Las amenazas en escuelas volvieron a encender la alarma en San Juan tras una seguidilla de episodios registrados en los últimos días. Mensajes intimidatorios en redes sociales, escritos en baños y paredes de distintos establecimientos y rumores que circularon entre estudiantes obligaron a activar protocolos de prevención en al menos 27 escuelas de la provincia. La situación no solo generó temor, sino que también impactó en la asistencia: en algunos casos, la concurrencia de alumnos cayó de manera drástica ante la preocupación de las familias. Mientras tanto, se reforzó la presencia policial en ingresos y zonas cercanas a los colegios, en un intento por garantizar el normal desarrollo de las clases y llevar tranquilidad.
En este contexto, la psicóloga sanjuanina Silvana Belloti hizo una reflexión al respecto y propuso mirar más allá del hecho puntual. “No es solo una broma pesada. Aunque muchas amenazas no se concretan, el impacto emocional en la comunidad es real y profundo”, advirtió. Desde su mirada, estos episodios deben entenderse como señales: “Una amenaza suele ser el síntoma, no el problema raíz”. Según explicó, detrás de estas conductas pueden aparecer sentimientos de aislamiento, frustraciones intensas, necesidad de reconocimiento o intentos de ejercer control en un entorno que los adolescentes perciben como caótico.
En ese escenario, las redes sociales juegan un papel determinante. La viralización de amenazas previas genera lo que la especialista define como un “efecto contagio”, donde algunos jóvenes encuentran en esos mensajes una forma de obtener visibilidad o una sensación de poder. “Los algoritmos pueden reforzar ideas de venganza o nihilismo”, señala, y por eso insiste en que el acompañamiento digital es clave: no se trata de espiar, sino de estar presentes en los espacios donde los adolescentes pasan gran parte de su tiempo.
Frente a este panorama, el rol de los adultos resulta central. Belloti subrayó que toda amenaza debe ser tomada en serio y canalizada por los protocolos correspondientes, pero sin caer en el pánico. “Los adolescentes absorben nuestra ansiedad. Si reaccionamos con desesperación, reforzamos su sensación de inseguridad”, explicó. En paralelo, insistió en la importancia de construir vínculos de confianza, donde los jóvenes se sientan escuchados y validados. La presencia cotidiana, el diálogo y la disponibilidad emocional aparecen como herramientas fundamentales para prevenir este tipo de situaciones.
Por otro lado, hizo hincapié en prestar atención a ciertos cambios de conducta que pueden funcionar como señales de alerta, como el aislamiento repentino, la pérdida de interés, publicaciones con contenido violento o un descenso marcado en el rendimiento escolar. Ante estos indicios, recomienda acercarse con empatía, sin confrontación, y abrir espacios de conversación genuina. Y, si es necesario, recurrir a ayuda profesional de manera oportuna.
Para Belloti, la clave está en el vínculo. “Un adolescente que se siente visto y escuchado, rara vez busca ser temido”, resumió.
Preocupación institucional: el Colegio de Psicólogos pidió abordar las amenazas con responsabilidad y foco en la salud mental
El Colegio también subrayó que toda amenaza debe ser abordada con absoluta seriedad, activando los protocolos correspondientes, pero evitando la difusión de mensajes alarmistas que puedan agravar el clima de angustia. En ese sentido, recomendaron a las familias acompañar y supervisar el uso de redes sociales, generar espacios de diálogo y estar atentos a cambios de conducta, mientras que a las instituciones educativas les sugirieron reforzar la contención emocional y promover ámbitos de escucha. “Cuidarnos es una tarea colectiva”, sintetizaron.
En paralelo, desde el Ministerio de Educación provincial insistieron en llevar tranquilidad al señalar que no existe un riesgo concreto hasta el momento, aunque todas las situaciones son investigadas. También pidieron responsabilidad a la comunidad para no amplificar contenidos falsos o intimidatorios que circulan en redes sociales. La combinación de operativos preventivos, protocolos institucionales y llamados a la reflexión marcan el abordaje actual de una problemática que excede lo policial y pone en el centro la salud emocional de los adolescentes.