La irrupción de Javier Milei en la política argentina fue tan brusca como difícil de explicar. En poco menos de dos años desde su llegada a la Cámara de Diputados, construyó un partido con estructura en las 24 provincias, ganó las elecciones presidenciales, sobrevivió al costo político de un ajuste sin precedentes y volvió a imponerse en las elecciones de medio término. Hoy, su intención de voto de cara a una posible reelección en 2027 se mantiene en niveles que pocos hubieran anticipado cuando era una figura de programas de televisión.
Semejante recorrido obliga a una pregunta inevitable: ¿en qué se basa el surgimiento del fenómeno Milei? Las respuestas son múltiples y no se pueden reducir a una sola lectura, pero hay un dato que se repite en casi todos los análisis como uno de los pilares de su ascenso: el voto joven.
Para entender por qué Milei encontró en la juventud un terreno tan fértil, hay que mirar primero las condiciones concretas en las que esa generación creció. Los jóvenes de entre 16 y 30 años que votaron en 2023 son, en su mayoría, hijos de la crisis de 2001 o nacidos en la década posterior: crecieron en un país donde la inflación fue un problema estructural y recurrente, vieron a sus familias perder ahorros repetidamente y llegaron a la adultez en un contexto donde alquilar un departamento, sostener un proyecto propio o planificar a cinco años se había vuelto casi una fantasía. No conocieron la estabilidad. Esa acumulación de frustraciones construyó una generación con una desconfianza estructural hacia la política tradicional y una disposición mucho mayor a apostar por algo radicalmente distinto, aunque eso implicara incertidumbre. Milei no creó ese descontento, pero supo capitalizarlo mejor que nadie.
En las elecciones de 2023, los votantes de entre 16 y 30 años fueron el segmento que más respaldó a Milei. Diversas consultoras coincidieron en ubicar su apoyo en esa franja entre el 30% y el 40%, con picos aún mayores entre los varones jóvenes. Relevamientos de firmas como Analogías y análisis publicados en medios como La Nación señalaron que esa franja no solo fue la más afín a la propuesta libertaria, sino también una de las más relevantes en términos electorales: concentra cerca de un tercio del padrón nacional. La adhesión fue, en muchos casos, casi el doble que la registrada por cualquier otro candidato en ese segmento etario.
Pero la pregunta que hoy tiene más peso no es por qué los jóvenes votaron a Milei en 2023, sino si ese respaldo se sostuvo. A más de dos años del inicio de la gestión, y con un programa económico que implicó meses de ajuste y caída del poder adquisitivo, la respuesta —aun con sus matices— es que sí.
Un estudio de Opina Argentina de comienzos de 2026, elaborado sobre una muestra nacional de 3.590 casos, ubica la imagen positiva del presidente en torno al 48% general, pero registra un desempeño más sólido entre los más jóvenes: alrededor del 54% de aprobación en la franja de 16 a 29 años, con valores que caen progresivamente en las franjas de mayor edad. Otras consultoras, como Trespuntozero y Alaska, ofrecen lecturas menos favorables para el oficialismo y registran una caída respecto de los picos posteriores a la elección, con niveles que rondan el 50% y un incremento del rechazo. Aun en esos escenarios más críticos, el apoyo joven sigue siendo uno de los más resistentes del proyecto libertario.
¿Por qué persiste ese apoyo? No hay una respuesta única, sino varias que se superponen.
La primera es la identificación. En amplios sectores jóvenes, el respaldo a Milei opera no solo como una evaluación de resultados de gestión, sino también como una identidad política construida en oposición a una dirigencia tradicional percibida como fracasada o agotada. Esa lógica de ruptura, que fue uno de los motores del voto en 2023, no desapareció con el paso del tiempo.
La segunda es la comparación. Para una parte significativa del electorado joven, el juicio sobre el gobierno actual se construye en contraste con experiencias anteriores — el kirchnerismo, la gestión de Macri, la pandemia— que dejaron una huella de desconfianza profunda. El oficialismo retiene apoyo no solo por lo que hizo, sino también por la debilidad de sus alternativas.
La tercera tiene que ver con los resultados concretos de la gestión. El gobierno de Milei acumuló logros que sus votantes jóvenes reconocen: la baja sostenida de la inflación, una estabilidad cambiaria relativa y la apertura de importaciones que, gradualmente, empezó a aliviar el costo de vida. No es que todo esté bien ni que la recuperación sea uniforme, pero la sensación de que algo está cambiando —de que el rumbo tiene lógica y los números empiezan a acompañar— opera como un sostén concreto del apoyo. Para una generación que creció sin haber conocido la estabilidad, percibir avances tangibles, aunque parciales, es suficiente para mantener la apuesta.
Y la cuarta es la centralidad de las redes sociales. Instagram, TikTok y X se consolidaron como las principales fuentes de información política de las nuevas generaciones, y es en esas plataformas donde La Libertad Avanza mantiene una presencia que compite con los medios tradicionales en alcance e influencia. Una red de creadores de contenido, cuentas militantes y figuras del ecosistema libertario digital sostiene una narrativa coherente con la base y le permite al gobierno instalar agenda y amortiguar el desgaste propio de cualquier administración.
El fenómeno, sin embargo, no es exclusivamente argentino. En distintas partes del mundo se repite una tendencia similar: líderes de derecha con discursos rupturistas que encuentran en la juventud una base de apoyo inesperadamente sólida. En Italia, Giorgia Meloni llegó al gobierno en 2022 con un respaldo transversal que incluyó a franjas jóvenes históricamente volcadas hacia la izquierda. En España, Vox consolidó su presencia entre varones jóvenes en un país donde la centroizquierda había dominado ese segmento durante décadas. Y en Japón, Sanae Takaichi —primera ministra desde fines de 2025 y primera mujer en ocupar ese cargo en la historia del país— protagonizó lo que los medios locales bautizaron como "Sana-manía": una ola de entusiasmo político inusual, especialmente entre los jóvenes, impulsada en buena medida por una estrategia de comunicación centrada en redes sociales. Todo esto sugiere algo más amplio que un caso nacional: un clima de época en el que la juventud tiende a respaldar figuras disruptivas por fuera del establishment tradicional y a sentirse más representada por posturas que desafían el consenso político establecido.
Sin embargo, sería un error leer el mapa político juvenil argentino como un territorio exclusivo del oficialismo. La oposición también tiene presencia activa entre los jóvenes: agrupaciones universitarias, movimientos sociales y espacios militantes de distintas ideologías siguen nucleando a miles de jóvenes en todo el país. Las facultades, las calles y las mismas redes sociales que el oficialismo usa con eficacia son también escenarios de organización y disputa para otras fuerzas. Milei domina ese campo con claridad, pero no lo monopoliza. La juventud argentina, como siempre, es plural.
Falta mucho para 2027. El clima electoral todavía no tomó forma y los sectores menos politizados aún no definieron posiciones concretas. Pero si la tendencia que marcó estos años se sostiene, hay razones para pensar que una parte importante de ese tercio del padrón menor de 30 años seguirá siendo uno de los principales activos del proyecto oficial. La pregunta, llegado el momento, será si eso es suficiente.