Historias del crimen

El elegante ladrón de los 70 que robaba máquinas de escribir

Fue un santafesino que recaló quizás por azar en San Juan y que cometió 84 delitos contra negocios, oficinas públicas y casas céntricas. Un personaje de novela que terminó en la cárcel, pero tras 10 años de presidio fugó y desapareció para siempre. Por Walter Vilca
domingo, 03 de febrero de 2019 · 12:00

Siempre de impecable traje, de buenos modales y una labia que lo hacía todo un caballero. Un señorito, pero también un avezado y particular ladrón que recaló en San Juan en los años 70 y que se hizo famoso por sus ataques contra negocios, oficinas públicas y casas céntricas. Lo apodaron “El Rosarino” y en su corta estadía en la provincia llegó a cometer 84 delitos, sin contar aquellos que nunca le comprobaron, con su inconfundible manía de elegir siempre las máquinas de escribir como botín predilecto. 

Cómo y cuándo llegó exactamente Guillermo Francisco Genga, nadie lo puede precisar. Los pocos que lo conocieron afirman que arribó a San Juan en el año 70, a veces se presentaba como empresario, otras como comerciante o periodista de televisión. Era un hombre bien parecido, alto y delgado, siempre bien peinado y vestía traje o saco y corbata. Un ladrón de guantes blancos que seducía y engañaba con su parla y que tenía la hábil capacidad de abrir las puertas. El mito dice que llevaba puesto un chaleco, en cuyo interior tenía ganzúas y decenas de llaves falsas las cuales probaba hasta poder abrir las cerraduras. Y cuando no cedían, directamente usaba la violencia con tal de conseguir su objetivo.

Su zona de operaciones era el centro sanjuanino e iba por lo más valioso. Robaba joyas, cámaras, relojes, televisores, ropa elegante, pasaportes, dinero y cheques, pero sin duda su obsesión eran las máquinas de escribir y de calcular, que en aquel entonces eran costosas. Un ejemplo grafica ese gusto: contabilizaron que sustrajo un total de 76 artefactos de ese tipo.

Su modalidad

Sus golpes eran sigilosos y bien planificados. También jugaba con su oportunismo y su osadía. Los policías de la época contaban que en ocasiones entraba a alguna oficina pública y fingía ser de una empresa que venía a reemplazar las máquinas, entonces tomaba el artefacto y se lo llevaba sin problemas. Para cuando se daban cuenta que era un farsante, éste ya había desaparecido.

Sus ataques, perpetrados entre 1971 y 1973, ponían los pelos de punta a los policías porque no dejaba muchas huellas y todo evidenciaba que no era un ladrón común. Los investigadores buscaron por mucho tiempo al misterioso delincuente que robaba máquinas de escribir, pero no pudieron detenerlo sin ayuda de un hecho fortuito. En octubre de 1973, en ocasión en que Genga regresaba en avión desde Rosario, se cruzó en el aeropuerto de Las Chacritas con un empresario que había sufrido uno de sus robos y éste reconoció el traje que llevaba puesto. Era un traje exclusivo que había traído de España y que le habían robado de su domicilio. El damnificado ni lo dudó e hizo detener a ese sospechoso sujeto que vestía su traje, que resultó ser Guillermo Francisco Genga. Otro detalle lo delató: en su portafolio cargaba un juego de ganzúas. Posteriormente vinieron los allanamientos y secuestraron diversos elementos que guiaron la investigación para esclarecer decenas de robos con la misma modalidad. Además apresaron a tres supuestos cómplices, identificados como José y Vicente Romero y Herman Lépez.

En la pesquisa se estableció que, entre 1971 y 1973, Genga fue autor de 30 hurtos calificados, 15 robos, 18 hurtos, 2 hechos por daños y 1 hurto en grado de tentativa. Estimaban que el botín que se llevó en todo esos ilícitos ascendía a los 40.000 millones de pesos de esa época. Por esa serie de delitos quedó preso junto a su banda y el 6 de marzo de 1978 todos fueron condenados por el juez del Tercer Juzgado en lo Penal mediante un juicio escrito. “El Rosarino” fue sentenciado a la pena de 11 años y 6 meses de prisión, a José Romero le dieron 3 años y al otro Romero y a Lépez sólo 2 años de cárcel.

Era el malogrado final para el delincuente de 33 años, ese hombre de “clase” oriundo en la ciudad santafesina de Rosario y único  hijo de un comerciante italiano y de una profesora de origen francés. Un sujeto que nació en el 45 y que se recibió de bachiller en el colegio religioso La Salle. Los registros indican que tuvo una niñez tormentosa: una vez él mismo comentó en la cárcel que fue abusado sexualmente siendo un chico. 
La cárcel

Genga aceptó sin lamentos su presidio. Hasta para eso era un caballero. El abogado que lo defendió en esa primera causa en San Juan relató que “El Rosarino” era una persona culta y muy consciente de lo que hacía, de modo que reconoció su culpabilidad y acató resignado su castigo. Dentro del penal de Chimbas tuvo comportamiento ejemplar, incluso ahí adentro no perdía sus modales y el trato decoroso con los guardiacárceles. A veces colaboraba, cada vez que había problemas con alguna cerradura demostraba sus habilidades y las arreglaba. Igual la cárcel no era para él y no soportó mucho el encierro. Tras 6 años de permanecer preso, fue beneficiado con los permisos extramuros para salir a trabajar a un lavadero. En marzo de 1979, uno de esos días que salió a trabajar decidió no volver más y quebrantó los permisos de salidas transitorias. Fue después de que sustrajera algunos objetos de un auto.

Siete meses estuvo en la clandestinidad hasta que lo atraparon nuevamente en octubre de 1979 en compañía de otro delincuente, un tal César “Gato” Garay. No pudo con su genio, en ese ínterin hizo lo que sabía hacer para vivir: delinquir. Le atribuyeron 3 robos, otro en grado de tentativa, 1 hurto y 13 hurtos calificados cometidos durante esos meses que estuvo prófugo. El 20 de agosto de 1981, el juez del Cuarto Juzgado en lo Penal dictó sentencia condenatoria contra Genga, unificando esta última pena con la anterior y lo confinó a 13 años y 6 meses de prisión. A “El Gato” Garay, su cómplice, lo sentenciaron a 8 años de cárcel.

“El Rosarino” Genga debía purgar condena hasta mayo de 1990 y resignado pasó cerca de 4 años bajo la sombra. Con el tiempo, gracias a su conducta, volvió a gozar de salidas transitorias para trabajar fuera de los muros de la cárcel, pero otra vez la libertad lo tentó. Fue así que la mañana del 1 de julio de 1983, cruzó los portones del penal de Chimbas para salir a trabajar y como de costumbre se despidió con mucha cortesía de los penitenciarios, sin decir que esa era la última vez que lo verían. Desde ese entonces, nunca más regresó ni lo pudieron recapturar. Así como este ladrón de guantes blancos arribó a San Juan un día del año 70, así también se esfumó. La Policía le perdió el rastro para siempre. Qué fue de su vida, es todo un misterio. De lo que hay certeza es que todavía perdura su leyenda a 40 años de su pasó por San Juan.


 

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