Historias del crimen

El ladrón sanjuanino que fue a robar y encontró a su “justiciero”

Fue un intento de robo que salió mal para el delincuente que ingresó armado a una propiedad de Pocito, sin imaginar que el dueño de casa estaba adentro y tenía una escopeta. El ladrón perdió la vida y el “justiciero” arruinó parte de su vida y la de su familia con ese episodio de sangre ocurrido en mayo de 2004. Por Walter Vilca
domingo, 28 de abril de 2019 · 13:17

Quién podía pensar que iba a tener ese desenlace. El ladrón fue decidido, dispuesto a todo pero imaginando que nada inesperado podía suceder. Su víctima deseó jamás haberse encontrado frente a frente con él y sacó su arma creyendo que nunca la usaría. Bastó apenas unos segundos para que los miedos propios y ajenos se cumplieran y la situación se fue de las manos para ambos en esa humilde vivienda de Pocito. Sólo se escuchó un fuerte y seco estruendo que retumbó en la cocina comedor, después vino un silencio aterrador y una escena que nadie hubiese querido ver. El dueño de casa paralizado y boquiabierto sosteniendo aun su escopeta, con el caño todavía caliente. Y en el umbral de la puerta, ese desconocido que no tuvo tiempo siquiera de reaccionar y yacía inmóvil boca arriba con un mortal disparo en el cuello.

Aquella trágica historia sucedió allá por mayo del 2004 en una zona casi rural de Pocito y si bien muchos se contentaron por la acción del llamado “justiciero”, la realidad fue que ahí nadie ganó y tanto el delincuente como el dueño de casa perdieron. Ramón Santander, el ladrón, pagó con su vida su osadía de entrar a robar. José, el autor del disparo, cargó por muchos años la angustia por esa muerte y el temor suyo y el de su familia por las posibles represalias, al punto que tuvo que mudarse y rehacer su vida casi a escondidas.

Hubo un antes y un después de la madrugada del viernes 28 de mayo de 2004. José, de 45 años, llevaba ya una vida sacrificada con su esposa y sus tres hijos en esa precaria casa de adobe que le prestaban en la calle 5, al Este de San Miguel. Un laburante que con mucho esfuerzo había conseguido poner un almacén en una zona aledaña y que pasaba casi todo el día en su negocio para juntar unos pesos. Su rutina acababa casi a la medianoche y regresaba solo en su viejo auto o en su moto a su domicilio para reencontrarse con su familia. Sus hijos tenían en ese entonces entre 5 y 11 años.

Los robos no eran una novedad para ellos. Contaban que anteriormente habían sufrido una decena de hechos delictivos en su casa, de ahí que el hombre  tenía guardada esa escopeta calibre 16 que ni en sus peores pesadillas imaginaba alguna vez emplearla.

Ramón Santander subsistía en la marginalidad en el Lote Hogar 33 de Pocito, aparentemente siempre al límite pero confiando en su oficio de supuesto delincuente. Antes de aquel episodio, según la Policía, tenía cinco pedidos de captura pendientes por delitos contra la propiedad. Pero poco le importaba y él salía a la calle jugado a hacer lo que sabía: robar. Quizás ese día fue todo al azar o conocía al comerciante y lo tenía “marcado”, lo cierto es que esa noche partió a ver qué le deparaba el destino en esa casa de Pocito.

La mala fortuna quiso que ambos se encontraran minutos pasadas la cero hora de ese día. Hacía frío. El almacenero cenaba. Pensaba en lo que debía hacer al otro día mientras tomaba un plato de sopa. Su esposa y sus tres pequeños hijos dormían, cuando escuchó los ladridos de los perros. Al instante oyó el quejido de uno de los animales, como si le pegaran. Preocupado se levantó sobresaltado de la mesa especulando que alguien andaba afuera. Imaginó que podían ser ladrones, entonces caminó al dormitorio matrimonial y sacó del ropero su vieja escopeta calibre 16. Cargó un cartucho, muy temeroso pero también decidido a todo. Por dentro sólo pensó en su familia y regresó al comedor con la idea de salir. De pronto sintió un golpe ensordecedor. La puerta de madera de dos hojas se abrió de par en par y vio irrumpir como un fantasma a ese hombre de gorra, que cubría su rostro con una cuellera.

No cruzaron una sola palabra. José reaccionó sin dudar ni un instante y apretó el gatillo de su escopeta. Fue un solo estallido y el estampido empujó hacia atrás al desconocido, que trastabilló y cayó de espalda de la puerta para afuera.

El dueño de casa alcanzó a observar a otro joven que esperaba en la calle, quien en menos de un suspiro arrancó la moto en que se movilizaba y escapó dejando moribundo a su cómplice. Ya no había nada que hacer. El comerciante había acabado con la vida de ese delincuente, que al lado de su cuerpo tenía un revólver calibre 22. Era tarde para el lamento, lo único que quedaba era llamar a la Policía y así lo hizo.

Los primeros uniformados que arribaron a la casa constataron la muerte del delincuente, al que luego identificaron como Ramón Juan Santander, de 24 años, un conocido delincuente del Lote Hogar 33. También vieron su arma, un revólver que tenía balas en su tambor. Su cuerpo no presentaba otras lesiones más que el disparo de escopeta en el cuello, justo en el medio.

El comerciante relató tal cual como se produjo el incidente y los investigadores no encontraron puntos flacos en su versión. Todo estaba más que claro, el hombre disparó al ladrón cuando éste intentó entrar a su propiedad, además andaba armado. De todas maneras, José fue llevado demorado a la comisaría de la zona y a su familia la retiraron de la casa para su protección.

Muchos festejaron la muerte del delincuente, pero nada fue lo mismo desde ese día. No existió reclamo, más que un silencio resignado por parte de la familia de Santander que sabía en qué andaba el joven y que lo despidió en la villa en su ley. Así también de duro fue la suerte del comerciante, que no pudo evitar la culpa por esa muerte pero a su vez se consoló con haber hecho lo que debía por su familia.

Tres días estuvo preso y luego fue puesto en libertad. El juez de la causa evaluó todos los elementos, las circunstancias de tiempo y lugar, la situación de José y los antecedentes del fallecido. Y no tuvo otra alternativa, la presión social también se sintió, y entonces apeló al artículo 34 del Código Penal que establece la figura de la legítima defensa para eximir de culpa y cargo al comerciante por la muerte de Santander. Y es que no le podía achacar nada. El hombre actuó en defensa propia ante una agresión que a la vista era ilegítima y sin motivo alguno. Había utilizado un arma frente a otra persona que llevaba un revólver y que había entrado a su casa poniendo en peligro a su familia.

La justicia exculpó al comerciante, pero no lo liberó del pesado martirio que luego tuvo que soportar. La amenaza constante lo obligó a mudarse en esos días y su familia vivió casi oculta por el miedo a que atentaran en venganza por la muerte del ladrón. Cerró su negocio y buscaron refugio en la casa de sus parientes. La angustia le terminó provocando al comerciante una afección cardíaca, pero aun así siguió adelante. Tenía hijos por quién preocuparse, de modo que no bajó los brazos y con el tiempo volvió a trabajar, pero labrando la tierra. Hoy lleva una vida normal y prefiere no recordar aquel dramático hecho ocurrido en mayo de 2004, pero teme hasta dar su nombre en público por miedo a que algún allegado al delincuente lo reconozca y reviva aquella pesadilla.

Comentarios