Historias del crimen

El “Sátiro de la moto”: el policía sanjuanino que salía a raptar y violar niñas

Era un agente que andaba de uniforme y atacaba a pequeñas en las calles. Los casos se conocieron en 2009 y hubo dos víctimas hasta que lo descubrieron. Quedó la sospecha de que existieron más hechos.
domingo, 28 de febrero de 2021 · 10:24

Podrían haber sospechados de todos, pero no de él. Su disfraz era perfecto. Uniforme azul, insignias de la Policía de San Juan, la pistola en la cintura, el pelo corto y el aspecto de un hombre que no intimidaba a nadie. Para más datos, casado y nada que hiciese sospechar sobre alguna perturbación en su persona. Si hasta hacía adicionales en una escuela secundaria y en el Dirección de la Niñez, Adolescencia y Familia de la provincia. Pero detrás de ese hombre se ocultaba un violador, un abusador sexual que se valía de su condición de policía para camuflarse y salir a atacar a niñas.

Ese era el Cristian Fernando Saavedra, aunque a principio de 2009 nadie imaginaba que ese joven agente de Policía podía transformarse en un peligroso pervertido sexual al que luego llamaron el “Sátiro de la moto”. En esos meses, empezó a correr el rumor sobre un desconocido en moto que acechaba y manoseaba a mujeres solas que caminaban por las afueras del departamento Zonda y en la zona del Jardín de los Poetas. Pero hablaban de un sujeto con ropa de grafa marrón, como las que utilizan los obreros.

El rapto de Capital

Ese runrún tomó visos de realidad en la Villa Timoteo Maradona, en Capital, el mediodía del 2 de abril de 2009. Allí apareció un hombre vestido con uniforme azul en moto y paró a dos hermanitos que venían de hacer compras. Preguntó de dónde traían esa bolsa. Asustados, los chicos explicaron que volvían del almacén y se dirigían a su casa. El sujeto, con voz inquisitoria, les respondió que esas mercaderías eran robadas, que acababan de llevárselas sin pagar de un negocio y que iban a tener que devolverlas. Sin darles tiempo, ordenó a la nena de 9 años que subiera la moto, que la trasladaría a la comisaría para arreglar el problema. La tomó de la ropa y la sentó detrás suyo, mientras su hermano pedía que no se la llevara. El desconocido no escuchó las suplicas. Puso en marcha su moto y se alejó con la niña al lado. El otro niño salió corriendo rumbo a su casa.

El miedo dio paso al terror. El hombre obligó a la nena a ponerse una campera y tomó en dirección al Oeste por avenida Benavidez, después por la ruta 14 y se metió entre unas arboledas en el Camping del Pinar. El tipo era un depravado sexual. Ni los llantos de la niña lo frenaron. La arrastró de los cabellos y le dio trompadas en la cara y el estómago para que no se resistiera. Allí la desvistió y, pese a que ella pataleaba y gritaba, la violó salvajemente.

El juicio. Este es el agente condenado por violación. Foto: Diario de Cuyo.

Una vez que consumó el abuso, volvió a subirla a la moto y encaró de nuevo hacia el Gran San Juan. No sabía que, para ese entonces, los familiares de la nena y la Policía andaban buscándola. Un tío de la pequeña que recorría la zona de Marquesado tratando de dar con su paradero, alcanzó a observar a la niña arriba de una moto conducida por un hombre vestido de azul. Eso fue en calle Galindez cerca de ruta 14, transitaban en sentido contrario. La pequeña también lo vio y comenzó a gritar.

Ese pariente dio vuelta en su moto y los siguió. El desconocido, al darse cuenta que lo descubrieron, frenó su rodado y empujó a la niña. Esta corrió al encuentro de su tío y lo primero que le contó fue que ese hombre la había violado. Ese familiar trató de agarrar al otro sujeto y logró darle un manotazo, pero éste arrancó la moto y fugó rápidamente. Pero claro, la prioridad era auxiliar a la niña, de modo que no hubo tiempo para perseguirlo.

La niña fue asistida en el hospital y se constató el ultraje. Más tarde, la pequeña declaró y describió al atacante. Recordó que vestía uniforme de la Policía, que llevaba pistola y que andaba en una moto oscura con un dibujo o calcomanía de un puma en el tanque de nafta. Su tío también aseguró que el individuo llevaba ropa de Policía.

Nadie puso en duda el ataque sexual, pero en la Policía tomaron con pinzas la afirmación de que el abusador era un uniformado de la fuerza. Quizás se confundieron por el color de la ropa o era alguien que usaba ropa de policía para camuflarse y despistar, especulaban. Es que resultaba absurdo que un hombre de la fuerza fuese tan torpe de cometer un hecho de estas características con el uniforme de trabajo y a cara descubierta.

El segundo ataque

El sátiro de la moto se esfumó o no se conocieron denuncias por un nuevo ataque durante meses. Hasta que el 8 de octubre de 2009 volvió a mostrarse en escena. Casi como un ladrón, escondido entre unos árboles en un sitio desolado cerca de las villas 2 de Abril y Observatorio, en Chimbas. La víctima, una nena de 10 años que caminaba junto a su hermano y otros niños hacia la Escuela Blas Parera de ese departamento.

Otra vez, con uniforme y armado. Preguntó que hacían en ese lugar. Los chicos al unísono respondieron que iban a clases. En un arrebato, el desconocido tomó del brazo a la nena de 10 años y le ordenó que fuese con él. Exhibió una mochila que cargaba. Le dijo que un delincuente recién había robado esa mochila y quería lo acompañara en la moto para ver si lo encontraba.

Ninguno de los chicos le creyó. El terror los paralizó. La nena se negó a subir en la moto y largó en llanto. El uniformado se alteró, sacó su arma y le apuntó en el pecho. Dos de los niños corrieron espantados. El hermano y otro chico se quedaron allí gritando. La niña consiguió soltarse y se tiró al suelo, mientras pedía ayuda y sollozaba tratando de agarrarse de algo para que ese hombre no se la llevara.

El rostro. Cristian Fernando Saavedra. Foto del archivo de Tiempo de San Juan.

El alboroto desconcertó al sujeto que no supo qué hacer. Al ver que la situación se le iba de las manos, trepó a su moto y emprendió la huida. Los niños, más aliviados, regresaron a la casa de la niña para contar lo que había pasado. Al rato, la mamá de la nena estaba haciendo la denuncia en la Seccional 30ma. Todos fueron coincidentes en sostener que el hombre era un policía, estaban convencidos. Andaba con uniforme, igual que los policías de la comisaría, señalaron. Le vieron el escudo y el arma. Relataron cómo era la moto: mediana, de color oscuro y de tanque grande. Y dieron los rasgos del sujeto.

El ojo de un investigador

Los investigadores relacionaron este hecho con el anterior ocurrido en El Pinar. Hablaban de un hombre vestido de policía, joven y con una moto tipo americana. En aquel momento estaba como jefe de la comisaría 30ma el comisario Antenor Olivera, un hombre serio y con mucha experiencia, quien que encaró la difícil investigación. Su intuición policial le decía que los niños no mentían, que el “Sátiro de la moto” era un policía y que, por la zona donde se perpetraron los ataques, podía ser de Rivadavia o Chimbas.

Fue así que, juntos al entonces oficial principal Gregorio Díaz –hoy comisario mayor- los policías a su mando, empezaron a averiguar qué miembros de la fuerza poseía una moto oscura, tipo americana. La tarea se hizo complicada y pasaron semanas pidiendo datos. A mediados de mes confirmaron que un agente que prestaba servicio en el Operativo Base Sol en la zona de los diques, tenía una Motomel 125 cc tipo americana y de color oscuro. Era joven, con domicilio en Villa Obrera. O sea, muy cerca de donde se había perpetrado el último ataque.

El comisario Olivera citó al agente, identificado como Cristian Fernando Saavedra, a la seccional a las 9 de la mañana del 23 de octubre de 2009. Le pidieron que llevara su moto. El policía llegó a la hora fijada y dejó su rodado en la entrada.

Nunca se aclaró si fue casualidad o estaba todo pensado, pero a esa misma hora arribó a la comisaría la nena víctima del último ataque, acompañada por su madre y uno de los hermanos que fue testigo del intento de rapto. El destino quiso que se cruzaran dentro de la seccional. Los niños temblaron al ver el rostro del agente Saavedra y comenzaron a decirle insistentemente a su mamá que ese era el policía que los amenazó en el campito. La mujer se alteró, lo señaló frente a los otros uniformados como el atacante de su hija y pidió al principal Díaz que lo detengan. Los chicos también reconocieron la moto que estaba afuera.

La mañana del 23 de octubre de 2009, el agente Cristian Saavedra era apresado por los efectivos de la Seccional 30ma. y puesto a disposición de la justicia. Tenía 26 años. Días más tarde, la nena violada en El Pinar y su tío reconocieron al policía. Eso complicó más la situación del uniformado, pesaban dos graves acusaciones en su contra. La sospecha que siempre existió fue que, quizás, hubo otros ataques que nunca se denunciaron.

Su defensa consistió en negar todo, aseguró que no pudo ser él porque estaba trabajando. Intentó demostrar que el día que sucedió el primer ataque estaba haciendo adicionales en la Escuela Jorge Luis Borges de Chimbas y que la mañana que se cometió el otro intento de rapto se encontraba en otro servicio en la Dirección de la Niñez, Adolescencia y Familia en el centro de la Capital provincial.

El juicio

Jamás se mostró intimidado ni arrepentido. En el juicio se presentó con un sobrio traje oscuro, corbata y bien peinado con la idea de alejar la imagen de un violador serial. Su abogado defensor apuntó a desvirtuar las pruebas como los testimonios y los reconocimientos en ruedas de personas. Pidió anular el reconocimiento en razón de que, supuestamente, habían mostrado antes la foto del policía a las víctimas y a los testigos. Volvió a insistir que los días que se produjeron los ataques, Saavedra hizo adicionales en dos lugares distintos.

El fiscal Gustavo Manini –ya fallecido- fue contundente a la hora de presentar las pruebas. Las declaraciones de los niños fueron claras y más todavía el reconocimiento de Saavedra. Todos describieron su moto y remarcaron el detalle de la calcomanía del puma en el tanque de nafta. Sobre si estaba o no de adicional esos días, los compañeros del agente despejaron las dudas. Aseguraron que no existían registros de que estuvo en los lugares en donde dijo y tampoco lo vieron allí.

El mediodía del martes 12 de abril de 2011, los jueces Raúl Iglesias, Diego Román Molina y Arturo Velert Frau de la Sala I de la Cámara en lo Penal y Correccional condenaron al policía Cristian Fernando Saavedra. Lo sentenciaron a 15 años de reclusión por el rapto, la agresión y la violación de una niña de 9 años y del intento de rapto de otra nena de 10.

Saavedra fue encerrado en el penal de Chimbas. Su pena se cumple el 23 de octubre de 2024. Fuentes judiciales explicaron que en abril de 2017 empezó a gozar de los permisos de salidas transitorias y, en septiembre de 2019 alcanzó a purgar los tres cuartos de su condena, por lo que solicitó la libertad condicional. La jueza de Ejecución que estuvo ese año, hizo lugar al pedido y ordenó que así sea. Hoy está libre.

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