informe especial

De miedo: 2 de cada 10 conductores van borrachos

Son estadísticas actuales de la División Tránsito de la Policía Provincial. Tiempo de San Juan se metió en el mundo del control de alcoholemia en las rutas provinciales y encontró datos movilizadores. Por Miriam Walter.
sábado, 21 de enero de 2012 · 10:13

Los números oficiales son escalofriantes: 2 de cada 10 conductores que son sometidos al control de alcoholemia en San Juan, van borrachos. Al menos, sobrepasan lo que les permite la ley que tomen a los que manejan en la vía pública, prohibiendo el consumo para evitar que maten a alguien o se hagan daño a sí mismos por culpa de un exceso de copas.
Más cifras oficiales de la División Tránsito de la Policía de San Juan, que es la que encabeza estos controles: 2011 cerró con 28.521 actas de infracción de las cuales 1.762 fueron por alcoholemia; en lo que va de 2012 (17 días al momento de la entrevista) se labraron 1.221 en total y 182 fueron por alcoholemia. Así, en un año se registraron 1.762 peligros al volante y en las últimas dos semanas y media hubo casi 200 sanjuaninos fuera de control, en una pesadilla sobre ruedas cuya postal bien puede imaginarse no viendo cine de Hollywood, sino viendo el video que días atrás se hizo famoso, con un chofer de camioneta sobre la Ruta 11, zigzagueando y matando para la cámara a otro conductor que venía de frente en un auto, al que le provocó un vuelco. El resto de las infracciones son por cuestiones de seguridad, falta de cascos, los menores de edad al volante, velocidades peligrosas, cruce semáforos en rojo.   
Otros números que dan miedo: de los aproximadamente 8.000 accidentes de tránsito que ocurrieron el año pasado, un 18 % fue por alcohol al volante. Es decir, 1.440 choques, vuelcos, atropellos y otro tipo de episodios en la ruta totalmente evitables.
Del borracho sanjuanino al volante se pueden conocer dos cosas más a partir de la estadística policíaca: de los 2 de cada 10 que dan positivo el test de alcoholemia, la mayoría son hombres y menores de 35 años. El identikit lo proporcionó a Tiempo de San Juan el comisario inspector Abel Hernández, a cargo de la División Tránsito de la Policía local.
El uniformado dio un diagnóstico preocupante, sin pelos en la lengua, con dos frases contundentes: "Acá no hay cultura para evitar los accidentes. Tiene que haber un policía en cada esquina con el rebenque y estar multando para que se pongan el cinturón y no anden borrachos" y "por General Acha y Libertador en una mañana pasan 40.000 vehículos y un sábado por la noche es más o menos parecido. No damos abasto".
Tiempo de San Juan hurgó en los detalles de estos controles en la provincia. ¿Cómo se hacen los operativos? ¿Qué resultados arrojan? Un vistazo rápido da mucho para contar.
Según dijo el comisario, los controles de alcoholemia se hacen desde que existen operativos en la calle, y fueron evolucionando de la mano de la tecnología, siempre ajustados a las leyes, que hoy fija que el conductor está obligado a hacerse el test bucal del alcohol, con el llamado alcoholímetro. En cambio, el dosaje de alcohol en sangre que es otra cosa, porque lo realiza un médico, es voluntario. La policía, a todo el que le sale el test de alcoholemia positivo le pide que se haga el dosaje, lo que le da más valor y certeza al acta de infracción, pero el 80 % se niega y no puede obligárselo porque tiene que ver con los derechos constitucionales de integridad física. 
El control de alcoholemia se hace mediante un aparato electrónico en el que se acopla una boquilla de plástico descartable. Según el comisario, se le pide al conductor que rompa el envoltorio y lo coloque en el alcoholímetro para su mayor seguridad. Entonces se le solicita a la persona que expire en el dispositivo, el cual marca en su pantalla el nivel de alcohol en sangre. Este último se mide en gramos/litro. La Policía espera idealmente que un conductor maneje con 0 alcohol en el organismo, pero hay mínimos permitidos. Para los motociclistas hay una tolerancia de 0.25 gs/l y para los automovilistas el techo es de 0.50 gs/l.
Si el conductor se pasa, el juez, para elaborar su dictamen, valora de diferente manera si es mayor o menor la cantidad de alcohol en sangre. Todos violan la ley, pero lo hacen en determinada situación, con mayor o menor peligro para sí mismos y los demás. De todos modos, pasando el 1 gs/l ya se considera que es un caso peligroso.
"Hay que tener en cuenta que la misma cantidad de alcohol no afecta de la misma manera a las personas, depende la contextura física y del consumo de alimentos que ha tenido. No es lo mismo consumir en un boliche que en un asado", analizó Hernández.
Los alcoholímetros no se venden exclusivamente a la Policía, pero el que quiera uno debe pensar en unos 14 mil pesos para comprarlo en los fabricantes. En Tránsito tienen 26 equipos, que se ocupan todos los días del año, la totalidad de ellos entre jueves y domingo. Cada 6 meses debe mandarse el aparato al service a calibrarse y limpiar los filtros.
Cuando el procedimiento se hace con éxito, luego de soplar la persona, el aparato emite un "bip" y el análisis sale en pantalla en pocos segundos. El nivel de alcohol en sangre baja con el tiempo. Así, el test refleja no lo realmente consumido sino lo que queda en el organismo. El cuerpo elimina 0,15 gs/l por hora. Por eso los conductores ebrios se llevan a la comisaría hasta que "se les pasa" la borrachera.
"Quedan a resguardo. Si viene un familiar responsable, o un hermano que se lo lleve a seguir tomando por ahí, se entrega a la persona antes de que esté sobrio", dijo el comisario y reconoció que el criterio sobre en qué casos dejarlos libres depende del "ojo del buen cubero" del uniformado a cargo más que de las leyes. "Uno se da cuenta, en los padres, por ejemplo, cuando están en vivos o no. Yo les he quitado vehículos a personas que tienen valores muy mínimos, pero que muestran un evidente estado de descontrol. Entonces la ley nos faculta a los policías para retener la licencia y el vehículo de una persona que muestra no estar en condiciones psicofísicas de conducir. Hay gente que pisa el corcho y ya está perdida. Agrava por ahí su estado el hecho de que esté bajo la acción de medicamentos o que sea alérgica a ciertas bebidas", contó Hernández.
Luego del test, se pasa el aparato por el infrarrojo de una tickeadora que emite un comprobante que el policía adjunta al acta de infracción, que a su vez va al Juzgado de turno como prueba.

Pocos recursos
La Policía tiene muy clara cuál es la "ruta del borracho". Hay zonas que concentran la mayor atención de los uniformados, pero los recursos son pocos, apenas cubren el 10 % de lo que requiere control. "Nosotros sabemos dónde está la movida, que ya viene con una previa de las casas. A mí me gustaría tener 500 policías para controlar toda la movida y nosotros estamos moviendo entre 50 y 70 y tenemos el apoyo no solamente de la Policía de Tránsito, sino del Comando Radioeléctrico, Cuerpo Especial de Vigilancia y la Brigada Femenina, entre otros. Pero la Policía de San Juan no puede descuidar las demás funciones. El 911 tiene infinidad de demanda", advirtió Hernández.
Los operativos se hacen de lunes a lunes pero el refuerzo mayor es de viernes a domingo, siguiendo el movimiento de gente. Los días más relajados salen a la calle a controlar no más de 25 hombres, mientras que durante los fines de semana la cantidad de esfuerzo se duplica.
Las zonas “hot” varían con el tiempo, pero la que se conserva es Libertador y Urquiza, donde se concentra gran parte de locales de funcionamiento nocturno. Otros puntos siempre en la mira de los uniformados son Rawson y San Lorenzo, Rawson y Saturnino Sarassa, República del Líbano y Mendoza, República del Líbano y España, las zonas de paso hacia el dique en Rivadavia como la llamada “Curva de los Tontos” y la calle Galíndez, además de puntos neurálgicos de Caucete, San Martín, Albardón y Angaco. En estos puntos suele haber un puesto de control fijo.
También suelen disponerse controles móviles, que se logran con uniformados que recorren la ciudad en moto y se ubican en puntos que vean convenientes, de acuerdo a la circulación de vehículos y las actividades circundantes. Basta que haya un solo policía con el aparato para hacer un operativo, pero por lo general van dos.
“Uno advierte, cuando van con la música fuerte, van de jarana, hasta van pasándose las botellas dentro del auto, entonces a esos las motos los interceptan”, contó el comisario. Los policías tienen la atribución legal de requisar el vehículo cuando está en la vía pública, ya sea en movimiento o detenido. También pueden secuestrar la bebida, secuestrar el vehículo y demorar a la persona implicada en la dependencia.

¿Qué pasa si una persona se niega al control? Se la lleva a la comisaría, previo labrarle un acta de infracción por negación. Ahí es revisado por un médico legista, para determinar su estad. Según el comisario, son muchos los que se niegan y eso lleva a una demora, generalmente en los operativos se juntan varios de estos casos y se los lleva a todos juntos demorados, porque si fuera uno por uno, los controles no podrían hacerse. En los operativos no sólo se controlan vehículos: si ven a alguien caminando por la vía pública en posible estado de ebriedad, también le hacen el test, encuadrados no en la Ley de Tránsito, sino en la Ley Seca que limita el horario de venta de alcohol en la calle.
"La ley seca sirve, sino, se nos matarían los chicos de día. Nosotros lamentablemente no tenemos una educación vial desde chiquitos, no somos ciudadanos suizos o alemanes que desde chicos nos van inculcando en la cabeza algo. Para la mayoría de nosotros, el cinturón de seguridad se pone si hay un policía cerca, el casco se pone cuando hay controles, sino se lleva colgado en el brazo. No hay conciencia de que eso salva vidas. La gente está convencida de que es así. No habiendo esa cultura, no podemos dejar que sigan tomando y que salgan cuando quieran a la calle. Nosotros nos estamos encontrando a las 10 de la noche con conductores ebrios. Si dejan salir a los jóvenes más tarde, van a salir más borrachos. No estamos preparados para que la ley sea más elástica", aseguró Hernández, quien lleva muchos años al frente de Tránsito.

Textuales

"Acá no hay distinción entre edades. Muchos grandes salen de las fiestas o de los clubes manejando borrachos como cubas y son peores que los jóvenes".
"La juventud es más consciente que el grande con las normas en general porque la tiene clara. El grande cuestiona todo, que para qué sirve el cinturón de seguridad y esas cosas".

Crio. Abel Hernández/Jefe Div. Tránsito.


El circo de los que no quieren soplar

Si hubiera colaboración plena de todos los conductores que se someten al test de alcoholemia, no debería durar más de 5 minutos. Pero no siempre es así. Entre los trucos para zafar del control, están en primer lugar no soplar o o escupir el aparato. Pero también se dan otras situaciones, según relató el jefe de Tránsito de la Policía, Abel Hernández: “La gente por ahí se pone violenta. Muchas veces no es la persona controlada sino los acompañantes, se ponen terribles y ni hablar de las mujeres que algunas hacen tremendos escándalos. Gritan y dicen que no les hagan el acta porque el tío o el papá los va a hacer echar a los policías, o que van a decir que el policía les pidió plata. El policía tranquilo, sigue haciendo su acta. Si no, no podríamos salir a trabajar, deberíamos irnos a dormir, tierra de nadie". 
El comisario contó la anécdota de un sacerdote que, pasado de copas, se negaba a hacerse el test escudado en su condición de clérigo. Con el mayor tacto posible el agente le dijo: “Usted será muy sacerdote pero le cabe la ley como a cualquier ciudadano, así va a tener que hacérselo”.
"Nosotros sorprendimos conductores con 2,6 gs/l, me acuerdo el caso de un hijo de un periodista en la primavera de 2011, el padre luego habló mal de la Policía un tiempo largo, pero nosotros estamos para salvar vidas”, evaluó el uniformado.
Otras "escenas" que se ven ante los controles son las actuaciones de la gente, que simula sufrir un ataque o descompensación, según apuntó el comisario. "Entonces empiezan a armar todo un circo, y hay que llamar a la ambulancia y eso significa pérdida de tiempo, tener que abocarse a esos pícaros, y todo el resto empieza a aprovecharse”.
También hay “graciosos” que aparecen a las 10 de la mañana a hacerse el dosaje de sangre, cuando el test de alcoholemia les dio positivo la noche anterior. Es una burla, porque el alcohol se diluye en la sangre conforme pasan las horas y en el caso de dos mediciones con intervalos largos de por medio, la última no tiene valor legal.

Palos para otras fuerzas

“Sería bueno que los municipios ayuden, en otros lugares los municipios están saliendo a controlar, si lo quieren lo pueden hacer. Para las Fiestas hubo asueto administrativo municipal y no había nadie. En la Circunvalación se vio solamente controles policiales, y la Gendarmería que le corresponden las rutas nacionales, mucho gusto. Entonces es muy lindo, estamos todos en los desfiles, pero cuando llega el momento de la colaboración, no hay gente”. La queja se escuchó de boca de un policía, reflejando una inquietud que, según él, comparten todos los altos mandos: Un sinsabor por la falta de colaboración de otras fuerzas con poder de control en la calle y el recargo del trabajo y de la responsabilidad por los resultados en la Policía, en particular en la División Tránsito. El uniformado también se despachó contra los legisladores, "que no hacen leyes para darles más competencias a los municipios en el tema seguridad".

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