Hay veces en que la vida y la muerte penden de un hilo. Y un solo movimiento, una milésima de segundo, puede definir de qué lado está. Como sucedió aquella noche de 1975 en la que un simple trayecto en taxi cambió los destinos de su chofer y sus dos pasajeros, que resultaron ser dos ladrones. Un fatídico recorrido que culminó en Rawson con un frustrado asalto y con uno de los asaltantes en un viaje sin retorno.
Era lunes 16 de junio de 1975, cerca de las 23. Miguel Ángel Fernández circulaba por calle Mitre a bordo de su taxi Dodge modelo ‘69 cuando, al llegar a la intersección con Caseros, vio a dos hombres que hacían señas para que detuviera el coche. El taxista paró el vehículo sin imaginar que aquellos ocasionales clientes no eran tales y tramaban algo turbio.
Los desconocidos subieron al asiento trasero y le pidieron que los llevara hasta el barrio Güemes, en Rawson. Fernández cumplió la orden y salió hacia avenida Ignacio de la Roza al oeste para luego tomar por Paula Albarracín de Sarmiento al sur. Más adelante tomó la Cabot y, a las pocas cuadras, ingresó a la calle Vidart.
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El viaje terminó sobre calle Agustín Gómez, conocida también como 5, cerca de Vidart.
Fernández vio que terminaba el barrio Güemes, pero los pasajeros no le indicaban el destino. Inquieto, ya les preguntó a dónde iban; entonces los desconocidos respondieron al mismo tiempo: “Más adelante. Más adelante”. Transitaron un trecho hasta que uno de los clientes pidió que parara frente a una zona despoblada y oscura.
El asalto
No hizo falta que preguntara. La respuesta vino sola. Fernández hizo el amague de mirar a los pasajeros y sintió el filo de un cuchillo pegado a su cuello. “Esto es un asalto”, le dijo uno de los hombres, que ordenó que estacionara contra la acequia y apagara las luces.
Los dos asaltantes obligaron al taxista a ponerse en el medio y se sentaron a ambos costados para impedir que escapara. Uno de los ladrones tomó el volante y arrancaron hacia la calle 5, donde nuevamente detuvieron el coche. Ahí le exigieron que abriera el baúl, pero Fernández respondió que la llave estaba junto con el manojo.
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El titular de Diario de Cuyo que daba cuenta del asalto y del herido de bala.
También le conminaron a que bajara del coche y fuera a la parte trasera del coche. Mientras todos descendían, Fernández manoteó el revólver calibre 32 que llevaba al lado de su asiento y lo ocultó en su bolsillo sin que los ladrones se dieran cuenta.
Dentro suyo pensó que los sujetos pretendían meterlo en el baúl o asesinarlo con el objetivo de robar su auto. En esos segundos, cuando tuvo enfrente al sujeto que portaba el cuchillo, no lo dudó y sacó el revólver. No hizo más que estirar el brazo y se escuchó la fuerte detonación. El disparo fue a quemarropa.
Un disparo mortal
El ladrón pegó un grito y se dio vuelta, buscando escapar en la oscuridad. Su cómplice quedó paralizado por un instante, pero emprendió la fuga en dirección contraria, después de que el taxista realizara dos disparos al aire.
El taxista subió rápido a su auto y huyó del lugar. Minutos más tarde se presentó en la comisaría de la zona para contar lo sucedido. Relató en detalle cómo fue el asalto, pero agregó que sacó su arma y llegó a herir a uno de los asaltantes. Estaba seguro de que le había pegado un tiro porque escuchó su alarido, pero no sabía que esa bala cambiaría la vida de ese delincuente y la suya.
Sanchez
Este era Pedro "Machete" Sánchez. Foto de Diario de Cuyo.
El ladrón herido era Pedro Celestino Sánchez, un exconvicto apodado “Machete”, que esa noche escapó malherido y caminó hasta la casa de su hermano en Villa San Damián para pedir ayuda. Su familia vio que tenía un balazo en el abdomen, de modo que lo trasladaron al Hospital Guillermo Rawson.
El proyectil había dañado órganos vitales y desde su ingreso al nosocomio su estado era crítico. Casi seis días estuvo internado en la sala de cuidados intensivos, pero los médicos poco pudieron hacer por él. Murió el 22 de junio de 1975. Del otro asaltante jamás se tuvo noticias.
El diario del lunes siguiente publicó el desenlace con otra frase lapidaria: “Murió el autor del asalto a un taxista”. Recordaron que todos conocían a Pedro Celestino Sánchez como “Machete” y tenía 40 años. En uno de esos artículos hicieron mención de su pasado. Años atrás había protagonizado un asalto en un almacén en Rawson, donde el propietario, un hombre de apellido Izza, perdió la vida.
Titular del muerto
La noticia de la muerte de Sánchez en el titular de diario Tribuna.
Por aquel crimen, Sánchez fue sentenciado a 15 años de cárcel, aunque recuperó la libertad al purgar 10 años bajo la sombra, gracias a su buena conducta. Según las crónicas policiales de la época, al abandonar el penal de Chimbas intentó mantenerse al margen, pero la miseria y las malas compañías lo devolvieron a la calle. Volvió a delinquir, aunque el destino no le concedió una segunda oportunidad.
El caso no terminó con la muerte de Sánchez. El juez de la causa procesó a Miguel Ángel Fernández por el delito de homicidio en exceso de la legítima defensa. La opinión estaba dividida: ¿había actuado dentro de su derecho o se había excedido?
La respuesta llegó dos años más tarde. El 27 de septiembre de 1977, la jueza Mirtha Yvonne Salinas de Duano firmó la sentencia absolutoria: “Por haberse encuadrado su accionar en la causa de justificación que contempla el artículo 34 inciso 6º del Código Penal, denominada legítima defensa”. El tribunal reconoció que el taxista se defendió de una agresión real, inmediata y con peligro de muerte, y con eso lo exculpó de todo.