A 68 años del terremoto

La trama política escondida atrás de la catástrofe

El impacto puso al descubierto la realidad social de San Juan: más humildes que adinerados. Y fue un intento de restauración conservadora para borrar a un cantonismo ya agonizante. Por Michel Zegaib.
domingo, 15 de enero de 2012 · 09:23

Sin dudas, el terremoto de San Juan fue el peor desastre natural en la Historia Argentina. Catástrofe  que, inmediatamente, tomó color político, ya que desde el establishment del momento, fue interpretado como la oportunidad para desterrar el ya agonizante modelo liberal, para instaurar el nuevo orden que estaba naciendo marcado por un fuerte nacionalismo e integrismo católico. No hacía mucho tiempo, el 4 de febrero de 1943, un grupo de militares –entre los que despuntaría el general Juan D. Perón–, habían tomado el poder nacional, imponiendo intervenciones en todas las provincias de la República.
San Juan, en 1944, con su trazado de calles de tono colonial, era una árida y moderna ciudad forjada por el boom vitivinícola de los últimos sesenta años. Empezando con la llegada del ferrocarril, una nueva elite había transformado el valle central de esta provincia en un paisaje de monocultivo intensivo de uvas. Se construyeron mansiones en la capital y bodegas cerca del ferrocarril y desde esos dos sitios se dominaba el paisaje provincial. Desde entonces, la provincia había estado bajo el mando de los dueños de bodegas, y las polvorientas calles del centro se habían llenado de coches de última marca y casas de fachadas elegantes. Pero afuera de las “cuatro avenidas” que demarcaban el centro, los frutos de este orden político fueron suburbios empobrecidos junto a los viñedos florecientes, un paisaje marcado por la visibilidad de los ricos, y  la invisibilidad de los pobres. Pero, lo interesante sería que si bien fueron los bodegueros quienes moldearon la economía de la provincia, sería el cantonismo el que transformaría su política y su sociedad a partir de 1920.
Insolentes y revolucionarios, los Cantoni eran unos médicos despreocupados que hicieron carrera tirando abajo los poderes de la elite provincial en la cual nacieron. Tomando como bandera la “alpargata” y declarándose como “gauchos analfabetos”, lideraron la insurrección popular, instalando a las clases más pobres en el centro del escenario provincial. Surgido de la violencia y la rebelión, el bloquismo pronto ganó un fuerte apoyo popular que le valió la victoria en cada elección legítima durante las siguientes dos décadas. El duelo político era entre un nuevo modelo nacionalista y católico surgido de la alianza Estado-Iglesia, frente al resabio de progresismo que quedaba en la provincia de mano de las políticas populares del cantonismo.
Pero detrás de las contiendas políticas y de las vistosas fachadas, la ciudad estaba fuertemente dividida –las mayorías eran pobres, las minorías, ricos – y las mansiones que la adornaban eran de adobe. El terremoto derrumbó la “prosperidad excluyente” que había en San Juan, quebrando todos los símbolos, tanto civiles como religiosos: la Casa de Gobierno, la Legislatura, la Corte de Justicia, y recientemente inaugurada Municipalidad de la Capital, igual que la mayoría de las Iglesias, todo quedó en ruinas. Los cafés del centro cayeron sobre la clientela de un sábado a la noche. Junto con los edificios, el terremoto tiró abajo el tejido urbano que unía al pueblo, desdibujando su propia identidad.
Pasados los meses, el Diario Tribuna publicaría lo que un periodista local, íntimo del poder bodeguero, había apuntado en su diario personal: “La gente deambula, desorientada, como perros que han perdido el amo. La totalidad de esta gente pertenece –y lo advierto por su apariencia– a la clase humilde. ¿Pero es que en esta ciudad no habrá más que gente humilde? Es que la gente rica, las personas de situación acomodada, en huida hacia las afueras de la ciudad, se ha refugiado en sus fincas o las fincas de los amigos. Y las que no han podido hacerlo parecen humildes. El terremoto los ha vuelto humildes a todos” (Emiliano Lee. “Tren de evacuados”. Tribuna, 28 de agosto de 1944). Impresionantes palabras que atestiguan, no sólo la situación social de San Juan en el momento mismo de la tragedia, sino también la transformación social que produjo: dejó a “todo un pueblo” en las mismas condiciones sociales, sin diferencia alguna. Es por eso que muchos interpretaron al terremoto como el juicio radical y definitivo dado a un orden político fundado en la exclusión y la violencia.
Otro testigo, también un periodista local, al mirar las ruinas del edificio municipal, terminado en 1941, decía: “Las muertes más que al terremoto débense a la mala y pésima construcción de los que se han dado en llamar edificios, cuando el calificativo más exacto que debería aplicarse es el de Sepulcros Blanqueados” (“Meditando”. Diario El Censor, 25 de Junio de 1945). Es que San Juan no tenía ni código de construcción, ni mecanismo alguno de previsión sísmica. Más aún, cuando, desde el Gobierno Nacional, en la voz del general P. P. Ramírez comenzó a hablar de “reconstruir” la Ciudad, los intereses y egoísmos personales empezaron a reflotar con virulencia en las discusiones que se entablaron sobre si la Ciudad debía ser reconstruida en el mismo lugar, o a poca distancia de donde estaba asentada.
Entonces fue cuando apreció el general Perón, con un discurso basado en la Justicia Social, prometiendo que vencería este mundo de corrupción y desamparo, saldando la “deuda que todavía tenemos con las masas sufridas y virtuosas”. Mientras Ramírez afirmaba toscamente su autoridad con un discurso de culpa y resignación, propio del discurso integrista católico; Perón ganaba un apoyo más amplio articulando la compasión con una insistencia en la participación popular, los derechos sociales y la transformación política. A partir de estos momentos, el general Perón rompe con sus compatriotas y, desde la Secretaría de Trabajo, inicia la era de la política social argentina.
Mirando hacia atrás, no sólo podemos ver sesenta y ocho años de historia para recordar y conmemorar, sino también a una Ciudad que resucitó en medio de las ruinas. A todos ellos, nuestro homenaje.

Dramático testimonio en los diarios
“Es que aún creo que está temblando. Cualquier movimiento…  (No termina la frase. Igual continúa) Fue sólo un instante. Nada más que un instante. No hubo un movimiento precursor, no hubo crecimiento paulatino. Sólo un gran remesón, como si algo hubieran arrancado de cuajo. Alcancé a dar unos pasos hacia el patio y ya todo había pasado. Pero San Juan, ahora, está en ruinas. Creo que sólo la casualidad me salvó. Una parte de la pared de la casa se desplomó sobre el patio, pero el toldo la contuvo en parte y otra la desvió. De repente me vi con una gran angustia adentro, y estaba solo, con una soledad espantosa. No sé de donde saqué fuerzas para romper el toldo, para separar los pedazos de muro. Fue un delirio de recuperar la vida, de no quedar allí, sepultado. Había recibido sólo ligeros rasguños. Me deshice como pude y salí a la calle. Aquella no era la calle Tucumán en la que yo había pasado ocho días seguidos. Las casas estaban totalmente arruinadas. Después de un tiempo recordé a una joven con la cual estaba yo en la misma habitación conversando. Tuve la sensación de haberla arrojado hacia el patio al sentir el terremoto. Entré de nuevo en la casa. Recién volvía a mí la lucidez, porque un momento antes yo no era otra cosa que un hombre buscando salvarse…” (Diario Los Andes, Domingo 16 de enero 1944).
Este es parte del desgarrador testimonio que expresaba, sentado pálido y confundido en la redacción del diario mendocino,  Moisés Rudman, recién llegado desde San Juan a la provincia vecina, a primeras horas de la madrugada del 16 de enero.
Todo ocurrió una tarde de verano en 1944 cuando un devastador terremoto destruyó casi por completo la Provincia de San Juan. En menos de un minuto, la Ciudad quedó devastada y empobrecida, dejándola enterrada, sin luz, conectada al resto del mundo por una sola línea telefónica.
Pero eso no fue todo. Como los temblores reaparecieron una y otra vez esa noche, ni las estructuras aún en pie quedaban a salvo. El aire estaba cargado de polvo y, ya despuntado la madrugada, una lluvia empapó toda la urbe que permanecía a la intemperie. Las calles estaban cubiertas de escombros y cuerpos, las instituciones del Estado prácticamente ausentes, y la plaza principal de la ciudad llena de heridos y muertos. En un rincón de la plaza, un grupo de mujeres rezaba el padrenuestro a viva voz. A la luz de una linterna o de un par de coches estacionados, unos pocos médicos y sacerdotes intentaban dar ayuda y consuelo a las víctimas.

La figura de Cantoni
Para enero de 1944, Federico Cantoni ya había sido dos veces gobernador de la provincia y autor de una de las reformas constitucionales más progresistas de Latinoamérica. Había liderado el sector político que pulseaba contra los conservadores. Y aunque su liderazgo ya se estaba apagando, aún mantenía influencia. Esa influencia comenzó a ser borrada con el terremoto. Dos año más tarde, en 1946, Cantoni apoyaba a Perón para presidente.

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