HISTORIAS DEL CRIMEN

Pelea, tiros y el asesinato en la puerta de Terremoto Bailable en Santa Lucía

Sucedió en las vísperas de la Navidad de 1995, en la vereda del Club Juventud Alianza. Dos jóvenes discutieron, uno sacó un arma de fuego y se desató una batahola que terminó en un crimen.
domingo, 2 de enero de 2022 · 09:09

Quién no escuchó hablar del Terremoto Bailable en el Club Atlético de la Juventud Alianza, uno de los escenarios más populares de la cumbia y el cuarteto en la década del 90 con el boom de las bailantas. Siempre recordado por los artistas que pasaron por su salón y por las bataholas y las peleas. Un antiguo baile que también evoca el dolor por la trágica madrugada del 23 de diciembre de 1995 cuando, por la disputa de una chica, se armó una trifulca en la puerta del tradicional predio de Santa Lucía y balearon mortalmente a un joven.

El caso de Juan Alejandro Sosa es uno de esos asesinatos que fueron el resultado de la irracionalidad de otro joven, del accionar de las patotas y, por qué no, de la mala fortuna. Y porque ese disparo podía haber impactado en cualquiera, o no, pero le pegó justo a ese muchacho de 27 años que horas más tarde murió en el Hospital Guillermo Rawson.

Todo empezó por una discusión entre dos jóvenes. La nota de un diario local señaló que fue por un “problema de polleras”, pero nada tenían que ver las mujeres en este entuerto. En todo caso fue la bronca y las desavenencias de esos dos muchachos que quisieron demostrar quién era más guapo que el otro y se desafiaron dentro de la pista de Terremoto Bailable esa noche de sábado, en vísperas de la Navidad de 1995.

Encuentro desafortunado

Uno de ellos era José Luis Villafañe, que esa noche fue al baile con su novia, de nombre Graciela, y una decena de amigos. El otro, Luis Orlando Aguilera, de 18 años, quien tiempo atrás estuvo saliendo con esa misma chica y que en esa ocasión andaba acompañado por su amiga Flavia. Los jóvenes eran de Santa Lucía, pero provenían de zonas distintas y había bronca desde antes.

Parece que Aguilera seguía dolido y, cuando vio a Graciela junto a Villafañe, quiso sacarse la rabia. Se cree que se dijeron algo adentro de la bailanta, ubicada en el predio del club sobre ruta 20 y avenida Hipólito Yrigoyen, pero no llegaron a tomarse a golpes. El problema fue a la salida, a eso de las 4.30 de la mañana del 23 de diciembre de 1995.

La versión dice que Aguilera encaró a Villafañe. Hay testigos que afirman que los vieron hablando y se desafiaron a pelear, pero el primero de ellos llevaba un revólver. Ahí fue que sacó esa arma y largó un tiro, como para asustar al otro muchacho. Este retrocedió unos pasos y, en vez de intimidarse, cruzó la calle a buscar a sus amigos que estaban reunidos en frente.

Frustrada fuga

Aguilera sabía que la llevaba de perder, de modo que caminó rápido con su amiga y subieron al remis Renault 12 de Fabián Daniel Molina, que aguardaba en la puerta del baile para recoger pasajeros. Para entonces ya se le venían encima diez o quince muchachos, entre ellos Villafañe y los hermanos Juan Alejandro y Raúl Ariel Sosa.

Los testigos aseguraron que Aguilera efectuó otro disparo antes de abordar el coche y acomodarse al lado del remisero. La chica subió atrás. Fueron segundos. El chofer no tuvo tiempo ni de poner en marcha al auto, que el grupo de jóvenes los rodeó. Unos largaban trompadas contra Aguilera a través de la ventanilla delantera y otros le tiraban manotazos por la trasera.

El chofer y la chica no sabían qué hacer y suplicaban a los otros que pararan de pegarle. Aguilera trataba de cubrirse de los golpes. No podía detenerlos, en eso volvió a sacar el arma y largó a ciegas otro disparo. En ese instante Juan Alejandro Sosa se tomó el estómago y cayó contra el piso. Su hermano se agachó a socorrerlo, mientras que el resto de sus amigos se enloquecieron aún más. Hasta que uno logró abrir la puerta delantera del acompañante, sacaron a Aguilera a los mechonazos del Renault y le dieron una paliza.

Malherido

Unos policías y otras personas pusieron fin a la golpiza y metieron a Aguilera dentro del club para protegerlo. En esos minutos también auxiliaron a Juan Alejandro Sosa, lo cargaron a un auto y lo trasladaron muy malherido a la guardia del hospital. Allí constataron que el impacto de bala había ingresado en la zona del abdomen y había dañado órganos vitales.

Tanto Aguilera como algunos amigos de Sosa terminaron detenidos, incluso el hermano. Todo era confuso y la Policía no tenían en claro cómo habían sucedido los hechos. De lo que estaban seguros, en base a los testigos, era que Aguilera fue el autor de los disparos. En el piso del auto encontraron el revólver calibre 22 con tres proyectiles sin detonar.

Con las horas, las dudas en torno al ataque se despejaron. Los amigos de Sosa declararon que fue Aguilera el que desató la gresca a partir del disparo que efectuó. Otros testigos, como otros jóvenes que bebían en un kiosco situado enfrente, confirmaron esa versión, pero contaron que Aguilera después corrió hacia el auto para escapar y todos los amigos de la víctima lo persiguieron y lo atacaron en el coche.

Sin vuelta

La vida de Juan Alejandro Sosa se debatía entre la vida y la muerte en el servicio de Terapia Intensiva del Rawson. Agonizó por muchas horas. La hemorragia interna fue tan severa que falleció a las 15 horas del mismo 23 de diciembre de 1995. El caso, que en principio fue calificado como tentativa de homicidio, se convirtió en asesinato.

Durante todo el proceso, Luis Orlando Aguilera permaneció detenido como único acusado del delito de homicidio simple. Raúl Ariel Sosa, el hermano del fallecido, fue imputado de lesiones leves. Esto por la golpiza que le propinaron a Aguilera.

Ambos fueron juzgados entre el 24 y 27 de noviembre de 1998 por los camaristas Ricardo Alfredo Conte Grand, Héctor Antonio Fili y José Enrique Domínguez. En el debate, el fiscal Gustavo Manini mantuvo la acusación por homicidio simple y pidió que Aguilera fuese condenado a la pena de 8 años de cárcel. El abogado Horacio Merino, el defensor, sostuvo que el joven efectuó los disparos con la sola intención de intimidar a los otros y que buscó protegerse. Fue así que afirmó que, a lo sumo, existió un exceso en la legítima defensa.

Legítima defensa

El juez Conte Grand leyó la sentencia el 3 de diciembre de 1998. El magistrado dio por acreditado que se dio una situación de legítima defensa por parte de Aguilera, motivada por el “temor o pánico frente a una situación real de peligro por la agresión”. Además, expresó que “la agresión del grupo contra el acusado fue ilegítima”, por más que haya obedecido a la “reacción del primer disparo y ante el requerimiento de Villafañe”. Aclaró también que, tras ese primer disparo, el imputado “subió al auto, con la intención de dar por concluido el pleito o el entredicho”, según consta en la sentencia.

Entendió que el grupo de jóvenes era ajeno al incidente entre Aguilera y Villafañe, por lo que la agresión “fue extemporánea”. Ahora bien, afirmó que el empleo del arma de fuego por parte del acusado resultó una acción excesiva y desproporcionada, dado que la portación de esa arma cargada y en esas circunstancias representaban un riesgo –tal como sucedió- para terceros.

Los otros dos camaristas acompañaron la opinión del presidente del tribunal de la Sala III y resolvieron condenar a Luis Orlando Aguilera a sólo 3 años de prisión por el delito homicidio en exceso en la legítima defensa. En razón al tiempo que llevaba detenido, recuperó la libertad tras el fallo. Así mismo, Raúl Sosa fue absuelto del delito de lesiones leves. El único que perdió en todo esto fue Luis Sosa, que esa noche fatídica fue a bailar y murió baleado en medio de una disputa en la que nada tenía que ver.

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