Historias del crimen

El asesinato en un colegio sanjuanino en pleno centro

Sucedió en julio de 1998. El esposo de la portera y casera de la escuela provocó una tragedia tras una discusión a raíz de sus celos. Mató al suegro a cuchillazos e intentó asesinar a su mujer. Por Walter Vilca
domingo, 19 de mayo de 2019 · 13:03

Malhumorado. De puteadas fáciles. Poco cariñoso. Nada afecto al trabajo. Con mañas de golpeador. Y para completarla, celoso. Por más que a posteriori su mujer, su suegra y sus hijas trataron de cambiar su imagen, ese era Justo Ramón Arce. Un puntano criado en el campo de carácter irritable que, herido en su “honor” de machista y preso de su impotencia por una supuesta infidelidad de su mujer, liberó a la fiera que llevaba adentro y una tarde de julio de 1998 sembró el caos y la muerte en el mismísimo Colegio Monseñor Pablo Cabrera, en pleno centro sanjuanino.

Arce, de 45 años en ese entonces, no atravesaba sus mejores épocas. No conseguía trabajo y era mantenido por su esposa, Rosa Aguilar, la portera y casera del tradicional colegio sanjuanino situado en la manzana rodeada por las calles Santa Fe, Tucumán, Mitre y avenida Rioja. Pero sí ya tenía un pésimo carácter, potenciado por su mala costumbre del alcohol, el hombre explotó la tarde del 9 de julio de 1998 cuando salió con una de sus hijas a comprar pizza a la peatonal de calle Rivadavia y sin querer se cruzó con su mujer, que ingresaba a un café con un desconocido. El puntano inmediatamente pensó que era el amante y entró por detrás para insultarla y ordenarle que regresara a su casa. Él continuó su camino y al rato volvió a la vivienda que ocupaban en el predio del viejo colegio nacional, esperando encontrar a su mujer. Ahí se molestó más, cuando notó que su esposa no había llegado.

Recién a la hora apareció la señora. Arce, enardecido, empezó a increparla y a reprocharle a los gritos la supuesta traición amorosa. La pareja llevaba casada más de 15 años y tenía cuatro hijos, que vivían con ellos, al igual que sus suegros. Esa noche la pelea duró hasta la madrugada, el puntano amagó con sacar su escopeta para amenazarla. Fue tajante, le dijo que más le valía que no fuese a trabajar a la mañana siguiente, o si no la iba a matar. Rosa consiguió tranquilizar a su furioso esposo y esa noche durmieron juntos tratando que el descanso apaciguara las cosas.

En la mañana del viernes 10 de julio, Rosa se levantó y fue al trabajo, pues debía cumplir su tarea de maestranza en el colegio. Sin embargo, al rato tuvo que volver urgente a la casa. Arce despertó irascible y, al no verla, mandó a uno de sus hijos a llamarla. Otra vez discutieron y a la mujer no le quedó otra alternativa que permanecer en la vivienda para complacer a su marido y se molestara más.

Había empezado mal el día y el clima en la mesa familiar durante el almuerzo fue muy tenso. Parecía que en cualquier momento estallaba todo. Arce no perdió la oportunidad para tomar un vino. Después se acostó a hacer la siesta, pero pasadas las 18 arremetió de nuevo con sus retos y reclamos a su mujer, a la que otra vez exigió que ni se asomara a la calle. A todo eso se tomó un segundo vino y empecinado la siguió hostigando a Rosa, acusándola de engañarlo con ese otro hombre. Ella le explicó que esa persona con la que estaba en el confitería era solo un conocido a través de la política – ella era dirigente de un partido- y le estaba ayudando a conseguir un trabajo. Arce no entraba en razón y seguía insistiendo que ese hombre era su amante. Ni siquiera era una discusión, el único que hablaba y vociferaba era Arce, quien en un rapto de locura y violencia caminó hasta su ropero y sacó su escopeta Centauro calibre 28 para encarar a su mujer. Ella se le prendió de los brazos, en medio de los gritos y el llanto de los niños que veían a su padre fuera de sí. Fue en ese forcejeo en el comedor que se escuchó un estruendo y reventó la pantalla del televisor. Todos quedaron  paralizados creyendo que el disparo había impactado en el hijo de menor de la familia -que estaba al lado de la pareja-, pero en ese segundo notaron el niño no tenía ni un rasguño. Para entonces ya habían salido sus suegros, Francisco Aguilar, de  78 años, y su mujer Alicia Rodríguez que no entendían nada.

Desenlace fatal
Rosa Aguilar manoteó la escopeta a Arce y corrió hacia el patio de la casa para luego arrojar el arma hacia la vereda de calle Mitre. Nada frenó al puntano, que enceguecido no se tranquilizó y buscó un cuchillo tipo carnicero de la cocina. Existen dos versiones cruzadas de lo que sucedió después. Una decía que don Francisco Aguilar enfrentó a Arce en defensa de su hija y lo golpeó. Otro relato señalaba que el anciano recién se asomaba a la puerta cuando se topó con su yerno, que descontrolado salía por detrás de Rosa. Lo cierto es que el abuelo estaba parado de espalda e indefenso, cuando Arce se desquitó con él y le largó un feroz cuchillazo entre las costillas. Su mujer vio el ataque y trató de pararlo, pero también la ligó. Su marido le metió un puntazo a un costado del tórax.

Todo era desconcierto y desesperación. Los chicos gritaban y pedían auxilio. Rosa corrió hacia el patio de la escuela y suplicó en llantos a sus compañeros de trabajo que llamaran a la Policía. A los minutos, unos uniformados que caminaban por la zona de calle Santa Fe entraron al predio de la escuela y cruzaron el edificio hasta llegar a la casa de los Arce. El puntano todavía tenía ese cuchillo de 28 centímetros de largo en una mano y no quería soltarlo. Un efectivo contó que éste se resistía y maldecía a todos. “Esto te pasa por hija de pu…”, decía mirando fijamente a su mujer, Rosa Aguilar. Y repetía: “esto no los vas a volver a hacer más. Te voy a enseñar quién soy yo…”, mientras reconocía sin remordimiento, “yo lo maté porque se metió en el medio”. Esto en referencia a su suegro, Francisco Aguilar, que se encontraba tirado a un costado en un charco de sangre.

Al final, los policías convencieron a Arce y lograron desarmarlo para llevarlo a la Seccional        1ra. Francisco Aguilar aun respiraba, de modo que lo cargaron en ambulancia y lo llevaron urgente al Hospital Guillermo Rawson. Lo mismo hicieron con Rosa, su hija. Después se supo que la herida que sufrió ella no era de gravedad. Por el contrario, su padre llegó agonizando y a poco de ingresar al nosocomio murió. El filo del cuchillo le produjo un profundo corte en una arteria pulmonar y en cuestión de segundo se desangró.

El  revuelo en el centro sanjuanino fue tremendo. Era viernes, el reloj ni siquiera marcaba las 20.30 y el costado noreste del tradicional colegio estaba atestado de policías. Todo estaba más  que claro. Arce era el responsable de la tragedia. El dosaje reveló que tenía 1.61 de alcohol en sangre, o sea que estaba borracho. En las declaraciones prestadas en tribunales, todos los integrantes de la familia fueron contundentes en señalar que el puntano era violento y que anteriormente había golpeado al anciano de 78 años, con quien no se llevaba bien y discutía continuamente. Su mujer aseguró que siempre le hacía escenas de celos sin motivo y que últimamente estaba incontenible.

Lo sorprendente es que tanto la mujer, como la suegra y una de las hijas cambiaron rotundamente sus declaraciones durante el juicio contra Justo Ramón Arce, en febrero de 2000, en la Sala I de la Cámara Penal y Correccional. Buscaban beneficiar al padre de la familia para que los jueces Raúl Iglesias, Arturo Velert Frau y Diego Ramón Molina no le dieran una pena tan dura.

Las mujeres lo intentaron a toda costa. En el caso de la mujer de Arce, hija del asesinado, instaló la versión que el disparo y el ataque a cuchillazos era producto de un accidente y pintó a su marido como el hombre más bueno del mundo.  Para favorecerlo aún más, describió a su padre como un maltratador, un hombre que no la quería, que la golpeaba y que más de una vez había agredido a Arce. Llamó la atención la declaración de la viuda, Alicia Rodríguez, que también cambió sus dichos y dijo frases como: “si pasó lo que pasó, ya pasó…” O que Arce había sido “perdonado” por la familia. Una de las hijas del homicida siguió por la misma línea y sostuvo en el juicio que su padre merecía “otra oportunidad”.

Nada pudo salvar a Arce. El tribunal concluyó que estaba probado que Arce era el agresor y que era consciente del acto criminal que cometió. Que no tenía sustento su versión de que sufrió una crisis de nervios, que no recordaba qué pasó y que se enteró del asesinato de su suegro cuando estaba la comisaría. Es que era poco creíble, como también el cambio de declaraciones de sus parientes. Los jueces lo condenaron a 18 años de cárcel por el delito de homicidio simple, por la muerte de su suegro, y tentativa de homicidio agravado por el vínculo, por el ataque a su esposa. Arce pasó muchos años bajo la sombra en la cárcel. Hoy está libre.
 

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