“Argentina es un país en el que, si te vas de viaje veinte días, cuando volvés cambió todo, y si te vas veinte años, no cambió nada”. El dicho popular condensa, con una sencillez demoledora, dos rasgos persistentes de nuestra realidad: el vértigo de la inestabilidad cotidiana y el bucle del estancamiento histórico.
El mundo cruje y no sabemos bien qué nos está pasando. Las certezas de las últimas décadas se derrumbaron y no fueron reemplazadas por otras. Ya no se trata solo de geopolítica o de economía. Son las transformaciones íntimas y cotidianas las que nos dejan perplejos. Cuesta encontrar pautas, cuesta reconstruir identidades, cuesta reconocerse en un nosotros. Como si el otro hubiese desaparecido y todo quedara reducido al límite de la experiencia individual. ¿Estamos ingresando en una etapa de antropofagia?
En ese vacío proliferan respuestas simplificadoras que buscan culpables entre los más débiles. No es la intención de esta columna sumar otra explicación ni contrastar datos con creencias que, a esta altura, parecen emancipadas de los hechos materiales.
El filósofo español Santiago Alba Rico plantea que una civilización no es solo una conversación entre los vivos, también incluye a los muertos. Ese diálogo con la memoria es el único límite real frente al nihilismo que predica que nada merece ser conservado y todo puede ser destruido.
Olvidar a los muertos no es un acto ingenuo: es una operación política. Borrar la memoria desarma identidades, rompe continuidades y deja a las sociedades a la intemperie.
No se trata de rememorizar todo, ni mucho menos de ser nostálgicos de tiempos que no volverán. Se trata de aprender de las luchas, de los logros y de las derrotas. El diálogo con los muertos nos permite buscar y encontrar el núcleo de identificaciones en nosotros mismos, en nuestra Patria. No hay necesidad de buscar en el exterior lo que nos identifica, lo que nos hace pueblo. Es una manera de salvaguardar los tesoros nacionales.
Perder los tesoros nacionales es, en parte, el derrumbe de las figuras simbólicas. Y, sin dudas, eso genera desasosiego y aumenta el sentimiento de soledad. Las figuras simbólicas que hacen a nuestra identidad común —la educación pública, Malvinas, por nombrar algunos ejemplos— inciden en lo cultural, lo psicológico y lo espiritual de una Nación. La destrucción constante y lapidaria de lo que nos une como Nación tiene consecuencias terribles, como las que estamos viviendo, y erosiona los valores arraigados en el pueblo argentino.
En ese contexto recordamos un nuevo natalicio de José de San Martín. Tal vez demasiado ausente del debate cotidiano, el Libertador sigue siendo una brújula en tiempos de desorientación.
San Martín, ¿va a resolver el industricidio que devora a los trabajadores? ¿Va a cuidar nuestra soberanía y nuestros recursos naturales de ser quemados, destruidos y entregados? ¿Va a impedir la destrucción del Estado nacional? No, nada de eso. Eso lo debemos hacer nosotros. San Martín ya hizo demasiado por nuestra Patria, y fue —y sigue siendo— poco valorado. No podemos pedirle más, pero sí podemos tomarlo como esa figura que nos une y marca el horizonte: una propuesta para llenar el vacío y la falta de ejemplos virtuosos.
Porque la coyuntura —esa espuma que nos muerde la atención— siempre tiende una trampa. Nos encierra y, en vez de llamarnos a la acción, el presente nos inmoviliza y nos deja sin pensamiento. Solo quiere nuestra reacción; cuanto más efímera, mejor.
Pero si algo enseña nuestra historia, nuestros muertos, es que en esta Patria casi nunca fue fácil. Y, sin embargo, el pueblo argentino, una y otra vez, encontró una salida.
El ejemplo del Gran Libertador invita a no retroceder ante la angustia contemporánea, a renovar la interpretación analítica frente a los nuevos malestares sociales y culturales; nos empuja a no cansarnos de nosotros mismos y a buscar alguna forma de comunidad.
El correntino que cruzó el Atlántico y Los Andes por una causa heroica sabía que una Nación se funda en decisiones. Por eso conmueve leer aquella proclama a sus compañeros del Ejército de los Andes, atravesada por un sentido de actualidad que hiela la piel. Porque allí aparece una verdad que hoy necesitamos reversionar con nuestras propias palabras: que la libertad no se negocia por comodidad; que la dignidad no se posterga por cansancio; que el miedo no puede gobernar una comunidad.
San Martín les habla a hombres pobres, a un ejército sin recursos, a una causa sin garantías. Y les dice, en esencia, vendrán a atacarnos creyendo que estamos agotados. Creerán que ya no cortan nuestros sables. Creerán que bajamos los brazos. Vamos a desengañarlos.
Y agrega algo más profundo todavía: la guerra —la pelea por la libertad— se hace como se pueda. Si no hay dinero, habrá pan compartido. Si no hay uniforme, habrá abrigo hecho por manos propias. Si no hay comodidad, habrá coraje. Si no hay certezas, habrá decisión. Y, sobre todo, el ejemplo empieza arriba: no se predica, se practica.
Ese es el punto.
A esta altura de la historia, el adversario no siempre viene con bandera extranjera. A veces aparece como resignación, como un giro cínico que se burla de la esperanza. A veces el colonialismo se disfraza de sentido común y pretende convencernos de que no hay alternativa. Repite una y otra vez, que la Patria es un gasto, que lo público es un estorbo, que la solidaridad es ingenuidad, que la educación es un lujo, que el trabajo digno es un privilegio, que la soberanía es un relato viejo.
Ahí se libra hoy la batalla más importante: por el sentido. Por la posibilidad de seguir llamándonos “pueblo” sin vergüenza. Por el derecho a imaginar futuro sin pedir permiso.
Y entonces vuelve la frase esencial, reversionada para nuestra hora:
No juremos comodidad. Juremos dignidad.
No juremos éxito rápido. Juremos persistencia.
No juremos que será fácil. Juremos no entregar la Patria.
La esperanza no es optimismo bobo. La esperanza es disciplina. Es la virtud de lo arduo pero posible. Es no bajar los brazos cuando el ruido quiere convencernos de que todo da lo mismo. Porque cuando todo da lo mismo, ya no hay humanidad, sino posthumanismo. Ya no hay comunidad, hay intemperie.
Por eso, si San Martín es ejemplo, no lo es por la victoria como postal. Lo es por ser un hombre guiado por una causa justa, que lo lleva a tomar decisiones cuando todavía no se ve el final del camino, cuando el cruce de la cordillera parece una locura, cuando la historia no promete nada.
Nuestra historia está llena de esos momentos. Y, sin embargo, el pueblo siempre salió. Con coraje, creatividad y audacia. No por magia: por voluntad organizada, por amor a lo propio, por una esperanza que no se rinde.
No bajemos los brazos. Por humanidad. Por Patria. Por futuro.