Historias del crimen

Masacre en una casa de Chimbas

Una madrugada de 1998, un comerciante asesinó a su hija de cuatro balazos y a su esposa de otros dos tiros. Después se quitó la vida. El autor de la masacre dejó una carta diciendo que lo hacía para no “pasar hambre”, pero la verdadera causa de doble crimen y suicidio todavía es un misterio. Por Walter Vilca
domingo, 24 de febrero de 2019 · 10:18

La carta de despedida intentaba dar un motivo, pero no alcanzaba para justificar tan demencial acción o explicar tremenda alevosía. A más de 20 de años de aquel sangriento episodio, es y seguirá siendo un misterio la verdadera causa que llevó a un comerciante de Chimbas a acribillar a tiros a su hija y a su esposa y después quitarse la vida.

La vida del chileno Alberto Marcelo Ruíz Gallardo, su esposa Jova del Rosario Díaz y su nena de 11, no tenía nada en especial ni nada turbulento que presagiara aquel trágico final. La pareja poseía un kiosco en avenida Benavidez y otro pequeño almacén en su casa en Villa San José, Chimbas. Una familia muy reservada, buenos vecinos, según los describían. La niña iba a recibir la banda de escolta en la Escuela Primaria Salvador María del Carril. Y la vivienda era modesta, pero contaba con todas las comodidades.

Era verdad que no atravesaban un buen momento económico allá por noviembre de 1998. Un testigo relató que días antes de la tragedia, Ruíz Gallardo pidió prestado dinero a un cuñado para pagar la luz. Pero acaso era motivo suficiente para que el hombre de la casa tomara tan cruel decisión. Las dudas siempre estarán.

Qué pasaba por su mente, qué rencor guardaba ese comerciante que en las primeras horas del miércoles 25 de noviembre de 1998 esperó a que su mujer y su hija se durmieran para desatar una masacre. Ruíz Gallardo sacó un revólver calibre 32 largo, caminó hacia donde descansaba la niña y de una manera desalmada la atacó a tiros. Fue alevoso: dos disparos fueron en el pecho y otros dos en la frente de la pequeña. Con su mujer se ensañó de la misma manera. A ella le dio un balazo en un hombro y otro en la nuca. Su sentimiento de culpa, su conciencia, no dejó muchas alternativas al comerciante, que no teniendo escapatoria se sentenció a muerte a sí mismo. Puso el arma a su cabeza y de un solo disparo en la sien derecha acabó con su vida. Así, la verdad de todo se la llevaron a la tumba.

Desde ese momento, el único ruido que se sentían dentro de la vivienda era el de un ventilador que quedó funcionando. Los vecinos aseguraron que no escucharon nada ni notaron algo extraño, además era de noche.

En la mañana siguiente, la casa continuó cerrada. A los vecinos les resultó raro que los Ruíz Díaz no abrieran sus negocios, pero no le dieron mayor importancia. El que sí se preocupó fue Pedro Díaz, el hermano de Jova, que vivía cerca y que pasó por el frente de la vivienda y se sorprendió al ver que las ventanas permanecieran cerradas. Hacía calor en esos días.

Ese familiar de los Ruíz Díaz volvió a las 13 y golpeó la puerta. Como nadie respondía, se metió por un costado de la propiedad y accedió al fondo. Allí miró hacia adentro a través de un ventanal y entonces observó la luz que salía de un dormitorio y el ventilador andando. Eso despertó más su curiosidad. Fue para el lado de la cocina y notó que sobre la mesada estaban las llaves. Consiguió correr una de las hojas de la ventana y utilizando un alambre logró arrastrar la llave hasta él. Así abrió la puerta trasera y entró a la casa.

Presintió algo malo. Por eso directamente se dirigió al dormitorio matrimonial. El horror se hizo carne cuando cruzó la puerta de esa habitación y descubrió los cuerpos de su hermana de 41 años, su sobrina de 11 y su cuñado, tirados sobre la cama de dos plazas en medio de un charco de sangre. Los policías contaron en aquel entonces que el dueño de casa estaba casi arriba de los cuerpos de las mujeres, como abrazado y todavía tenía el arma en la mano.

Pedro Díaz salió aterrado a la calle a buscar ayuda. Minutos más tarde, llegaron los policías de la Seccional 17ma y de la Brigada de Investigaciones y las primeras informaciones empezaron a causar estupor en Villa San José, todo Chimbas y el Gran San Juan. Es que nadie podía creer lo que había sucedido y menos de la forma tan cruel con que Ruíz Gallardo había matado a su esposa y su hija.

Los investigadores encontraron una carta escrita por el propio Ruíz Gallardo. En ella se podía leer la frase, entre otras cosas: “Tomo esta drástica determinación de eliminar a mi hija y a mi esposa para que no pasen hambre…” Una especie de confesión que procuraba justificar su locura sin sentido. Una misiva que no sacaba todas las dudas en torno a ese horroroso doble asesinato y suicidio.

La familia directa de las víctimas no quiso hablar. La Policía no consiguió demasiados datos de cómo era la verdadera relación de la pareja puertas adentro. Eso sí, surgieron muchas preguntas sobre por qué tanto ensañamiento con la nena. La asfixiante situación económica que sufría la familia –si es que realmente existía-, podía ser un motivo; pero para los investigadores no cerraba el caso del todo. A los días trascendió otra hipótesis sobre las causas de la masacre, la que apuntaba a un posible abuso. En aquel momento, los jefes policiales revelaron que la autopsia indicó que el cuerpo de la nena tenía signos de haber sufrido un posible ultraje. Eso instaló la teoría de que algo de eso podría haber desencadenado un serio problema familiar y de ahí que el hombre acabara con la vida de todos.

Si fue así, o no, las dudas quedaron flotando entre los investigadores que no pudieron llegar al fondo del caso. Quizás tampoco querían llegar a la verdad. Los familiares de los Ruíz Díaz ya tenían demasiado con la muerte de la familia y él único responsable de la masacre estaba muerto. Por eso dieron por cerrado el caso, con la incertidumbre y las muchas preguntas que rodearan por siempre a la masacre de Chimbas.

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