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Columna

Francisco, emblema esperanzador en tiempos de destrucción

Malos augurios, lo dice la calle y la gente. Los gramos de esperanza que quedan, poco a poco los van demoliendo. Las respuestas, en clave de un visionario.

Por Eduardo Camus

El martes de esta semana, bien temprano, salí a hacer unas diligencias. El aire fresco de la mañana me llenó el cuerpo de vida. San Juan en otoño tiene una belleza extraordinaria; después del verano feroz, la ciudad parece encontrar una pausa serena, como si por un instante el tiempo invitara a mirar más despacio.

Pero al observar las calles semivacías, el panorama ya no resulta tan alentador. Las filas interminables en financieras y sucursales de tarjetas de crédito contrastan con los pocos locales que todavía permanecen abiertos, esperando que entre alguien. Se percibe la angustia de estar promediando el mes y no tener un peso.

Tenía que esperar media hora, así que me detuve en la Plaza Laprida y me senté en uno de sus bancos. Cerca mío, dos jubilados conversaban sobre el precio de los remedios y sobre cómo habían dejado de tomar algunos. Uno de ellos decía que ya no sabía si elegir la pastilla del corazón o la comida. Escucharlos me produjo una impotencia enorme, aunque esa primera reacción fue cediendo a medida que presté más atención (no sin algo de pudor) a la conversación ( a la que trataré de ser lo más fiel posible):

-Atahualpa, siempre tuvo razón : “Tal vez otro habrá rodao

Tanto como he rodao yo

Y le juro, creameló

Que he visto tanta pobreza

Que yo pensé con tristeza

Dios por aquí no pasó”

-Esperá, Juan! Vos bien decís; hemos rodado mucho y por eso mismo sabemos que no hay que perder la esperanza.

- ¿de qué esperanza me hablas?, ¿se come acaso?, ¿es carne de burro por lo menos? jaja, dejate de joder. No me vengas con esperanza, que acá en este país venimos de mal en peor. Ni que fuésemos Adorni, ese si puede tener esperanza, todos los días tiene algo nuevo y algún viaje.

- Flor de chanta este, pero nos vendría bien la peluca nueva que se hizo.

- Eso, eso. Ahí tenés razón.

- Hablando en serio, Juan. No podemos perder la esperanza, “La esperanza no defrauda”, te acordas que lo repetía Francisco. Toda su fuerza en el último tiempo estuvo dedicada a preservar la esperanza. Antes de dejarnos comenzó el jubileo de la esperanza y justo nos viene a dejar. Creo que sabía que vendrían tiempos de profunda oscuridad en el país y en todo el mundo.

- Está bien, no voy a meterme con Francisco, algo intentó pero mira como estamos. Tenemos que andar eligiendo si almorzamos o cenamos, si pagamos la luz no alcanza para los remedios, así no se puede. Eso que vivimos acá, y no en Medio Oriente, en medio de las bombas. Héctor, vos sabes bien que no sirvió mucho lo que dijo Francisco.

- ¡Estás colifato! ¿Cómo no va a servir? Un pastor tiene que predicar por la paz, por el bienestar de la humanidad. Más en tiempos en que el odio corre como pólvora. y eso es justamente lo que hizo, no se quedó callado. No podemos esperar resultados inmediatos. Vos lo sabes bien, aunque ahora estés chinchudo. Tenes toda la razón para estar así, pero justamente la esperanza se consolida en las angustias de la vida, de ahí nace la paciencia. De entendernos como pueblo con un sentido común, “todos estamos arriba de la barca” nos decía y “nadie se salva solo”.

- Vos, yo y la mayoría estamos en un barco de papel remándola en dulce de leche con escarbadientes. Toda la vida igual. Mientras unos pocos andan en yates y aviones privados por todo el mundo. No estamos en el mismo barco.

- Allá ellos, dejalos con su avaricia y lujos para tapar el vacío que tienen. Juan, nosotros tenemos que seguir pensando en los que la remamos todos los días, y vamos a seguir remándola.

- No, no. ya no la quiero remar más. Me cansé, Héctor. Estoy harto.

- ¿qué vas hacer? no podemos bajarnos del barco, es la vida misma. Sabes muy bien que tenemos que seguir. Vos tenés 3 nietos, pibes que estudian. Se te cae la baba cuando hablas de ellos. ¿Le vas a decir que el mundo es una porquería, qué no vale la pena pelearla? Es imposible que los pibes te den bola si no los contagias, tenemos que seguir creyendo que vamos a ser parte de un futuro mejor. Francisco nos llamó a conversar con los jóvenes, para que ellos carguen nuestros sueños, para que escuchen nuestra sabiduría, que juguemos para adelante, podemos todavía ser protagonistas de la historia.

- 2 nietos y una nieta: Justa es mi regalona. Esa pibita tiene fuego en la mirada. Pero qué sé yo. Toda la vida creí que había que esforzarse y qué no había un lugar como la Argentina. y vos sabes que nunca la tuvimos fácil. Nos pasamos la juventud corriendo para que los milicos no nos pillen, lo único que queríamos era que volviera el viejo y pudiésemos votar. Cuando lo logramos traer de vuelta ya estaba demasiado cansado y nos dejó la viuda y el brujo. Otra vez sopa, los milicos de nuevo y peor que nunca. Pasamos las de quico y caco, pero una vez más salimos para adelante y nos ilusionamos con la democracia. Qué manera de defraudarnos, uno tras otro. Ojo! siempre es mejor en democracia, pero che… ¿nunca va ser fácil en este país? Hoy, si Justa me pregunta, le digo que se vaya afuera a buscar mejor vida.

- Si, es verdad que nunca es fácil. Pero es nuestra casa, nuestro pueblo. Te acordás del video que te mandé de Francisco hablando de la Patria. Se emociona, se pone como loco, casi que te obliga a amar a tu Patria. Llama payasos a los que nos quieren dejar sin historia. Quien no ama a su Patria no puede llegar a amar a Dios.

- Si, si lo vi varias veces. Es verdad que se emociona al hablar de la Patria, igualito a los inútiles que andan arrodillándose con cualquier bandera extranjera. La emoción que transmitía al hablar de la Patria me hizo acordar al Diego, otro fenómeno. Siempre con la celeste y blanca.

-Claro, ahora nos estamos entendiendo. ¿vos crees que es casualidad que de esta tierra surgiera un líder espiritual mundial? Somos parte de las mismas raíces que formaron uno de los hombres más importantes de la humanidad. Le gustaba el fútbol y el mate como nosotros. Dios puso sus ojos en este pueblo para que de él salga un camino de esperanza para la humanidad.

- Que cosa, no?!. Tenés razón, viejo. A pesar de tantas pálidas, somos un faro de humanidad. Siempre uno nacido de este pueblo da que hablar por su compromiso con las causas justas de los pueblos del mundo. No han renegado nunca de la Patria que los parió.

- Juan: viejos los trapos. Todavía podemos hacer lío, todavía estamos acá, no somos descartables, siempre decía Francisco “póngase la patria al hombro” y así será seguiremos en la lucha, que es un servicio, porque “quien no vive para servir, no sirve para vivir”. Y sí, Atahualpa tenía razón: “las penas son de nosotros, pero las vaquitas son ajenas” pero le faltó que también la esperanza es nuestra.

Volví a mirar el reloj, los minutos habían volado. Mi impotencia ya no era tal, la charla de Héctor y Juan había llegado como un viento sur para llevarla bien lejos. No podía imaginar mejor homenaje para el cura argentino. No había estampitas ni homenajes formales. Había dos viejos argentinos, sentados en una plaza de San Juan, discutiendo si todavía vale la pena creer en algo. Y en medio de esa discusión estaba Francisco.

Quizás ahí resida una de las claves más hondas de su legado. Francisco nunca perteneció del todo a los palacios. Nunca terminó de ser una figura cómoda para el poder. Su lenguaje, aun cuando hablaba al mundo entero, seguía teniendo algo de conversación de barrio, de sermón de parroquia en la periferia, de ronda de mates, de sobremesa entre gente golpeada pero no derrotada. Hablaba de patria, de pueblo, de jóvenes, de ancianos, de descarte, de servicio, de misericordia, de paz. Y lo hacía sin vergüenza, en una época que volvió cínicas muchas palabras nobles.

Por eso no es casual que, a un año de su muerte, siga apareciendo ahí, entre jubilados que discuten cómo llegar a fin de mes, entre tipos que están cansados de “remar” y aún así no terminan de resignarse del todo. Francisco fue, entre muchas otras cosas, una voz obstinada contra la resignación.

Cuando me levanté del banco para seguir con el día, los dos viejos seguían conversando. Ya no discutían tanto. Se reían un poco más. Pensé entonces que quizá Francisco, a un año de su partida, siga haciendo exactamente eso entre nosotros, obligarnos a conversar mejor, a no dejar que el dolor nos vuelva mudos.

(Esta nota la escribí con el enorme aporte de Jonatan Aguilar, quien me alentó a homenajear a ese Argentino que murió en el Vaticano hace un año).

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