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Valle Fértil

En imágenes, cómo es el pueblo sanjuanino al que los autos no podían llegar

Son 16 las familias que viven en Sierras de Riveros, un paraje silencioso, con casas separadas entre cerros y quebrada y cuyo corazón es la escuela.

Por Daiana Kaziura

No son muchos los privilegiados que conocen el hermoso paisaje de la localidad Sierras de Riveros, en Valle Fértil. Y es que, hasta hace unas poco menos de dos semanas, ningún vehículo podía llegar al lugar por falta de un camino. Esa senda fue abierta ahora y Tiempo de San Juan llegó al pueblo que cobija a 16 familias, cuyas casas están diseminadas entre los cerros y la quebrada, para recorrerlo.

El corazón del lugar es la escuela, que está justo en el medio de la comuna. Al establecimiento, asisten actualmente 9 alumnos. De ellos, 4 van a Nivel Inicial, ellos son los únicos que no duermen en la escuela. Mientras que, 4 más van a la Primaria y hay un alumno en uno de los dos años de Secundaria que se dicta allí. Ellos, junto a los docentes, que son 6, permanecen 10 jornadas enteras albergados en el lugar para regresar a sus casas por 5 días.

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Cerca del edificio escolar está la capilla del pueblo. Y, a unos metros, la casa en que funciona la sala de primeros auxilios, en la que se turnan 3 enfermeros para prestar servicio. Allí, controlan la salud de los vecinos y les entregan medicamentos a quienes los necesitan. Cuando alguna vecina está embarazada se le hace los controles generales, pero cuando se acerca el momento del parto, debe viajar a la ciudad y esperar allí a que nazca su bebé.

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Otra construcción que se ve desde el ingreso funciona como una especie de sede de unión vecinal. Y también hay una casa en la que vive el portero del establecimiento. El resto de los vecinos, tienen sus casas a más de 100 metros de distancia entre sí. Un grupo, de viviendas está en la zona que se conoce como “el alto”, justamente en la zona de mayor altura de la sierra. Y las otras, en “lo bajo”, la zona de quebrada, que está delimitada por álamos altísimos.

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Las viviendas son bajas, construidas en su mayoría con adobe y piedras, y casi todas tienen un porche equipado con alguna mesa y sillas en las que las familias pasan su tiempo libre mirando las laderas verdes de los cerros, principalmente en verano, cuando el clima es muy agradable. Las tardes son templadas y, por las noches, los vecinos deben usar alguna mantita para dormir. Sin embargo, durante el invierno, el frío se siente con intensidad. En épocas en las que no hay sequía, es común que llueva e, incluso, puede llegar a nevar.

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En el pueblo, la gente habla pausado y bajito, no hay un ruido que interrumpa una conversación. Nadie teme a la inseguridad y todos dejan a sus animales salir a pastar libremente. Es normal cruzarse con los cabritos que los pobladores venden para vivir y también ver los corrales de las vacas. Además, la mayoría de las familias tienen su huerta para consumo propio.

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En cuanto a la comunicación, no hay señal de celular, por lo que se utiliza un sistema de radio. Y en la zona de la escuela y el centro de salud cuentan con servicio de Internet. Mientras que, al suministro eléctrico lo consiguen gracias al uso de paneles solares.

Quienes viven en el lugar cuentan que la población descendió mucho en los últimos años. Por un lado, algunas familias decidieron mudarse a otras localidades, principalmente a Astica, más que nada por la lejanía del lugar y la falta de comunicación vial. Y a eso se suma la tendencia que se da en todos lados, las familias jóvenes tienen menos hijos.

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Pero, también, están quienes disfrutan la tranquilidad del pueblo y no están dispuestos a dejarla. “Nunca me iría de acá. Es muy lindo. Si mi hijo el día de mañana me dice que prefiere mudarse a la ciudad, lo voy a apoyar, pero no me voy a ir con él”, cuenta Rocío Chavez, quien tiene 22 años y vive con su pareja y su hijo de 3 años, que crece completamente alejado de las pantallas, jugando con tierra y los animales a los que cuidan. “Podríamos tener televisor, pero por el momento no nos interesa”, cuenta su madre.

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