mis hijos, pero no en ese lugar. Todo lo que pase ahí fue horrible, pero era lo que necesitaba”, asegura.

Javier puede ahora repasar su vida tranquilo, habla sin problemas de su pasado, lo tiene asumido, le ha costado cada cana de su cabeza, lo ha llevado a ser el hombre que es hoy. Por eso cuenta sin pausas su historia. No cuesta seguirlo.

Cuando salió de Devoto algunos “amigos” quisieron darle una mano, pero era más de lo mismo, significaba volver al delito y tal vez a la droga, de la había logrado despegarse un lustro. “No quería volver a estar preso, hice todo en mi vida para estar preso y cuando me tocó dije: No, no era de vivo, ni lindo, ni bueno, ni nada”, reflexiona. Entendió que el único lugar para refugiarse era el de las comunidades terapéuticas, a las que podía aportar su experiencia en la cárcel.

En Despertar a la Vida le ofrecieron trabajo de operador terapéutico a cambio de cama y comida. A ese trabajo se sumaron las comunidades Modelo Minnesota y Casa del Sur. 
Después de dos años allí,  Javier habló con la directora, porque era difícil cobrar y quería crecer.  Casa del Sur estaba por firmar un convenio con el Gobierno de San Juan y estaba por abrir una comunidad en Uruguay, Javier pidió ir a Uruguay, y así estar más cerca de sus hijos. Pero un día lo llamaron y le dijeron que se abría una casa en San Juan y que necesitaban a alguien urgente, ahí mismo dijo que sí. Habló con sus hijos y lo apoyaron.

Llegó a la provincia en el 2007, como el operador elegido para iniciar en la provincia el Proyecto Juan, un centro de recuperación para chicos adictos, puesto en funcionamiento por el Gobierno de la Provincia a través del Ministerio de Desarrollo Humano.

“Yo de protocolo no sabía nada, era un porteño que venía con el acelere de los porteños y lo escuchaba el Gobernador que decía que ésta era una “tierra de oportunidades” y enfrente del Proyecto Juan hay un monolito que dice que ‘Santa Lucía es para gente que quiere trabajar’ y yo decía ‘¿será?’. Me puse a trabajar y me encantó el desafío de gente que se quería hacer cargo del tema, ese fue el gancho, un respaldo que nunca había visto en otro lado. Podía hacer lo que sabía, trabajar con los chicos, pasar el mensaje de que vivir sin drogas es posible, se puede vivir sin delinquir, es difícil, pero se puede. Por eso me defino como un ayudador, pero no porque cure, sino porque cuando me tocó yo no sabía cómo hacer, cómo era, pero ahora sé cómo es y sé que puedo ayudar”, señala.

Por eso, para las comunidades terapéuticas tener un ex adicto como operador es algo indispensable. “Tiene que ver con que uno se siente parte, si lo hablo con una persona común me siento no entendido, en cambio los que hemos pasado por esto manejamos cierto código, cierto diálogo, situaciones en las que no hace falta decir mucho. Porque te pueden describir muchas situaciones pero poner en palabras lo que es una fisura, un bajón de droga fuerte o estar detenido  mucho tiempo, es difícil. Es como si te relatara un cuento y ves una película, para las personas que lo hemos vivido ese cerrar los ojos es muy simple, pero para las que no lo pasaron hay que dar muchas explicaciones y te sentís igual incomprendido. Tiene que ver con eso también como referente. El adicto siempre busca la excusa, el justificativo. En este caso no lo tiene, porque yo sé lo que cuesta drogarse, querer salir sin poder y sé lo que cuesta recuperarse, llevo 15 años limpio, pero no me fue sencillo ni me es sencillo”, aclara Javier.

Al Nazario Benavidez llegó casi por decisión propia. El Ministerio decidió tomar el modelo de comunidad terapéutica y aplicarlo en un lugar para chicos con problemas con la ley, Javier se ofreció y fue aceptado. “Quiero aclarar que no soy empleado del Estado, no tengo contrato, me paga la ONG;  pero acá el Estado se hizo muy presente, el ministro –Daniel Molina- es un tipo con una vocación pública muy importante, atento a estas y otras cuestiones sociales. Me aguantaron mucho y me dieron todas las herramientas para trabajar; porque no es sólo sacarle la droga a alguien y se acabaron los problemas, hay otros problemas que hay que atender”, señala.

Hoy, asegura que es un tipo tranquilo, dos de sus hijos y su nieto Santino de 7 meses, vinieron a pasar con él el Año Nuevo. “Yo que no fui el mejor de los papás, estar ahora con ellos, con mi nieto, es algo que pensé que no iba a vivir nunca y lo estoy viviendo. La reconciliación con mis hijos creo que en algún punto, en alguna forma, tiene que ver con que ellos están orgullosos de su papá, aunque no hablé esto con ellos. Sé que les sigo faltando, pero ellos prefieren esto”, dice mirando para adentro.

“Reconocerme como adicto me salvó la vida, ser portador del HIV, más allá de las discriminaciones, porque después de esto habrá gente que no me quiera dar la mano, pero no me voy a discriminar a mí mismo. Tuve una vida activa en la delincuencia por muchos años, pero todo eso me lleva a ver que estoy en paz. De alguna manera estoy en paz conmigo. Sé que me equivoqué, que hice mucho daño a una persona, se lo hice con mucha saña y dolor, que fue a mí mismo.  Pero socialmente pagué lo que tenía que pagar. Hoy hago lo mejor que puedo de la manera más humilde. Creo que no me la creí y estoy en paz”, y pone el punto final a la charla.